Mostrando entradas con la etiqueta lactancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lactancia. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de mayo de 2014

Un relato de lactancia: la historia de Paula

Creo que detrás de cada niño mamando hay una gran madre, una mujer que ha pasado más de algún mal rato y se ha angustiado enormemente. Pero sobre todo, detrás de un niño mamando hay una historia de amor, de lucha, de constancia, de crecimiento personal, de confianza y de poder femenino.  Me gustan las historias de lactancia porque nos ayuda a sentir que no estamos solas, que nos somos únicas ni que estamos dementes. Las historias de lactancia son siempre historias de mamíferos amándose, que pueden terminar en lactancias exclusivas, lactancias mixtas o bien en mamaderas, pero son luchas que han merecido las medallas por las que valen la pena lucharlas hasta el final, pues si existe afecto, cariño y respeto de por medio la derrota no es una opción de ningún modo.

Les dejo a continuación la historia de Paula y de su pequeño, una historia inspiradora...

La historia de Paula

En esta foto estamos mi pequeño y yo después de su siesta hoy. Llevamos 1 año y 10 meses de lactancia, muy difícil en sus comienzos, pero rescatada. No suelo hablar de mi vida personal ni experiencias propias en mi perfil de facebook, pero hoy me encuentro reflexiva y flexible, y quiero contarles el logro más grande de mi vida.

De mi historia con mi lactancia puedo contarles que empezó como nadie lo desea... tengo una reducción de mamas hecha en el 2007.  Según mis investigaciones, durante dicha reducción se cortaron algunos nervios, que impedian la comunicación entre mi cerebro y mi pecho. Por ese motivo se me volvió muy difícil establecer una lactancia. Pezones rotos, literalmente, cayéndose a trozos, dolor infernal, casi como el "casi parto" que tuve (fue cesárea al final).

Debido a la desinformación, poco apoyo, presión de mi entorno, falta de confianza y  cuestionamiento por parte de terceros de mi poder como madre, las mil y una voces que tenemos que oír, momentos muy duros durante mi postparto, hicieron que este hermoso placer tambaleara peligrosamente. Estos momentos hicieron que mi vida y mi mente estuvieran más dedicadas a espantar las malas energías que me rodeaban, y no a dedicarme a establecer el vinculo con mi hijo con una lactancia exitosa y un postparto de ensueño, como tenía que ser.

 Mi pequeño nació con 4,300k y desde el 2do. día de hospital ya nos empezaron introducir el  famoso “relleno”, preocuados por su bajada de peso a 3,890k, igualmente seguía siendo un bebé grande, pero eso de alguna manera les alertaba, sin tener en cuenta que todo bebé suele bajar de peso a los pocos días de nacer, sin tener en cuenta que ya de por sí era un bebé grande, sin recordar que este peso se iría recuperando poco a poco con el pasar de las semanas.

Salimos del hospital ya con lactancia mixta, biberones en botellita ya preparados, muy práctico invento de la casa Nestlé, una lactancia mixta promovida e impulsada por las comadronas y enfermeras del hospital, en lugar de sentarse a mi lado a observar e intentar ayudar a una madre recién parida, perdida y confundida por los mensajes sobre un bebé que bajaba de peso, mi bebé.

Llegamos a casa y continuamos con lactancia mixta unos cuantos meses más, la mala costumbre y presión de mi entorno comparando a mi hijo con el nieto de la vecina, el nieto de la amiga, la sobrina de la mujer de la tienda o la ahijada de la que atiende en el mercado, me hacía llevar a pesar a mi hijo casi cada día, porque según sus ojos súper analíticos y expertos en nutrición infantil y lactancia, mi niño estaba desnutrido, muy flaco, no comía, mi leche era mala y no le alimentaba! solo porque no tenia rollitos en las rodillas ni en los codos...como los bebés de las fotos de revista.  Y allí iba yo, corriendo a la farmacia, desorientada, desesperada, derrotada, como un alma en pena, iba a pesarle, y a respirar hondo cada vez que me decían que ganaba 200gr, o 180gr o solo 100gr, y me repetía a mi misma, ha engordado, ha engordado! Y después, loca de mi, dando explicaciones a todo ser humano que me miraba cuestionando mi deseo y derecho de darle pecho a mi bebé. Nadie entendía que mi hijo no era un bebé gordo, ni que tampoco lo sería, mi hijo era un bebé largo, muy largo, con su cuerpecito hermoso, entallado, llenito de amor.

Mis ganas de establecer mi lactancia exclusiva iba más allá que cualquier obstáculo. Para mi, cada mes que pasaba era un logro, un mes más, desafiando las predicciones de todo el mundo a mi alrededor, de los mil textos que leía, que me decían que con el biberón mi hijo no querría mi teta, que se olvidaría de succionar, que se confundiría entre el pezón y la tetina, y mil mensajes que resumian un “ya verás”, llegará el día en que no te reciba la teta, ya verás, ya verás, ya verás!!!! Y no fue así.   Cuando mi hijo cumplió 5 meses, cuando encontré mi paz, mi tranquilidad, mi estabilidad, mi esencia de mujer, de mamífera, pude despedir los biberones y las leches de formula de mi vida, puede guardar todo lo plástico que entró en mi casa, esconderlo, en el rincón más profundo de mi hogar, para no verlo más, ni yo, ni mi hijo, como si se tratara de un vicio peligroso, al que si vuelves a ver volverías a caer.  Y así fue como me armé de valor y confianza y pasamos un día sin biberón, y el siguiente, y el siguiente, y así una semana, y dos, y un mes en donde lo único que alimentaba a mi hijo era yo, mi leche, mi vida, mis brazos, mi corazón, mi alma, mi inmensa alegría... Por fin pude adueñarme de la maternidad que me estaban robando los fantasmas de las dudas y las voces que no paraban de retumbar y opinar, y criticar, y mal entender mi mal llamada “obsesión”. Por fin, YO PUDE SER YO, la mamá de mi hijo, su fuente de alimento.

Desde entonces, mi pequeño recibe de mi mucho más, y hoy en día, valoro mi lactancia más que cualquier otra cosa en mi vida. Es sagrada. Ha sido la lucha más hermosa y satisfactoria que he podido lograr, que he podido ganar, es mi orgullo, sacarme la teta, es mi orgullo oír a mi hijo decirme que quiere teta, es mi teta, es su teta. Por esto, cada vez que alguien hace alusión a cuándo dejará de tomar teta, que hasta cuándo dejará de despertarme a la madrugada para mamar,  que hasta cuándo dejará de pedir teta en la calle, en la casa,  en el baño, en la piscina, en el parque, que hasta qué edad...o simplemente mensajes directos a él diciéndole que debe dejar dormir a la mamá, que ya es un niño grande y tiene que dormir seguido sin molestar a la mamá para pedirle teta, y entonces es ahí cuando me tocan lo más profundo de mi ser, de mi orgullo, y pienso en ese día, en el día del destete, un dia que desearía que nunca llegara, pero cuando llegue será porque mi hijo tome la decisión y él mismo sea el que diga que no quiere más, y sea él y solo él quien escoja su nuevo vinculo conmigo. Habrá crecido, habrá madurado, sus necesidades habrán cambiado.

NO ME TOQUEN MI LACTANCIA, QUE ME HA COSTADO SANGRE, SUDOR Y MUCHAS, MUCHAS LAGRIMAS.

Tu también lo puedes lograr... si quieres, puedes!
Gracias por leerme hasta el final... una historia que nunca había escrito... y que sana ...



(Paula es doula y si quieres contactarla puede hacerlo a su mail: doulapaula@gmail.com o perfil de Facebook )

miércoles, 7 de agosto de 2013

Lo bello de nutrir y amar


Para las que miraron con extrañeza la boca de su hijo en su pecho por primera vez..

Para las que lloraron de dolor en sus pezones…

Para las que sintieron mil agujas en los pechos…

Para las que sintieron la tensión y los pechos colmados…

Para las que sintieron desde sus axilas como una ola intensa las abrazaba..

Para las que vieron en la boca de su hijo vías lácteas amarillas, blancas y rojas..

Paras las que los primeros días entraron en un tiempo sin tiempo y estuvieron con el bebé día y noche al pecho…

Para las que sintieron que habían nacido solo para ello…

Para las que sintieron impotencia y desesperación esos momentos…

Para las que sintieron poco cobijo en la inmensidad de los pechos llenos y un niño llorando…

Para las que no sabían cómo enganchar a su hijo en su pecho para que siguiera alimentándose…

Para las que comenzaron a recibir consejos desafortunados…

Para las que recibieron diagnósticos desgarradores y se sintieron inútiles…

Para las que llorar y amamantar fue una constante…

Para las que tuvieron que enfrentar sus sentimientos con los cálculos pediátricos...

Para las que no tuvieron más remedio que creer que su leche era aguada, que no alimentaba…

Para las que no creyeron que su leche no alimentaba…

Para las que tuvieron que comprar una mamadera y leche en polvo con resignación y dolor…

Para las que compraron la mamadera y leche en polvo resueltas y seguras…

Para las que lucharon con los consejos y con tozudez siguieron con lo que les dictaba el corazón…

Para las que la lucha con los consejos fue demasiado cruenta y tiraron la toalla…

Para las que dieron teta por poco tiempo…

Para las que no dieron teta…

Para las que supieron conciliar entre los diagnósticos de bajo peso y mantuvieron una lactancia mixta…

Para las que dieron la lucha, y pronto se enfrentaron a su realidad laboral…

Para las que lloraron cuando tuvieron que volver a trabajar…

Para las que  sintieron desangrarse cuando su hijo no quería aceptar el chupete plástico mientras ellas trabajaban…

Para las que llegaban corriendo a casa por la tarde y ofrecían a su hijo sus pechos por horas durante la noche…

Para las que siguieron llorando en sus lactancias…

Para las que tuvieron que sacarse leche en un baño…

Para las que no pudieron sacarse leche en un baño…

Para las que dieron teta por las noches durante años…

Para las que después de años siguen dando teta…

Para las que no estuvieron embarazadas y alimentan a sus hijos con todo el amor que tienen en las entrañas…

Para las que han hecho caso omiso de las recomendaciones y los malos presagios para sus hijos por ser poco independientes…

Para las que no creen en las exigencias actuales de vanidad que sacramentan sus pechos…

Para las que no se asustan por los diagnósticos terribles en torno a su salud por seguir dando teta a sus hijos de 1 o 2 o 3 o 4 o 5 años o más…

Para las que se horrorizan por ver como otras amamantan pasados los 2 años…

Para las que han respetado sus tiempos y los de sus hijos y han destetado o mantenido la lactancia de acuerdo a los ritmos de la diada mamá-hijo…

Para las que destetaron por cansancio…

Para las que les dolió en el alma destetar por hacer caso a agentes externos…

Para las que destetaron y se sintieron felices…

Para las que destetaron y se sintieron tristes…

Para muchas más…

Lo bello es amar y admirar la naturaleza que sigue su curso en nuestro interior, en nuestro corazón, con su líquido lácteo y alegre inundando la boca de los niños.  Mujeres! ustedes han pasado por los mejores momentos de sus vidas, porque la vida misma les ha regalado la epifanía de ser madres, la suerte más grande que puede tener una mujer que ha decidido ser consciente del proceso maravilloso que es gestar y criar.

El nutrir un bebé es una experiencia iluminadora y que en los días que corren no es algo fácil, una experiencia única que nos permite desarrollar las más altas cualidades que podemos tener los seres humanos: la paciencia, la compasión, la tolerancia, el autoconocimiento y la capacidad de sanar, e ir más allá de nosotras mismas, de crecer.

Han tenido la oportunidad grandiosa de llenar por completo un espacio vacío que lleva el alma, y lo han hecho de la mejor forma, de acuerdo a las circunstancias y a lo que ha dictado su alma.  La nutrición más grande que pueden dar a sus hijos es la lactancia, sea esta física o energética,  una lactancia consciente que nutre no solo a  sus hijos, si no a ustedes mismas y al universo entero.  Las posibilidades de poder llenar físicamente los pechos de leche muchas veces, dada la poderosa corriente que nos lleva hacia el artificio hoy, es una lucha complicada.  Sin embargo, en la plenitud de nuestro sentimiento materno, la cascada láctea que llevamos dentro como mujeres y madres, se llama AMOR, y esa leche es totalmente a prueba de consejos, ideas preconcebidas, descalificaciones y condicionamientos.  Es esta plenitud, espléndida flor de amor, la que nos ha llevado a todas a amamantar de mil modos, de nutrirlos con afecto, alimento y calor.  Este tesoro escondido lo llevamos dentro generosamente colmando abundantemente corazones y alma, iluminando vidas como una verdadera lámpara láctea.


Y seguimos amando… 

sábado, 3 de agosto de 2013

Las batallas de la lactancia


“… como una gota de agua
que en otra gota descansa”
Gabriela Mistral
Blanca Nieve en la casa de los enanos



 Hay madrugadas en la que despierto en medio de la oscuridad sintiendo que mi hijo busca mi pecho.  Ahí en ese mismo momento siento mi respiración profunda, el resuello de mi hijo mamando y el calor rodeando y protegiéndonos. Puedo sentir en mis manos las palpitaciones que la vida hoy ha querido regalarnos. Siento en mi pecho el líquido imperturbable que emana generoso y mágico obsequiándonos un minuto más de plenitud. Amamanto y siento que soy poseedora de un gran privilegio, amamanto y tomo conciencia de que en los días que corren la lucha que involucra el amamantar no es fácil de enfrentar.

Como la de muchas, mi primera historia de lactancia fue tortuosa.  Me dolió en lo más profundo de mi alma cuando el pediatra me dijo que debería darle leche de tarro porque mi hijo no engordaba.  Me dolió no tener ningún apoyo de las mujeres que me rodeaban porque ellas mismas pensaban que la leche de tarro era lo mejor.  Así, en medio de mi desinformación y mi falta de apoyo decidí seguir mi instinto casi de forma clandestina, y continué luchando por amamantar a mi hijo. Conseguí en ese momento una lactancia mixta.  Llegado el año, factores desgraciados y exteriores conjuraron para que el destete se diera.  ‘Ya esta grandecito’ dijeron también.  Procuré, casi sin saberlo, que el proceso fuera lo más respetuoso para mi bebé. Pero no lo fue para mí. El dolor aquel aún lo siento. Recuerdo la última vez que mi bebé tomo de mi pecho y del diálogo que ambos establecimos para entender las circunstancias por las que debíamos pasar.  En su corta edad entendió como un sabio lo que yo no pude entender.  Por aquél entonces yo sé que mi historia extravió un gran hito de equilibrio. Mi leche se secó y algo en mí se marchitó. 

Mi segunda lactancia se inició conmigo revestida de mucha más confianza. Así lo sentía yo. Sin tanto dolor, sin tanto temor, con mi experiencia previa. Me sentía verdaderamente como un manantial de leche blanca, de oro líquido.  Pero vino nuevamente la pediatra a decirme que mi niño no estaba subiendo de peso y que nuevamente debería darle leche de tarro.  Todos mis brujos y flores marchitas salieron para mi espanto. Golpe certero contra mi autoestima. En ese mismo instante también acudieron pronto mis cucos de tener que volver a trabajar.  No sé cómo no bajé la guardia.  No quería perder la lactancia y no dejaría que nada me detuviera como lo hice la primera vez.  Libré una nueva batalla tan difícil como las otras. 

Hoy en día, creo que amamantar es un verdadero privilegio.  Hoy una mujer que amamanta de forma consecuente con su ser interno y su sentimiento maternal es una mujer que ha logrado concientizar la sabiduría de su cuerpo femenino y ha logrado mantenerse y nadar contra corriente. Corriente muy fuerte por cierto. Pero la tozudez y la determinación femenina no siempre son factores suficientes y no siempre habrá mujeres que tengan tan claro lo que significa la lactancia.  A veces la cultura viene con sus plásticos, sus horarios laborales estrictos e inflexibles, con leches fáciles de preparar y sus ideas de ‘hacerte la vida más fácil’, con sus ideas de mujer independiente y niño autónomo ojalá a semanas de vida.  Estas ideas son más fuertes y condicionantes frente al escaso apoyo que tenemos en general.  La verdad es que es difícil desenredarnos de tanta idea preconcebida que descalifica nuestra naturaleza y nuestra leche. ¡Desde nuestras bisabuelas, abuelas, madres llevamos años viviendo con estas ideas! En estas condiciones se inician nuestras lactancias que se vuelven caminos difíciles y que no todas logramos concretar. 

A veces me pregunto por qué se ha desacreditado tanto nuestra leche.  Un alimento que no sólo protege al bebé y a la mujer de numerosas enfermedades, si no que tiene un sinfín de ventajas y beneficios para todo el mundo, es un verdadero regalo que cada mamá e hijo debería disfrutarlo a destajo.  Asimismo, la lactancia representa un hito importante dentro de la sexualidad femenina y creo que debería ser un firme derecho que todas las mujeres debemos reivindicar y que esta sociedad –si quiere catalogarse de civilizada- debe reconocer, apoyar y promover. La creación de redes de apoyo, el mejoramiento de la asistencia profesional que las madres embarazadas y lactantes reciben, y por sobre todo la educación que recibimos las mujeres desde niñas deberían ser por lo menos prioridades en las políticas públicas que ayudarían a que amamantar fuera un derecho y no una batalla cruenta como las que nos toca enfrentar hoy en día.

Cierro los ojos y observo mis madrugadas, mi sensación se preña y siento mi pecho lleno y la vida misma transcurre en ese minuto de inspiraciones desbordadas: con mi hijo al pecho y el abrazo de su hermano. Mis lactancias no fueron fáciles porque mi ser mujer se formó en una sociedad que siempre descalificó y pisoteó eso mismo, mi ser mujer. En algún sentido mi tozudez me ayudó para que la batalla de mis lactancias me hiciera sentir hoy el gozo y el privilegio que tengo de poder amamantar. Pero los depredadores siguen al acecho: mi hijo tiene casi dos años y ya tengo recomendaciones de destete.  La lucha debe continuar. Continuar porque en este mundo cada día debe haber más mujeres e hijos que puedan disfrutar sin luchas, sin temores y sin tabúes de lo que les pertenece por excelencia: el contacto y la leche materna.  



viernes, 31 de mayo de 2013

El cerebro de Mamá durante la Lactancia (Parte III)



Ya lo he dicho en otras ocasiones: la lactancia para mí es un momento mágico, un mecanismo alquímico de conexión con nuestros hijos y con una misma, un acto sanador y placentero.  No me canso de decirlo ni de pregonarlo.  En este mundo tan atribulado, tan bullicioso, tan triste y tan inflexible, el momento que amamantas a tu hijo se vuelve un acto revolucionario al conseguir la quietud, el silencio,  la neutralidad y la contemplación.  Con estos simples aspectos puedes centrarte en tu vida y reconectarte con tu ser esencial y por supuesto consigues la calma y tu hijo accede a todas las sensaciones más placenteras que puede sentir un ser humano. 

Es por todos los motivos que arriba he nombrado que quiero seguir compartiendo fragmentos del libro de la neuropsiquiatra Louann Brizendine y su libro “El Cerebro Femenino”, en los cuales habla acerca de los mecanismos que tiene nuestro cerebro a la hora de amamantar, los cuales es necesario tener en cuenta cuando se presentan algunos obstáculos en la lactancia y seguir la lucha. 

“ Los crecientes vínculos incluyen los efectos de criar al niño dándole el pecho.  La mayoría de las mujeres que amamantan a sus bebés reciben un beneficio extra: el estímulo regular de algunos de los más agradables aspectos del cerebro materno.  En cierto estudio se dio a ratas madres la oportunidad de apretar una barra y obtener una pizca de cocaína o apretar otra barra y que un cachorro de rata viniera a chupar sus pezones.  ¿Cuál creéis que preferían? Los chorros de oxitocina en el cerebro superaron siempre la toma de cocaína.  Puedes imaginar en qué medida dar de mamar refuerza la conducta maternal; tenía que ser útil para garantizar la supervivencia de nuestra especie.  Cuando un bebé coge el seno de la madre con sus manecitas y chupa el pezón, desencadena flujos explosivos de oxitocina, dopamina y prolactina en el cerebro de la madre.  Empieza a fluir la leche del seno.  Al principio, todos aquellos tirones en tus pezones secos y sangrantes te pueden hacer pensar que será imposible superar otro día de tortura por culpa de la lactancia.  Sin embargo, después de unas cuantas semanas –si no te has sentido arrastrada al harakiri- tendrás la capacidad de sosegar a tu bebé chillón y calmarte tú misma gracias a la lactancia.  En el plazo de tres o cuatro semanas, la experiencia empieza a ser totalmente placentera; y no sólo porque el dolor haya cesado.  Empiezas a esperar la hora de dar el pecho, a menos que estés tan corta de sueño que pases el día  medio dormida.  Pero en cierto momento de los pocos meses iniciales , podrás darte cuenta de que dar el pecho se ha vuelto fácil y de que lo disfrutas de verdad.  Te baja la presión sanguínea , te sientes tranquila, relajada y te meces en olas de sentimientos de amor por tu bebé inspiradas por la oxitocina.”
(…)

“Muchas madres sufren síntomas de "abstinencia" cuando están físicamente separadas de sus bebés y sienten miedo, ansiedad, incluso oleadas de pánico.  Ahora se reconoce que se trata de un estado neuroquímico más que psicológico.  El cerebro maternal, según se ve, es un instrumento sútilmente afinado y la separación, especialmente respecto de un bebé lactante puede trastornar el talante de una madre quizás por el declive en los niveles cerebrales de oxitocina que regulan el estrés."
(...)

"Las madres lactantes experimentan también síntomas de abstinencia cuando destetan a sus bebés.  Dado que el destete sucede a menudo coincidiendo con el retorno a un trabajo estresante, las madres pueden precipitarse en un estado de agitación y angustia.  ¿Puedes imaginarte cómo deben de sentirse la mayoría de las madres que dan el pecho al final de ocho horas o más de trabajo? En casa, los aflujos de oxitocina inundaban sus cerebros cada pocas horas por efecto de la lactancia de sus bebés.  En el trabajo, el suministro de oxitocina se interrumpe, puesto que la oxitocina dura sólo de una a tres horas en la circulación sanguínea y el cerebro.  Puedo recordar el vivo deseo que sentía la mayoría de los días a las tres de la tarde de marcharme a casa y reunirme con mi bebé.  Muchas madres resuelven que pueden suavizar estos síntomas extrayendo cada vez que pueden la leche de sus senos en el trabajo.  Así pueden reducir poco a poco el hábito de dar el pecho, aunque sigan haciéndolo por las noches y los fines de semana, para mantener la producción.  Esto les permite obtener todavía aportes agradables de oxitocina y dopamina, además de seguir en contacto con sus bebés.” 

(*) El Cerebro Femenino
Louann Brizendine
Pág. 127- 130

Aquí puedes ver la Parte I  y aquí la Parte II


martes, 5 de marzo de 2013

Lactancia “prolongada”, alergias alimentarias y alimentación consciente




Resulta que en estas últimas semanas no me he sentido muy bien de salud.  Deduje que podría ser al gran cambio alimenticio que hice hace ya más o menos 4 meses.  Gabriel es intolerante al trigo, leche, huevos, soya, nueces, maní y mariscos.  Y más allá de mi postura de culto hacia la lactancia, creo que era obvio que yo dejara de comer todos estos alimentos para que Gabriel pudiera alimentarse.  Muchos me miraron con cara de duda: ¿Por qué simplemente no destetas y te dejas de preocupar por cada una de las etiquetas de cada alimento?  No, no iba a destetar tan fácilmente por nada del mundo, ya me pasó con Manuel y su destete recomendado por un médico al año me trajo consecuencias emocionales, psicológicas, mentales algo desastrosas. Mi opción natural fue que yo dejaría de comer todo lo que a Gabriel le hiciera mal, costara lo que me costara.  Entonces, luego de ya varios meses, entre ensayo y error, entre equivocación y comprensión de una alimentación ultra cuidada, pensé  que estaba anémica o algo así. Porque además de no comer esos alimentos puntuales, no me es posible comer todos los alimentos que de una u otra forma están en contacto con estos, por ejemplo el pollo del supermercado, son pollos alimentados casi en su totalidad con alimento a base de soya.  Además de nacer esclavos para engordar, empollar y producir huevos, estos animales jamás han vivido libres o incluso han tocado una planta o han podido caminar libremente por un pedazo de tierra.  Cruento. Y así de cruda ha sido mi apertura de ojos en cuanto a enterarme de la verdadera historia de lo que comemos. Si les contara! 

En fin, ya me explayaré más en esto de la alimentación.  Lo cierto es que decidí ir al médico responsablemente para ver que pasaba con mi salud.  Temí siempre que el veredicto médico sería una vez más el destete, así que busqué el médico más progre según mi intuición, ojalá que utilizara homeopatía en sus tratamientos.  El procedimiento lógico fue la solicitud de muchos exámenes de sangre y otros, la revisión completa, y las preguntas pertinentes.  Le conté obviamente de mi lactancia y de mi dieta.  En este caso, me dijo, se recomienda no destetar, pues si no de qué se alimentaría el niño? Al menos eso me tranquilizó.  De todos modos pensé en el caso de que el niño pudiera tomar leche de vaca,  entonces la recomendación sería ‘es bueno que  ya destete  señora, total ya tiene usted a una vaca para que la reemplace’ o por qué un bebé sin alergias alimenticias no se alimentaría bien con la leche de su madre al igual que mi hijo? Ahí es donde encuentro grandes las inconsistencias de los médicos. 

Me cayó bien el doc de todos modos, pero me vuelve a llamar la atención el tema de que a pesar de tener una visión algo más holística de la medicina aun me preguntara si todavía me sale leche, y de que si Gabriel toma para ‘regalonear’ y ‘mañosear’ solamente por las noches.  Le respondí que no, que no mañoseaba, si no que tomaba a demanda, es decir, cuando a él le da la gana, a cualquier hora del día, ya sea porque tenía hambre, porque quería cariño, o porque quería dormir o porque a él se le ocurría.  De hecho, agregué que consideraba que pese a que he logrado una gran gama de alimentos libre de sus intolerancias, creo que mi leche sigue siendo su alimento básico. 

Los resultados de los exámenes arrojaron que tenía un poco alterado el valor que involucra la tiroides.  Pensé otra vez que me aconsejaría destetar para dar paso al tratamiento alópata correspondiente.  Afortunadamente no era un desequilibrio mayor y pudimos hacer un tratamiento homeopático.  Además disipé la interrogante acerca de si la dieta me afectaba metabólicamente: no hubo rastros de anemias u otros desequilibrios.  Me contenté y alivié.  Sin embargo, no olvido una oración dentro de todas las recomendaciones que me hizo: ‘en mujeres que tienen lactancia prolongada como tu…’  Gabriel tiene 16 meses, y jamás  hemos dicho o hemos pensado ‘ok, vamos a “prolongar” tu lactancia por a o b motivo’.  En nosotros la lactancia se hizo con dificultad al principio (y ahora sé que tenía que ver con su intolerancia que vinimos a descubrir como a los 7 meses) y luego, gracias a los cambios que decidí hacer en mi vida ya sea laborales, alimenticios, personales, la lactancia ha fluido maravillosamente y no considero que la estemos prolongando, si no que solo la estamos dejando ser, no creo que haya alargue ni tiempos complementarios, ni penales, ni ningún otro aspecto que esperemos para terminarla.  A mi me gusta y a él también, y terminaremos cuando él y yo lo decidamos.

Si es por tener “tiempos oficiales” recordemos que la OMS recomienda lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, y luego con alimentos complementarios, hasta por lo menos dos años.  Según estudios antropológicos importantes, el destete de un bebé humano puede producirse entre los 2 y 7 años.  Entonces la lactancia solamente fluye y es, no hay alargues ni nada de eso. La lactancia es el alimento natural de los mamíferos. Para nuestra sociedad y el paradigma que rígidamente nos rige (valga la redundancia) ver un niño de 4 años o más tomando teta de su madre es algo intolerable y hasta obsceno.  Sin embargo, la explotación láctea por muchos años de una madre vaca, a quien le quitamos la leche que ella produce para SU hijo, nos la tomamos hasta que tenemos noventaytantos, nos parece normal y acertado, y para nada “prolongado”.  En que quedamos, la leche de una madre humana no alimenta y es agua, y la de otra especie mamífera y algo distinta a nosotros si alimenta durante toda nuestra vida? 

Pueden pensar ustedes que estoy defendiendo mucho a las vacas, pues si, que las defiendo por la empatía que comienzo a tener por todos los seres que habitan esta tierra, incluyendo los animales, y más aún los mamíferos.  Sin embargo,  mi defensa más férrea va hacia las madres y hacia sus hijos.  Miren ustedes cuanto tiempo nos han querido hacer creer que las madres humanas y su leche no sirve y que es mejor encajar un pedazo de plástico en la boca de las criaturas para que se alimenten con quien sabe que diablos de mezclas y fórmulas, y con eso nos han vendido una supuesta libertad y un supuesto éxito.  La mutilación ha sido grande, como en tantos aspectos de nuestro ser mujer –parto, lactancia, menstruación, menopausia, etc.-  y nos preguntamos por qué nuestra autoestima va por los subterráneos aporreada y desvinculada.  Basta echar una mirada nada más: las enfermedades alimenticias que nos aquejan tienen muchos padecimientos emocionales causados por la desvinculación de nuestros propios afectos y de una baja autoestima: anorexia, bulimia, obesidad, etc.

Insisto, la lactancia es la alimentación natural de los mamíferos.  La leche es el alimento básico para las crías mamíferas y posee todos los elementos necesarios para la supervivencia de las mismas.   La lactancia además es un potente alimento emocional y psicológico para ambos: madre y cría.  A nosotras las humanas se nos ha sido arrebatada la lactancia en pos de la producción económica, así como a otras especies.  Es hora ya de reivindicarla, por que con ello nos alimentamos nosotras, alimentamos con nuestros pechos a nuestros bebés y alimentamos una sociedad tan carente de cariño y de alimentación buena y de verdad.  La lactancia no se prolonga, y si fuera así, cual es el problema de prolongar el amor y una alimentación consciente hacia nuestros hijos. Nadie reclama porque se “acorta” la lactancia.  Nuestra alimentación como especie humana no va por buen camino, es un hecho.  Que tal si empezamos a reconocer y a valorar nuestro primer y más genuino alimento natural?




viernes, 18 de enero de 2013

En casa dormimos todos juntos



Sí, en mi casa todos dormimos en la misma cama: papá, mamá y dos niños.  Y dormimos de lo más bien y a pata suelta, como se dice.  Para el bebé tenemos una cuna adosada a la cama, la cual a veces ocupa, otras no y otras nos sirve para contener ropa, juguetes, libros, etc.  Y cuando papá está muy cansado o trabaja hasta tarde ocupa la cama de Manuel que tenemos en la habitación contigua.  Pero en general todos dormimos en la misma cama, y dormimos bien, y creo que es una de las mejores cosas que nos ha pasado como familia.

Eso sí, no todas las noches son iguales.

Mis dos hijos me han enseñado que a veces el sueño o la regulación del mismo, no es cosa fácil.  Es decir, no es cosa fácil para nosotros a los adultos entender el sueño de los bebés ya que tenemos rutinas de sueños establecidas y estructuradas, y cuando nos enfrentamos a ciclos de sueño de un bebé acostumbrándose a su nueva vida nos puede causar mucha frustración y muchas veces aprendemos o tenemos que entender a la fuerza que el sueño no se controla. 

En mi caso, mi hijo mayor me enseñó a que a veces uno puede pasar una noche completa sin dormir, y que finalmente uno no se muere.  Manuel lloró mucho por las noches frente a unos padres primerizos que se angustiaban a morir y no sabían qué hacer.  Muchas veces recibimos consejos diciendo que dejarlo llorar era bueno para sus pulmones, o que era bueno que aprendiera a dormir solito para que se hiciera independiente, o que no debería manipularnos con su llanto por las noches.  Jamás pudimos dejarlo llorar solo en su cuna (la que luego solo sirvió para juntar ropa, juguetes, etc.). Así que por las noches yo le daba teta todo lo que quisiera y así aprovechábamos de tranquilizarnos y dormir los dos, o bien papá lo paseaba, o bien ambos le cantábamos.  Siempre en nuestra cama. Esa fue nuestra forma de acompañar a Manuel en su proceso a la hora de dormir: brazos, contención, canto, lactancia, calor de nido.  Así aprendimos a que las noches con los bebés son todas distintas.  Finalmente llegó un día en el que durmió toda la noche, y luego llegó otro día que quiso dormir solo en su cama.

Cuando llegó Gabriel se inició una nueva etapa de aprendizaje: él dormía siempre cuatro horas seguidas por la noche.  Nosotros padres roncábamos de felicidad con estas cuatro horas totalmente reparadoras.  Así que dormíamos a pata suelta, Gabriel en la cuna adosada a nuestra cama, nosotros en ésta y Manuel en su cama.  Sin embargo, pronto notamos que Manuel empezó a sentirse extraño en la pieza contigua. Claro, la llegada de su hermano hizo de nuestra pieza un nuevo nido, y por supuesto, él no quiso quedar fuera.  Así que nuestra cama lo recibió de vuelta con las sábanas abiertas, y dormimos los cuatro a pata suelta.  Cuando Gabriel despertaba, tomaba teta y seguíamos todos durmiendo sin problema.

Eso sí, no todas las noches fueron iguales.

Hoy Gabriel, ya más grande, cambió sus ciclos de sueño.  Hay noches en las que despierta a las 12 pm con toda la energía y juega fácil hasta las 4 am.  Nuestra estrategia ha sido jugar con él, pasearlo en brazos, cantarle, darle teta, pues como puedes obligar a dormir a un niño que claramente no tiene sueño? Entonces esperamos a que llegue el sueño y ahí sí, dormimos nuevamente todos. Bueno, Manuel duerme ya toda la noche, así que muchas veces nos trasladamos con Gabriel a la otra pieza para no molestarlo, o bien dejo que Manuel y papá duerman, pues papá tiene que salir a trabajar al otro día. Como digo, no todas las noches son iguales, pero siempre se busca la forma de obtener un sueño reparador para toda la familia, y se logra. 

En esta casa, nosotros los padres hemos decidido acompañar a nuestros hijos en sus procesos madurativos como lo es en este caso el sueño, de una forma respetuosa, cariñosa, ofreciendo siempre nuestro cuerpo y calor para darles la contención y seguridad que necesitan.  Me alegra mucho no separarnos por las noches ni siquiera unos metros, me gusta mucho que ellos sientan que están siendo cuidados y protegidos desde cerca y que eso los tranquilice y les ayude a dormir sin miedo y sin lágrimas.  No entiendo por qué hay muchas personas que divulguen que lo mejor es la separación de la familia a la hora de dormir. De hecho nunca he visto que una pajarita haga nidos en otras ramas para que ahí duerman sus crías, o que una coneja haga madrigueras distintas para ir poniendo ahí a sus conejitos. Todo lo contrario, en el nido duermen todos juntos y en la madriguera también duermen las crías y su madre juntas.  Los seres humanos no somos máquinas, somos mamíferos y por las noches necesitamos dormir acompañados, acurrucarnos, sentirnos seguros y protegidos para obtener un sueño reparador. 

En mi casa todos dormimos juntos y no todas las noches son iguales. Y si alguien tiene miedo a la oscuridad, nos abrazamos; si alguien tiene frío se le tapa; si alguien tiene hambre come. Y si alguien no tiene sueño, se le acompaña.

Y ya sé que muchos se preguntan y muchas veces se preocupan por el tema de la “intimidad” de la pareja.  Y en eso soy bien tajante: no creo que la vida sexual de una pareja pase por dormir o no solos en una cama y tampoco creo que el bienestar de la pareja pase por tener o no relaciones sexuales. Siento que la sexualidad humana no se reduce al coito simplemente.  La sexualidad y la intimidad es bastante más amplia, y el bienestar de una pareja también se fortalece cuando se amplía a vivir otros parajes que trae la vida familiar y la vida con hijos.  La visión de que solo el sexo une necesariamente a la pareja o que sin él la pareja se desarma, es ver la vida desde una perspectiva demasiado pobre y simple para mi gusto. La vida en pareja claramente tiene más aristas enriquecedoras. El placer de sentir la protección y el cariño se vive en pareja, y para ello hay que tener la conciencia y la madurez acerca de las etapas que nos toca vivir. 

Y claro, no todas las noches tienen por que ser siempre iguales. 


miércoles, 21 de noviembre de 2012

La Lactancia y el Bienestar


“Cuanto más estresante y fragmentado se torna nuestro mundo moderno, más nos damos cuenta de  nuestra necesidad de calma y contacto.  Este anhelo se refleja en el cuestionamiento acerca de nuestro agitado modo de vida, así como en una consciente búsqueda de las vías hacia la serenidad y las relaciones personales armoniosas”
Kerstin Uvnäs




Ilustracion de Soledad (Afra) Martínez

Si intento definir lo que entiendo por bienestar, viene a mí una sencilla sensación de respiración pausada, un sentimiento de vida holgada y abastecida de todas aquellas vivencias que me conducen a pasarlo bien y estar en tranquilidad, paz y armonía.  Me percato simplemente de que respiro profundo, lento y que con ello me siento plena y feliz, una sensación que recuerdo se posó en mi vida un día cualquiera cuando me observé y vi que tenía un bebé en mi pecho.

Las mujeres de hoy,  en la cotidianidad de nuestros días, estamos más emparentadas con los ajetreos externos que nos impone un mundo exitista y competitivo, que con la calma y el reposo que vivimos ansiando y jamás alcanzando.  Nuestras metas desde pequeñas se enganchan al desarrollo intelectual y más tarde al desarrollo profesional. Todo en orden de obtener más libertad económica y por ende personal, todo en orden de cumplir con los retos que la vida nos impone como sujetos de una sociedad que busca el bienestar en el dinero, en la acumulación de bienes materiales o brillando para otros mediante logros profesionales.

No es casualidad que con mayor frecuencia posterguemos la maternidad en busca de acumular este tipo de experiencias externas, y con el único objetivo de demostrarnos a nosotras mismas y al resto que podemos lograr un sinfín de metas.  Del mismo modo,  podemos jactarnos que le doblamos la mano a nuestro destino al controlar nuestra capacidad de dar vida interviniendo  nuestro cuerpo gracias a una refinada evolución en la industria farmacéutica y tecnológica. Hemos conseguido el bienestar que creemos es nuestro objetivo sentir, un bienestar material y un bienestar de “control” de nuestro cuerpo y nuestros ciclos biológicos.

Sin embargo, la esencia natural que aún poseemos en nuestro interior logra hacerse presente.  ¡Bendita sea ella! Un día llega a nuestra vida y a nuestros brazos un pequeño ser que creció en nuestro vientre nueve meses.  Dejamos de controlar todo y nos damos cuenta que hay cosas que no se pueden controlar, y que ciertas comodidades que poseemos no sirven del todo en ciertos momentos de la vida.

Me recuerdo sentada en la cama con mis pechos desnudos, mirando la cara de mi bebe, en un estado de contemplación altísima que cualquier maestro espiritual desearía. Todo detenido en una sola mirada, en una sola respiración, la cual transcurre al unísono de las pequeñas inspiraciones de ese ser que retoza en tus brazos y en tu regazo.  Una sensación de calma, de quietud, de sentir como la vida simplemente sucede en ese minuto.  La confianza, el optimismo, poco a poco ahuyentan la agresividad de aquel bullicio de la calle allá afuera.  Comienza a abrirse un mundo lleno de magia y de dicha en el interior de una,  se abre una puerta hacia el estado de la sanación.  Tus pechos rebozan en leche y tu alma reboza en felicidad.  Tu mente se ha detenido, en un intenso momento de neutralidad, en el que la nutrición recíproca ocurre a manera de un feliz milagro.

Una parte tuya, desconocida en tu existencia hasta ese momento, hace su aparecimiento.   A veces no es fácil asimilar esta nueva faceta, tu animal agresivo y acostumbrado al ataque allá en la selva de cemento, se desconcierta, se agita y aúlla buscando la totalidad de su territorio en tu cuerpo.  Y tú prefieres sin dudar al hada lenta, sencilla y calma que ahora te posee.  Esa hada de leche que lleva hacia tus pechos el elixir de la sanación.  Bulle muchas veces el miedo ante esta dualidad y quieres huir, pues el proceso curativo inicia una limpieza y aparecen tus dolores internos, aquellos recuerdos escondidos en los recovecos de tu cuerpo.  Y aún así, quieres que esa hada se quede, pues ella alimenta a tu hijo y te nutre a ti sin duda. Lo sientes. El néctar de la lactancia ahuyenta el miedo y aceptas el reto de remover lo que internamente y emocionalmente ya no te sirve.

Amamantas. Tu cuerpo inicia una fase de crecimiento y sanación.  El proceso de nutrir a tu hijo involucra una entrega mutua y desinteresada de energía para ambos.  Cuando tu cuerpo y la mente están en calma, es posible abrir la puerta hacia nuestros recursos internos y desplegar aun más la creatividad generosa que inició su invasión hace ya unos meses atrás durante la concepción.  La habilidad del ser humano para aprender, comprender, resolver o enfrentar problemas es mayor cuando estamos bajo los efectos de la calma y la quietud.

Tu hijo a su vez, inicia su vida en el territorio de la calma.  Su único deseo es estar siempre junto a su madre tal como lo hizo durante nueve meses internamente.  Sus necesidades básicas son estar al calor de su madre y bebiendo el único alimento que amamanta además a su emocionalidad, su autoestima, su ser interior. Acurrucado en la teta de su madre, es donde el obtiene esta calma, esta magia que respeta sus procesos y le otorga la plenitud de protección que necesita.

La lactancia es portadora de este elixir mágico de bienestar mutuo.  El estado que te entrega el pequeño gran acto de amamantar es una luz de paz que se instaura en tu ser y en el de tu hijo. Los obstáculos para alcanzar esa luz, bien pueden ser derribados, sólo está en que te decidas, te escuches y te entregues a tu naturaleza.  Te lo aseguro, estarás alcanzando tu más alta cima, la contemplación y trascendencia máxima, estás alcanzando el bienestar que tanto tiempo has deseado.


viernes, 13 de julio de 2012

La Lactancia y el cálculo




La lactancia es la vida misma. La leche materna es la savia que nos alimenta a todos los seres humanos desde que llegamos a este mundo.  La lactancia es la magia que llevamos todas las mujeres dentro. Amamantar es el acto que involucra más amor, del más puro, porque la leche materna es puro amor que destila por nuestros pechos. 

En los tiempos que vivimos, en el descontrol y la violencia que inundan los diarios, las noticias, y cualquier otro medio, estamos todos los actores de esta sociedad obligados solamente a ocupar nuestro lado izquierdo del cerebro.  Aquél lado es el que nos lleva por las senda masculina, el lado yang. Desde esta zona estamos obligados a observar la realidad desde una forma analítica, matemática, calculándolo todo: el dinero, el tiempo, los procesos, cuadriculando y controlándolo todo .  Nuestro lado derecho descansa, porque en el mundo actual,  lo intuitivo, lo emocional, lo creativo no sirve,  no existe.  Y si osas tener un atisbo de funcionamiento de tu lado más “ying” eres cruelmente castigado.  Lo digo por experiencia propia.

Cuando quedamos embarazadas, y lo hacemos la mayoría de las veces porque nuestro lado ying está queriendo hacer patente su existencia, pues el embarazo es pura creatividad, caemos en shock.  Pensamos inmediatamente en el dinero que involucrará, en los cambios en tu casa, en la licencia que tendrás que tomar obligada en tu trabajo (aquí en Chile la licencia pre y post natal es irrenunciable gracias a Dios).  Una vez más aparece tu lado yang tratando de controlar tu vida.  Y así te pasa un buen rato hasta que te das cuenta de lo que está ocurriendo en ti.  Esa energía tan hermosa que te recorre poco a poco, si se lo permites, comienza a reconectarte con tu lado instintivo, con tu lado ying.  Esa otra parte que te compone maravillosamente y que casi siempre está relegada en el patio trasero, hace su aparición y una felicidad inexplicable comienza a invadirte.

Algo parecido ocurre cuando nace el bebé.  El lado yang potente, el que rige a diestra y siniestra nuestra sociedad, también intenta controlarte y quiere aplastarte.  Comienzas a pensar en todo lo que tienes que “cumplir”, el dinero, el trabajo, los cálculos, los controles, que el cambiar hacia tu lado más instintivo, más interno, más sensible se vuelve algo caótico.  Tienes a tu cría en brazos, te la han puesto en el pecho bruscamente, nunca has mirado tus pechos haciendo lo que tienen que hacer en este momento.  Vienen a ti solo imágenes de los pechos perfectos de las mujeres en los spot publicitarios.  Tu madre, tu tía ya ni recuerdan cuando lactaron a sus hijos, si es que lo hicieron, así que no te pueden ayudar esta vez. Tus primas y amigas que dieron teta viven lejos y por teléfono es difícil explicar como se engancha al pecho un bebé. 

Entonces comienza el dolor, el dolor de los pezones, el dolor de la bajada de la leche, el dolor de tu alma que no conoce aquel paraje de tu existencia, el dolor de querer escaparte en el metro y entrar a tu vida antigua, el dolor de no “saber” como debes cuidar a tu cría, pues cerebralmente sólo sabes calcular, y ahora caes en cuenta en tu fuero más interno que un ser humano no puede ser calculado.

Y luego el pediatra saca una calculadora, calcula el peso de tu bebé, calcula cuantos días tiene, y calcula, según unos cálculos de grandes calculadores en el mundo, y te dice así sin más ni más que tu bebé no esta subiendo de peso. Y luego calcula cuanta leche en fórmula o leche de otra especie debes darle a tu bebé, y te pasan una mamadera con medidas para que calcules.  Este cálculo y zarpazo es casi mortal para tu aura.  Y ahí encuentras dos opciones. O te desmoronas por dentro, te anestesias, le crees a aquel calculador que tu leche no “engorda” a tu hijo y le quitas la leche a un ternero para dársela a tu hijo, o comienzas una lucha encarnizada para seguir amamantándolo, para redescubrirte y amamantarte a ti misma.  Eliges en definitiva o tu lado izquierdo o tu lado derecho. Si escoges el segundo, todo lo que te rodea te sigue saboteando, así de triste.

Este mundo obcecadamente intenta que te vayas por el consumismo, así compras tarros, mamaderas, chupetes. Compras.  Nadie quiere que sepas que tus pechos están diseñados para crear toda la leche que tu bebé necesita, tu leche es producto de toda una historia en evolución humana que ha creado aquél elixir mágico para alimentar, no solo fisiológicamente a tu bebé, si no también alimentarlo emocionalmente y alimentarte a ti. Eso no vende y no hay ganancia monetaria para nadie.

Sin embargo, seguir luchando por amamantar es ganar todas las guerras. Digan lo que digan, tú escuchas tu instinto, superas el dolor, el miedo, te superas a ti misma y te haces más fuerte frente a todo, y eso por el amor que sientes por tu hijo. Creces.  La cantidad de amor que brota cuando amamantas es un despliegue universal de energía bendita, que te bendice a ti, bendice a tu bebé.  La oxitocina que brota a nivel hormonal, es el elixir que te sana, te hace feliz, y sana y hace feliz a tu bebé.

 El tema de si engorda o no tu bebé es un cálculo que está en los protocolos pediátricos, que si bien hay que escucharlos de una forma responsable por supuesto, también es necesario siempre el buscar ayuda de otro tipo. Muchas veces los pediatras que recomiendan relleno ni siquiera se detuvieron a mirarte.  Buscar ayuda en los grupos de lactancia, buscar pediatras pro lactancia, buscar ayuda en una doula o una asesora de lactancia.  Cuando hay problemas en el establecimiento de la lactancia casi siempre es un problema integral, es decir es de la díada mamá-bebé, y la mayoría de los médicos lo que hacen es fracturar esa delicada estructura que tienen enfrente, y observan solo al bebé o solamente a la madre, menospreciando la integridad de ambos y literalmente fracturándote por dentro. 

En nuestros pechos hay tanta leche y tanto Amor como nuestros hijos necesitan.

A continuación les dejo un maravilloso texto de Laura Gutman, Psicoterapeuta Familiar argentina, que a mi manera de ver las cosas es preciso, conciso e inspirador.  Es un texto que me habría gustado leer cuando aprendí a dar de mamar.

LA LACTANCIA SALVAJE

La mayoría de las madres que consultamos por dificultades en la lactancia estamos preocupadas por saber cómo hacer las cosas correctamente, en lugar de buscar el silencio interior, las raíces profundas, los vestigios de femineidad y apoyo efectivo por parte de los individuos o las comunidades que favorezcan el encuentro con su esencia personal.

La lactancia es manifestación pura de nuestros aspectos más terrenales y salvajes que responden a la memoria filogenética de nuestra especie. Para dar de mamar sólo necesitamos pasar casi todo el tiempo desnudas, sin largar a nuestra cría, inmersas en un tiempo fuera del tiempo, sin intelecto ni elaboración de pensamientos, sin necesidad de defenderse de nada ni de nadie, sino solamente sumergidas en un espacio imaginario e invisible para los demás.

Eso es dar de mamar. Es dejar aflorar nuestros rincones ancestralmente olvidados o negados, nuestros instintos animales que surgen sin imaginar que anidaban en nuestro interior. Es dejarse llevar por la sorpresa de vernos lamer a nuestros bebés, de oler la frescura de su sangre, de chorrear entre un cuerpo y otro, de convertirse en cuerpo y fluidos danzantes.

Dar de mamar es despojarse de las mentiras que nos hemos contado toda la vida sobre quienes somos o quienes deberíamos ser. Es estar desprolijas, poderosas, hambrientas, como lobas, como leonas, como tigresas, como canguras, como gatas. Muy relacionadas con las mamíferas de otras especies en su total apego hacia la cría, descuidando al resto de la comunidad, pero milimétricamente atentas a las necesidades del recién nacido.
Deleitadas con el milagro, tratando de reconocer que fuimos nosotras las que lo hicimos posible, y rencontrándonos con lo que haya de sublime. Es una experiencia mística si nos permitimos que así sea.

Esto es todo lo que necesitamos para poder dar de mamar a un hijo. Ni métodos, ni horarios, ni consejos, ni relojes, ni cursos. Pero sí apoyo, contención y confianza  de otros (marido, red de mujeres, sociedad, ámbito social) para ser sí misma más que nunca. Sólo permiso para ser lo que queremos, hacer lo que queremos, y dejarse llevar por la locura de lo salvaje.

Esto es posible si se comprende que la psicología femenina incluye este profundo arraigo a la madre-tierra, que el ser una con la naturaleza es intrínseco al ser esencial de la mujer, y que si este aspecto no se pone de manifiesto, la lactancia simplemente no fluye. No somos tan diferentes a los ríos, a los volcanes, a los bosques. Sólo es necesario preservarlos de los ataques.

Las mujeres que deseamos amamantar tenemos el desafío de no alejarnos desmedidamente de nuestros instintos salvajes. Lamentablemente solemos razonar y leer libros de puericultura, y de esta manera perdemos el eje entre tantos consejos supuestamente “profesionales”.

La insistencia social y en algunos casos las sugerencias médicas y psicológicas que insisten en que las madres nos separemos de los bebés, desactiva la animalidad de la lactancia. Posiblemente la situación que más depreda y devasta la confianza que las madres tenemos en nuestros propios recursos internos, es esta creencia de que los bebés se van a malacostrumbrar si pasan demasiado tiempo en nuestros brazos. La separación física a la que nos sometemos como díada entorpece la fluidez de la lactancia. Los bebés occidentales duermen en los moisés o en los cochecitos o en sus cunas demasiadas horas. Esta conducta sencillamente atenta contra la lactancia. Porque dar de mamar es una actividad corporal y energética constante. Es como un río que no puede parar de fluir:  si lo bloqueamos, desvía su caudal.

Contrariamente a lo que se supone, los bebés deberían ser cargados por sus madres todo el tiempo, incluso y sobre todo cuando duermen. Porque se alimentan también de calor, brazos, ternura, contacto corporal, olor, ritmo cardíaco, transpiración  y perfume. La leche fluye si el cuerpo está permanentemente disponible. La lactancia no es un tema aparte. O estamos madre y bebé compenetrados, fusionados y entremezclados, o no lo estamos. Por eso, dar de mamar equivale a tener al bebé a upa, todo el tiempo que sea posible. No hay motivos para separar al bebé de nuestro cuerpo, salvo para cumplir con poquísimas necesidades personales. La lactancia es cuerpo, es silencio, es conexión con el submundo invisible, es fusión emocional, es entrega.

Dar de mamar es posible si dejamos de atender las reglas, los horarios, las indicaciones lógicas y si estamos dispuestas a sumergirnos en este tiempo sin tiempo ni formas ni bordes.  También si nos despojamos de tantas sillitas, cochecitos y mueblería infantil, ya que un pañuelo atado a nuestro cuerpo es suficiente para ayudar a los brazos y las espaldas cansadas. Incluso si trabajamos, incluso si hay horas durante el día en que no tenemos la opción de permanecer con nuestros bebés, tenemos la posibilidad de cargarlos en brazos todo el tiempo que estemos en contacto con ellos.

Es verdad que hay que volverse un poco loca para maternar. Esa locura nos habilita para entrar en contacto con los aspectos más genuinos, inabordables, despojados, salvajes, impresentables, sangrantes de nuestro ser femenino. Así las cosas, que nos acompañe quien quiera y quien sea capaz de no asustarse de la potencia animal que ruge desde nuestras entrañas.
Laura Gutman

Tomemos conciencia.