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viernes, 11 de octubre de 2013

Trabajar y criar: el coraje de querer







Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.
Bajo el ala del sombrero cuantas veces, embozada, una lágrima asomada yo no pude contener...
Si crucé por los caminos como un paria que el destino se empeñó en deshacer;
si fui flojo, si fui ciego, sólo quiero que hoy comprendan el valor que representa
el coraje de querer.
Cuesta Abajo
Carlos Gardel



Ilustración de Lucía Serrano del Libro "Asi te quiero mamá"


Recuerdo que un buen día se plantó ante mí la curiosa idea de criar a mis hijos estando yo en casa. Y si, una muy curiosa idea.  Sentía que las buenas voluntades a mi alrededor ayudándome a cuidar de mi hogar y de mis hijos no hacían más que dolerme y hacerme sentir un monigote pusilánime sin voluntad.  Por otro lado también me dolía el solo hecho de pensar en la vergüenza que implicaba que una profesional como yo pensara en dejar de trabajar “bien” para criar y estar en casa.  Las amenazas frente a esta curiosa idea no tardaron en llegar: que el dinero no les va alcanzar y no podrán darles una buena educación a los niños, que te aburrirás pronto, que perderás tu espacio, que tus hijos serán siempre dependientes de ti, que te perderás.  Así, entre otras ráfagas.  Afortunadamente, el miedo grabado lastimeramente en mis huesos, no pudo paralizarme esta vez.  Lo hice.  Dejé de trabajar en un empleo formal y enfrentar de otro modo el desafío económico. Ardua tarea. Dejé de trabajar porque quería seguir amamantando y cuidando yo misma a mi bebé, quería ser yo la que enseñara a leer y a escribir a mi hijo mayor. Di aquel tremendo paso al vacío, salir de mi zona de confort, abrazar la incertidumbre.  Porque en el mundo que vivimos y en las condiciones sociales en que nos desenvolvemos hoy,  dejar de trabajar para una mujer madre para criar a sus hijos, es una decisión temeraria, algo así como la decisión de un kamikaze.

Dentro de la maquinaria social y económica de la cual somos parte irreversiblemente, la apropiación de los tiempos de cada persona para utilizarlos al servicio del gran engranaje económico es el pan de cada día.  Los tiempos de cada individuo son valiosos en tanto y en cuanto producen.  Y el valor que se les otorga a esos tiempos no solo es a nivel monetario, sino también en valoración del éxito social.  ‘Eres’ en directa relación con lo que trabajas y tu trabajo determina en que zona de la pirámide de éxito te encuentras.  Estos parámetros cobijan diametralmente la vida de hombres y mujeres por igual.  Y en el caso de nosotras mujeres este hecho es un bisturí que nos escinde mortal e  irremediablemente. Nos observamos antagónicamente como mujeres-profesionales o bien mujeres-madres.  ‘Somos’ porque trabajamos de forma remunerada, y escondemos bajo la alfombra las labores que llegamos desesperadamente a hacer a casa por la tarde: el mantenimiento de la vida cotidiana, los cuidados domésticos, la crianza de los hijos.  Estamos definitivamente siempre definidas y determinadas. Y en nuestro caso lo correcto y lo prestigioso es trabajar fuera de casa porque eso te otorga una remuneración económica y estatus social, y tu trabajo en el hogar es algo que… simplemente tienes que hacer.  Desgaste seguro.  La sobrecarga de trabajo fuera más la culpa que se te inculca por todos los poros por ‘no estar con tus hijos’ sumado al cansancio que involucra el cuidado de tu hogar por la carga emocional que ello  conlleva es la verdadera recarga que llevamos las mujeres.  Partidas y sobrecargadas nos juzgamos incluso nosotras mismas y con ello caminamos renunciando a todo nuestro poder. Buscamos siempre complacer al resto, menos a lo que sentimos.

En mi caso tuve solo dos opciones: seguir trabajando en una oficina tiempo completo, o no trabajar de forma remunerada.  En la mayoría de los casos no hay términos medios. Nos siguen partiendo en dos. Y optar por dejar de trabajar te obliga a hacer varias otras renuncias: dejas prácticamente de ser un ente económico-social y con ello te quedas sin previsión médica, dejas de cotizar para tu jubilación, tus bolsillos se adelgazan considerablemente, entre otras cosas.  Te vuelves una paria, y el destino quiere deshacerte a punta de piedrazos con tu pelo sin peinar y tu cara sin maquillaje, porque el trabajo en casa es arduo y hay veces que no te deja tiempo para peinarte. Parece un triste desenlace.

Sin embargo, poco a poco te vas dando cuenta de que tu labor hogareña tampoco te deja tiempo para la angustia, pues tienes que levantarte sí o sí por las mañanas, porque nace un nuevo temple en ti, porque los niños te infunde una energía imprudente y bendita.   La valentía que te da la decisión intrépida de desafiar un sistema anti maternidad y que descalifica constantemente los cuidados domésticos y de crianza, es un insolencia que solo las mujeres podemos darnos el lujo de hacer.  El valor de sentir que las mujeres no somos seres partidos, que podemos trabajar, estudiar, ser madres y criar al unísono es un universo integral posible si tuviéramos un poco de comprensión y apoyo.  El coraje que nos infunde la potencialidad que tenemos de amar representa nuestra expansión máxima en las diversas actividades que podemos llevar a cabo.  Y este mundo puede ser otro si la idea de cuidar a nuestros hijos en casa con nuestro cuerpo sale a la luz, se visibiliza y deja de ser un espécimen en extinción.  Es posible hacer un cambio radical en nuestros estilos de vida si la idea escindida de aquella mujer que siempre tiene que renunciar a algo para hacer lo que realmente siente desaparece para siempre de nuestro imaginario.   

Estoy convencida de que es necesario cambiar la visión que tenemos como sociedad acerca del trabajo, sobre todo del trabajo que hacemos las mujeres.  Sea este remunerado o de cuidado en el hogar, cualquier trabajo es dignificador y altamente necesario.  No creo que existan trabajos de mayor o menor categoría.  Cambiar esta visión empieza desde casa, el punta pie inicial debemos darlo las mujeres haciendo el cambio interno y sintiendo que los quehaceres internos, sean estos personales u hogareños, y principalmente las actividades que conlleva la crianza de los niños – y hablo de una crianza presente -  son labores altamente gratificantes y llenas de riqueza para el grupo familiar en un ambiente cooperativo.   Por otra parte, si los sistemas laborales abrieran sus puertas a la idea de esquemas de trabajo más flexibles para las madres, las mujeres podríamos conciliar de una forma más íntegra y mucho más honesta, teniendo libertades para elegir opciones que concuerden sinceramente con lo que sentimos. 


Amamanto al más pequeño mientras enseño a escribir a mi hijo mayor, los artículos para el blog bullen en mi cabeza y las oportunidades para realizar mil actividades que me interesan y me apasionan florecen por doquier.  El miedo por su parte sigue instaurado en mi, aunque he decidido conscientemente mantener su jaula con candado. Miro de frente cada amenaza que aparece.  En eso,  miro a mis niños y pronto descubro que la primavera ha llegado y que hoy hice una promesa para ir al parque a jugar a la pelota.  


Este texto aparece en la Tercera Edición de la Revista Espacio Mamaluz dedicada a la Semana Mundial de la Crianza en Brazos.  
No se la pierdan!! http://issuu.com/espaciomamaluz/docs/revistamamaluz3

miércoles, 26 de junio de 2013

Yo Soy Mamá

Ilustración de  Pableras García
Que las mujeres hemos llegado a desarrollar el intelecto a niveles altamente refinados es una realidad innegable.  Hemos demostrado con creces en esta cultura hecha para y por hombres que somos capaces de competir de igual a igual manifestando a perfección las “cualidades” que en esta sociedad son las más aplaudidas y premiadas.  Hemos conseguido “la gloria”: competimos, controlamos y ganamos.  Claro, hemos pagado un precio bastante alto, pero hemos triunfado en el ring masculino, de eso no hay duda.

Sin embargo, también necesitamos observar la fruta que perdimos o la que dejamos de lado.  Debemos concientizar y procesar bien los motivos de tanta necesidad de demostrar que podemos desarrollar nuestras capacidades masculinas y que triunfamos en ello.  Es nuestra necesidad revisar también las facultades femeninas que hemos dejadas tiradas en el patio de atrás, desdeñadas, descalificadas y menospreciadas. Nuestros deseos y anhelos desde nuestro más profundo ser femenino el cual existe como la naturaleza misma.  Creo que aquellos cachivaches encierran poderes que no hemos valorado, y eso es lo que justamente lo que nos hace daño como mujeres: nuestra naturaleza pisoteada.   

La cosa es que en nuestra cultura estudiamos, trabajamos, conseguimos éxitos como cualquier hombre mortal en nuestro medio.   Sin embargo, muchas veces las mujeres llegamos a un punto en que algo nos falta e internamente sentimos que algo no va bien.  Si nos lo permitimos, comenzamos la búsqueda hacia nuestra natural estancia: ansiamos la familia, ansiamos el cariño y el calor del hogar.  Desconectamos la carrera o el trabajo, conectamos con nuestra esencia y nos hacemos madres y sentimos una paz interna: hemos llegado a nosotras mismas.  Pronto vuelve la realidad y con ello lo irremediable: el cuestionamiento -muchas veces angustiante- de continuar o no con nuestra carrera profesional, pues sabemos bien que, en la mayoría de los casos, la conciliación es un tema bien complejo: porque la maternidad no calza en nuestro sistema de vida, porque la maternidad no es cuadrada ni los niños predecibles (ni nosotras!).  

Algunas nos decidimos y hacemos malabares para quedarnos en casa y cuidar las crías.  Y es que tenemos la posibilidad de elegir, sí! existe esa posibilidad, independiente de todas las luchas que podamos llegar a enfrentar es una posibilidad certera.  Y el camino trae piedras, pues cuando optas por Ser Mamá, nuestra cultura comienza inmediatamente el pisoteo a nuestra opción femenina.

De partida, a nivel institucional si eres ama de casa y madre no existes, pues lógicamente no tienes una entrada que te “dignifique” como se dice.  Luego viene la cara de otros cuando te preguntan y tú en qué andas? Y una les responde: ‘Soy mamá y estoy en casa’ y luego de un silencio prudente te dicen ‘ya, pero y que haces?’ a qué te dedicas?’ o ‘qué piensas “hacer” luego de hacer “eso” (criar)?’ como esperando que pase “eso” pronto.  Claro, aluden al desarrollo profesional o al trabajo remunerado. Entonces una piensa inmediatamente que aquellas torres que se han edificado en casa no son precisamente por un proyecto para tu tesis de arquitectura: la torre de platos sucios, la torre de ropa sin lavar, la torre de ropa lavada sin planchar, aunque sean torres ingenierilmente diseñadas y calculadas!  O que la estancia con los niños no tiene nada que ver con la tesis doctoral en conductas psicológicas en los infantes.  Y quien reconoce el trabajo de las madres? pues el chapulín colorado… y nosotras, las mamás que hacemos y sabemos estar en la total invisibilidad.

Ustedes ya saben que tengo la firme convicción de que ser mamá significa un intenso crecimiento personal, un aprendizaje vital y profundo, mucho más que cualquiera especialización que se pueda adquirir con mucha satisfacción en lo académico.  Para mí la maternidad sin duda implica el desarrollo de importantes cualidades humanas –que están en franco peligro de extinción, por cierto- como lo es la paciencia, la compasión, la empatía, el autoconocimiento, el auto control, la auto comprensión, la tolerancia, etc. Si observamos, estas cualidades se oponen garrafalmente a aquellas que aprendemos en nuestros sistemas profesionales o laborales y en nuestros sistemas sociales: la competencia, el control, la supremacía, meritocracia, la búsqueda y alcance del éxito. 

Cuando pares, tomas a tu hijo en brazos, entras a tu casa y todos los títulos rimbombantes junto con toda la información adquirida en millares de libros y en miles de semanas insomnes, se quedan fuera al cerrar la puerta.  No entran contigo, ni son de ningún apoyo cuando comienzan a rodar tus lágrimas por la emoción que te da cuando tu niño se ríe por primera vez… o llora, o grita, o gime, o se hace caca, o no hace caca, o se le cae el ombligo, o se duerme o se despierta o se rasguña la cara con esas uñas finísimas y que, aunque sabes usar tecnología de punta en computación,  no tienes idea cómo diablos cortárselas.

Soy mamá y en este punto no hay más evaluación o examen que el sentir.  Sentir que la vida fluye como un río cuando tu hijo sonríe o cuando llora, sentir que sus manos están frías en el invierno o que tiene sed en el verano, sentir su mirada cuando sueña, sentir su respiración cuando se alegra o tiene pena, sentir su vida fluir al lado de la tuya en tus manos y en las suyas.  Sentir que creces junto a ellos y darte cuenta de que nunca dejas de hacerlo, darte cuenta de que puedes guiarlos, pero que casi siempre son ellos los que te guían. Sentir que somos varios en este camino familiar, de lazos y de vínculos que solo se sienten, y que caminamos todos juntos de la mano.  Estas enseñanzas son para mí tan o más valiosas que cualquier especialización académica, porque me han enriquecido  como persona, como humana, como un ser que quiere sentir plenitud interna más que éxito y supremacía sobre otros.  Y esta plenitud se puede obtener gracias a este descalificado y subvalorado oficio de ser mamá.

He escuchado tantas veces las voces cuando una mujer muy joven se queda embarazada decir ¡ay! Qué tonta! Ni siquiera terminó sus estudios y se pone a tener crías! Y yo pienso que a lo mejor esa mujer quiso o le tocó hacer primero ese otro crecimiento tan importante en la vida, el crecimiento personal de ser madre, esa gran puerta que se abre al igual que se abre una puerta de la universidad. 

Crezcamos como profesionales, por qué no? las mujeres podemos hacer lo que queramos.  Pero también crezcamos como seres humanos.  Creo que es tiempo que valoremos nuestras fortalezas femeninas, aquellas capaces de convocar, de recibir, de acunar, de abrazar, de calmar, de sanar. Recordemos nuestros conocimientos intrínsecos de mujeres que esperan pacientes como óvulos para crear vida. Dejemos la carrera y la competencia de espermatozoide. Retomemos y reconozcamos esos conocimientos uniéndolos con la experiencia del sentir.   Sin duda de esa mezcla saldrá la sabiduría, esa sabiduría femenina que nos está haciendo falta hoy en este mundo.  Lo femenino y en este caso, nuestra cualidad materna están hechas para integrar, no para competir. Ensalcemos y realcemos nuestra maternidad y hablemos desde ese podio. Sintamos que ser madres nos engrandece. Tomemos conciencia de ello. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Maternidad y sistema laboral: La decisión de dejar de trabajar



 
Foto Patricio Martínez Puebla
La decisión de dejar de trabajar la tomé el mismo día que nació Manuel.  De eso pasaron 6 años para que yo pudiera concretarla, pues en mi caso, no era una decisión muy fácil de tomar por diversos factores.  Además del tema dinero, en mi mente estaban muy ancladas las ideas del trabajo prestigioso y el desarrollo profesional, aspectos que sin duda me ataban a un sistema de vida que yo creía que era el que tenía que ser y al que uno mejor podía aspirar como persona y como mujer.  La maternidad me traía un mundo que jamás yo había planificado dentro de mi inventario de vida.

Fue una lucha ardua entre mis concepciones, condicionamientos y estructuras mentales versus esta nueva estancia que me entregaba la maternidad.  No entendía bien qué era lo que pasaba y me resistía por un lado, y creía que toda esa plenitud que sentí durante el embarazo y luego al mirar los ojos de Manuel no era el plan que yo tenía. Nunca tuve tan altas expectativas de plenitud, ahora lo sé.  Trataba de acomodarme una y otra vez al molde que se me había dictado –que ahora se que se me había dictado-.  Y así, nunca pude resignarme rotundamente a dejar a Manuel con su abuela o a dejarlo en el jardín sin que yo no sintiera que algo mío se desarmaba cada mañana al tomar el metro.  Era como un pequeño suicidio el querer ahogar esas ganas incontrolables de querer estar todo el tiempo con él y no en una oficina que no me aportaba mayor vida, excepto un sueldo.  Saber qué aprendía Manuel, qué era lo que miraba, qué y cómo comía y cómo dormía se volvió todo el horizonte de mi vida. Tomarlo de la mano y salir a caminar a cualquier hora, buscar una hoja o una flor eran los únicos momentos que mi corazón quería vivir.  Para esos momentos yo ya sabía que dejaría de trabajar algún día y podría hacer todo eso o lo que quisiera siempre con él, a su lado, piel con piel.  Mi vida se redujo a querer tan solo entregarle todo el tiempo libre así de entero, completo y desnuda.

Hoy me duelen los días de oficina y primeros meses de Manuel, porque fueron días duros.  Una semana en mi vida ya no significa mucho tiempo, pero una semana en la vida de un bebé de 7 meses o de 28 semanas, es un tiempo importante.  Tuve que enfrentar mis ideas preconcebidas, mis condicionamientos versus lo dictaba mi naturaleza interna, mi corazón.  El enfrentarme a mí misma, entender que el mundo no es lo que te dictan desde pequeña y “desobedecer” implicaron en mí la ruptura de muchas estructuras internas.  Darme cuenta en carne y hueso que a lo único que una le debe obediencia es a su voz interior, implicó hacerme cargo de mi misma, de mis dolores, de mis carencias, de mis miedos.  Implicó la necesidad rotunda de buscar mis virtudes, anhelos y bellezas, todas empañadas por una autoestima baja, que te dice que hay que encajar y que para ello debes extirpar lo que no está “bien” en tu interior. Implicó planteamientos de mi relación conmigo misma, y de ahí con el resto de personas que rodeaban mi vida, y en especial implicó plantearme claramente qué era lo que quería yo de mi vida.  Entender y aceptar que lo único que me hacía feliz en ese momento era estar con Manuel fue una gran travesía. 

Muchas veces pensé que el sistema laboral me daría la plenitud, y obstinadamente la busqué ahí.  Mi flor de siete colores estaba dentro, mi deseo la trajo y durante nueve meses creció y se formó dentro mío.  Vi aquella flor y fue el punto donde la ruptura de mi misma comenzó.  A veces una piensa que una es la que está mal parada en este mundo, y no, el mundo con sus armazones rígidos muchas veces no permiten que la parte más humana de uno se desarrolle. 

Hoy son aproximadamente 9 meses ya desde que dejé de trabajar.  Y vale aclarar que dejé de trabajar en una oficina, porque en casa el trabajo es igual de arduo.  Sin embargo el estrés por cumplir con una meta, con un trabajo escrito o un horario impuesto no ha vuelto a mi vida.  Las largas caminatas que a veces decidimos tomar con Manuel y Gabriel me llenan totalmente el alma.  Buscamos hojas y plantas entre medio de los jardines de las otras casas, olemos plantitas medicinales que los vecinos no saben que tienen, saludamos a los perros y a los gatos que hoy son nuestros amigos y a Manuel le encanta un girasol que está a tres cuadras de casa.  Me dice: ‘mamá, me encanta caminar contigo y este camino’ .  Eso es plenitud para mí.    

Mi decisión de dejar de trabajar fue un acto consciente, ampliamente reflexionado y meditado.  Fue una decisión en la que influyeron varias condiciones, entre ellas mi deseo materno y la sensación de haber llegado a un tope en mi vida profesional. Fue una decisión valiente, pues mi sueldo era importante en la economía del hogar. Pude tener el apoyo y la contención para dar ese salto libre. Se muy bien que habrá mujeres que no sientan o no puedan sentir lo mismo, o que se vean en la necesidad urgente de trabajar.  Son opciones y situaciones tan verdaderas y válidas también. Deberíamos tener la libertad completa para elegir, sin miedo, apoyadas y sin prejuicios de por medio. Sería bueno poder contar con un sistema laboral más amigable, en donde quepan la libertad de decidir y la apertura a entender y considerar a ellos que recién vienen llegando a este mundo.  Un sistema en el que la mujer y la maternidad sean respetados como procesos naturales en el ser humano, -procesos que tienen un tiempo y un ritmo importante-   en el que la integridad y los deseos de los recién nacidos también sean respetados y escuchados.  La inclusión femenina en el mundo laboral y su desarrollo en el mismo son aspectos importante para la vida de la mujer y de la sociedad, pero solo en la medida en que ella no se sienta esclava del mismo y sienta la obligación de desoír su naturaleza, sus tiempos y sus procesos internos. La maternidad no es lo que está mal en este mundo como nos hacen creer, es el sistema laboral el que no permite que se desarrolle la maternidad en plenitud, sin romperla y sin romper la vida de los niños.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Mistral, la maternidad y el nuevo feminismo: una breve mirada actual




Un tiempo atrás llegó a mí un libro de escritos políticos de Gabriela Mistral.  Llegó a mi en un momento clave: debía volver al sistema laboral luego del nacimiento de mi segundo hijo.  Ya había pasado anteriormente por ese momento al dejar a Manuel con apenas 6 meses y cumplir con “mis obligaciones” laborales, y mi experiencia había sido nefasta al ir en contra de lo que dictaban mis entrañas.  Leí aquellas palabras de la Mistral con un nudo en la garganta, mientras en la tele anunciaban el balance estadístico en torno al postnatal de cinco meses y medio.  Que distinto sería el cuadro de una mujer y su hijo recién nacido si lo que hacen los planes para regular las leyes laborales en torno a la mujer y trabajo  leyeran este tipo de libros e ideas.

Y pensé: quien más que una sensibilidad de poetisa tan visionaria para comprender los tejidos que bordan las venas nuestras de mujeres-madres.  Quien más que Gabriela Mistral para ilustrar y destacar una virtud que comenzó a ser tan vilipendiada algunas décadas atrás en nombre de la igualdad. Quien más que la misma poesía para defender y encarar lo que ya desde ese tiempo se veía venir como una hecatombe para nuestra humanidad: el ingreso de la mujer al trabajo sin pensar en lo esencial de ella (y de la sociedad): los hijos.

La expresión del instinto maternal en la obra de Mistral es un hilo conductor que va enfocando la maternidad como la más grande vocación a la que una mujer podía optar y lograr.  Gabriela, en muchos de sus escritos políticos, manifestó su oposición férreamente al feminismo de la época, que pugnaba por la “igualdad de sexos” a costa de lo que fuera y defendió la maternidad y la dignidad de la mujer antes que cualquier cosa.  

“La mujer ha hecho su entrada en cada una de las faenas humanas.  Según las feministas, se trata de un momento triunfal, de un desagravio, tardío, pero notable.  No hay para mí tal entrada de vencedor romano.    La brutalidad de la fábrica se ha abierto para la mujer, la fealdad de algunos oficios, sencillamente viles, ha incorporado a sus sindicatos a la mujer; profesiones sin entraña espiritual, de puro agio feo, han cogido en su viscosa tembladera a la mujer.   Antes de celebrar la apertura de las puertas, era preciso haber examinado qué puertas se abrían, y antes de poner el pie en el universo nueva de las actividades mujeriles había que haber mirado hacia el que se abandonaba.”

“La mujer es la primera culpable: ella ha querido ser incorporada, no importa a qué, ser tomada en cuenta en toda oficina de trabajo donde el dueño era el hombre, y que por ser dominio inédito para ella, le parecía un palacio de cuento.  No puede negarse que su inclusión en cada uno de los oficios ha sido rápida.  Es el vértigo con que se rueda por un despeñadero.  Ya tenemos a la mujer médico (¡alabado sea este ingreso!); pero frente a esto tenemos a la mujer chofer, frente a la abogada de niños, está la carrilana (obrera para limpiar las vías); frente a la profesora de la universidad, la obrera de explosivos y a la infeliz vendedora ambulante de periódicos o a la conductora de tranvía.  Es decir, hemos entrado a la vez a las profesiones ilustres y a los oficios más infames o desventurados”

Mistral propuso en su tiempo una nueva organización del trabajo, pues consideraba (lo que es obvio) que los hombres y las mujeres no eran iguales.  Y a la mujer siempre la consideró desde su ser innato y su maternidad y siempre cerca de sus hijos, proponiendo que sus profesiones naturales siempre debían ser alguna actividad con niños o cuidado de enfermos o en la artesanía, pues la naturaleza femenina siempre está orientada hacia el calor del hogar. 

“Mientras el oficio femenino está regido como por una columna tutelar por el niño, mientras se mantiene vuelta hacia él, mientras se desarrolla a su sombra sana ese oficio aparece con la dignidad que tiene cada cosa desarrollada en su zona.  Mirarlo cumplirse no inquieta, ni repugna, ni irrita.”

“(…) Pero sube una ola de sangre cuando se ve a la chofer (…)hacer la espera de su cliente hasta la madrugada, con una temperatura bajo cero; repugna la Brunilda con uniforme de altas botas y pantalones sudosos, después de una marcha forzada, que están ensayando en la nueva Rusia; e irrita como una barbarie tártara ese grupo de limpiadoras de vía férrea que da cuenta un periódico de mi provincia, dobladas como animales en el sol de castigo de la serranía de Illapel.” 

En sus escritos políticos, Mistral es tajante también a la hora de hablar del cuidado de los niños.  Ya en 1928 propone una serie de derechos para los niños, entre ellos, una vez más defendiendo acérrimamente, el derecho del niño a permanecer con su madre. 

"Derecho del niño a la educación maternal, a la madre presente, que no debe serle arrebatada por la fábrica o por la prostitución a causa de la miseria. Derecho a la madre a lo largo de la infancia, a su ojo vigilante, que la piedad vuelve sobrenatural, a su ímpetu de sacrificio que no ha sido equiparado ni por el celo de la mejor maestra. Cuando menos, si la madre debe trabajar, derecho a que el niño la tenga a su alcance por medio del trabajo en el hogar"

Sin duda la Mistral es una mujer visionaria y avanzada para su época, ya los especialistas en poesía lo expresan en su crítica.  Sin embargo,  yo que leo sus escritos hoy en pleno siglo XXI, como una mujer que le tocó poner en práctica y vivir en carne propia mucho de los paradigmas que impuso el feminismo,  me encuentro reflejada en estos escritos de hace casi 90 años atrás.  Hoy como mujer y madre siento la decepción que las mujeres sentimos cuando nos vemos obligadas a tener que elegir entre el trabajo y maternidad, una decepción y una destrucción que esta gran mujer ya anunció: la amenaza por parte del feminismo hacia la maternidad y por extensión al poder genuino de la mujer.

Sin embargo, también hoy por suerte, observo extasiada y esperanzada esta horda maravillosa de mujeres y madres que imponen en el mundo un nuevo feminismo, aquellas que han vivido en carne propia la oposición maternidad-trabajo, aquellas que abogan por una real conciliación familia-trabajo o por una reivindicación del trabajo en la crianza,  un nuevo enfoque en donde nosotras ya no debamos escindirnos para figurar dignamente en la sociedad.  Por fortuna, ese hilo poético mistraliano se invoca hoy con mucha firmeza, y por suerte hoy podemos comprobar que las ideas de una gran mujer tienen más fuerza que nunca y que fueron dichas enérgicamente por una las nuestras: una mujer con corazón de madre.


Textos extraídos de: Gabriela Mistral, Escritos Políticos: Selección, prólogo y notas de Jaime Quezada, Fondo de Cultura Económica, 1994.

Pintura de Gabriela Mistral: Miguel de Valderrama

jueves, 21 de junio de 2012

Recuerdos de mis inicios como madre



Aprendiendo y concientizando desde la dicha y el dolor

Hoy cumplo seis años como mamá.  Tengo recuerdo tan nítidos de Manuel de aquél día.  Sin duda, uno de los momentos más intensos que he vivido.  Han sido seis años de aprendizaje, de caídas, de reconocimiento.  Nada fáciles por cierto, pero no cambio por nada mi vida actual por la que tuve antes de tener a Manuel.  Y casi no me di cuenta de que ya creció y ya no es un bebé, y no hay día que no agradezca la bendición y la dicha que él, con su carita redonda, trajo a mi vida.

Recuerdo que aquellos días,  en los que reinventarse fue el pan de cada mañana, el asumir mi identidad con la nueva etiqueta de “madre” se volvió algo muy complejo.  No es algo de lo que se pueda alardear ni andar contándolo por todos lados, pero creo que muchas de las veces me dejé llevar por lo que me dijo el medio. Claro, nadie nace sabiendo dicen,  además cuando uno vive tratando de “valer” en la sociedad, esa que te exige por todos lados, y solo te va dando señales de semáforo según la aceptación, uno tiene las prioridades en otra parte.  Pero cuando nace un hijo tu enfoque cambia, y  pese a todos los consejos de madres, suegras, amigas, etc. vives ese instante solamente con una prioridad: tratar de entender por qué tu cría llora y tú no puedes más de angustia.  Alguna vez le comenté a alguien que me sentía como caminando en una cuerda floja sobre un precipicio y con Manuel en brazos.

Sin embargo, inmediatamente después del parto habitó con fuerza en mi un instinto amoroso inexplicable (ahora se que volaba en oxitocina). Una necesidad incontenible de tener a Manuel siempre pegado a mí me convirtió en una fiera.   Sin darme cuenta pasé tardes enteras mirando su carita, extasiada en su olor, en su contacto, dándole de mamar, y con el en brazos. Me entregué con toda el alma a amarlo y a cuidarlo. Me angustiaban tantas cosas también. Sentía que enloquecía. Pero toda la vulnerabilidad que sentía también traía consigo una fuerza inexplicable, una fuerza más allá de la que había tenido en toda mi vida.  Con dolor y culpa, reconozco que no tuve la fuerza para hacer cambios más grandes en mi vida justo cuando nació Manuel, aquellos que me habría gustado hacer para solamente estar con él,  pero siempre intenté estar ahí de la mejor forma.

Muchas voces opinaron durante la crianza de mi primer hijo, y yo me recuerdo como una simple oveja desinformada y casi sin voluntad, que comenzó una lucha pequeña, sin saber cómo ni por qué. El legado de las crianzas de antaño llegó a mis oídos: ‘ya debería dormir toda la noche’ ‘no lo cargues por que se acostumbra’ ‘hace mal que duerma con ustedes’ ‘no dejes que te manipule’ ‘dale agüita’. Entre estos consejos y mi angustia,  Manuel lloraba,  ahora sé que lloraba en mi lugar, lloraba por mi, por todo lo que yo no podía llorar o no me lo permitía. Mi sombra era grande. 

 A las pocas semanas de nacido Manuel no subió de peso y me ordenaron relleno.  Zarpazo sumamente doloroso.  Luché, seguí luchando por dar teta, nadie me había dicho lo beneficioso que era ni mucho menos, pero mi instinto siguió luchando por alimentarlo y lo hice, pese a que tomaba leche de tarro, yo seguí alimentándolo con mi leche, más allá de los comentarios anexos que me dijeron que lo más probable era que se me terminara, una buena pediatra me enseñó a amamantar a Manuel y luego darle la mamadera.  Así lo hice, rigurosamente.  

Cuando entré a trabajar, el segundo zarpazo fue casi mortal. El dejar a mi hijo solo, no me parecía de ningún modo buena idea, pese a los cuidados amorosos que sin duda le propinaría la abuela.  No pude escuchar lo que mi deseo gritaba. Me sometí callada al vaivén del metro. Lloré en silencio. Mi lucha continuó siendo la lactancia y el apego. Las horas de separación eran largas y los pechos me dolían durante el día.  La impotencia de estar sentada en un baño tratando de sacarme leche con un extractor es una experiencia sumamente angustiante y denigrante.

La alegría más grande del día: el recuerdo de los ojos de Manuel iluminados, abrazándome y levantándome la blusa para tomar teta, la cual ya no soltaba hasta el otro día.  Las margaritas en su mejillas, el olor de su cabecita y el tocar sus manos eran para mí el paraíso.  Viví para esos momentos, cuando llegaba en la tarde.
A la hora de dormir yo le cantaba, y descubrí que no cantaba tan mal. Ingresé con gusto de nuevo al maravilloso mundo de los cuentos y canciones infantiles.  Me gustaba cantar la Manuelita de María Elena Walsh.  Me sumergí en esa literatura, recordando los cuentos y la sensación que a mi misma me gustaba cuando era niña.   Y comencé a escribir, y escribí muchos cuentos para Manuel y no recuerdo haber echo un trabajo más gratificante y pleno durante mis horas en la oficina.

No sabía nada de lo que hoy se conoce como crianza respetuosa, o crianza natural.  Así, solo con mi instinto luché por la lactancia, dormimos con él, cuando lloraba su padre o yo lo tuvimos en brazos noches enteras pese a al cansancio.  Tímidamente escuché mi creatividad a flor de piel, guardé, a sabiendas, mis dolores durante mis primeros días siendo madre, sabía lo que me dolían, pero me di cuenta que habían otras cosas que debía arreglar y sanar antes.  Me propuse dejar que pasaran las cosas que debían pasar, y luego buscar una forma de estar con Manuel más tiempo.  Hice muchos proyectos, y algunos los he logrado en cierta medida. 

Ahora, a veces sigo sintiendo mucho dolor porque quizás pude haber estado más tiempo con  mi hijo  durante sus dos primeros años de vida, lo digo con culpa y dolor.  También siento que los aprendizajes y los procesos son así, y que lo importante es tomar conciencia de ellos. Asumo que los hijos más grandes siguen teniendo la necesidad intensa de estar con sus padres, de aprender junto a ellos, de continuar los procesos de su mano.  Y ahora esa es mi tarea, pronto Manuel aprenderá a leer y a escribir y ahí quiero estar yo.

martes, 5 de junio de 2012

De canciones románticas, mujeres guerrilleras y la maternidad




Durante mi caminata desde la casa hacia el metro, mientras cargo mi mochila en los hombros, me vine tarareando una cancioncilla algo cursi que se me vino a la cabeza.  Era algo así como la canción de una princesita que espera que su príncipe, un señor casado, se fije en ella.  Un lugar común en el imaginario de todas las mujeres que crecimos con las telenovelas o comedias románticas entre los años 80 e incluso 90.  Y hago memoria y se me viene  indefectiblemente más canciones que poblaron mi niñez: las voces españolas de Mocedades, por ejemplo,  con canciones de mujeres muy sufrientes y llorosas, reclamándole tímidamente a sus maridos sus infidelidades o desde su puesto de secretaria declarando un amor oculto.  Tomo conciencia de que esta es una de las figuras femeninas incrustadas en mí.

En mi camino veo en un paradero de micros a una mujer vestida de oficina con un bebé en brazos muy arropado y con dos bolsos colgando. No parece cómoda.  La micro no le para, y ella vocifera algo, indignada. Sigo tarareando la cancioncita que no me quiere abandonar.  Y pienso que en mi casa, mi madre una feminista y militante política acérrima, y que incluso quiso ser guerrillera, inculcó en mí el ideal femenino de los años 60’ y 70’, es decir el ideal de que la mujer que tenía que estudiar y trabajar a la par del hombre.  Nunca tuve otra idea en la mente que entrar a la universidad y  luego conseguir un trabajo en pos de mi independencia económica.  De casorios de blancos y virginidades hasta el altar ni hablar.  Sin embargo, sí esperaba al príncipe azul.  Con respecto a  los hijos, bueno  simplemente llegarían con el amor rosa que inspiraría en mí aquél señor.  Y pare de contar.  Nunca soñé la vida posterior a eso.  Simple y sencillo. Lo cierto es que  culturalmente tenía una maraña en la cabeza que abarcaba las ideas femeninas de  aquellas  canciones y sensaciones femeninas de inferioridad ante los hombres, y por otro lado la necesidad de igualarlos y emanciparse a toda costa.  Y donde queda esta maraña en la realidad estricta y consumidora que se vive en la segunda década del siglo XXI? Las mujeres estamos cambiando.

Estas dos mujeres me cruzan transversalmente y contradictoriamente. Y por ahí, estudié una carrera universitaria y me convertí en profesional.  Encontré un trabajo exitoso, cubiculado, jerarquizado y para la media bien remunerado.  Encontré a mi príncipe azul, a quien hoy reconozco como un ser humano, con todas sus virtudes y sus no tan virtudes también, y soy muy feliz.  Fruto del amor, no tan rosa como imaginaba, si no mucho más poderoso y complejo, tengo dos hijos hermosos.  Entonces,  se hizo en mi la maternidad. Un paraje desconocido y muy poco andado, claro, por esas mujeres que me cruzan.  Quizás para unas, aquéllas que suspiraban y lloraban mientras cocinaban, enceraban y planchaban, los hijos eran un que hacer doméstico más.  Para las otras algo guerrilleras fueron un sacrificio y un aspecto que las volvía más esclavas de los hombres. 

Hoy me saco leche en el baño de la oficina mientras pienso en qué prepararé de almuerzo para mañana. Mis hijos esperan en casa y yo no hallo la hora de que termine mi jornada laboral. Sin duda, preferiría estar con ellos si no fuera porque es necesario mi aporte económico en casa.  Sigo tarareando la cancioncita aquella y reparo en el mail la información del magister que tantas ganas tengo de hacer. Las dos mujeres cohabitan en mi con otra mujer que comienza a empoderarse.

Me preparo para subir al metro y a mi viaje de una hora.  Allí, en posición poco meditativa solo pienso en besar a mi bebé de 8 meses y con ilusión he comprado un cuento con ilustraciones que me ha fascinado para el de 6 años.  Luego los abrazaré y jugaré con ambos al remolino en la cama y ya escucho la risa del menor y se que no podré negarme a las peticiones del mayor que nunca se cansa del juego.  Los bañaré, les pondré pijama, dormiré con ellos, uno tomando teta y el otro agarrado a mi cintura.  Los abrazo y quiero enseñarles que para mi hoy son la razón de mi vida y de la lucha por mi libertad interior. 

Afortunadamente llevo en mi gran mochila un libro de Laura Gutman, una frase de Casilda Rodrigañez  y todo lo leído en internet en los blogs de las madres españolas, las de la tribu, las que me reconectaron, las autoras de Una Nueva Maternidad.  Y me digo:  gracias  Dios.

miércoles, 9 de mayo de 2012

COMO PAN Y MANTEQUILLA Una reflexión personal acerca del nuevo postnatal



Hoy, después de casi siete meses desde el nacimiento de Gabriel, me separo de él por más de 3 horas.  Hoy, luego del embarazo y de sus primeros meses de vida en conjunto con su hermano Manuel y su padre, vuelvo a enfrentarme a regañadientes a mi trabajo.  No he podido contener las lágrimas durante el viaje en metro, no he podido contener la rabia infinita que me da dejar a mi cachorro y sus necesidades en manos de otros. No he podido evitar que un torbellino de preocupaciones y el estrés se apoderen de mi vida y de cada célula de mi cuerpo.  Me siento en un cuadro poco prometedor para una mujer en puerperio, y que recién está concientizando su primer puerperio ocurrido hace 6 años.

Gabriel nació el 6 de octubre, en un parto común y corriente en una clínica cualquiera de la ciudad de Santiago.  Para mí, su madre, por supuesto ese momento no tiene nada de común y corriente, pues la magia,  la emoción y alegría embargaron todo mi ser, el amor que me nació con Gabriel me sigue naciendo a borbotones y no puedo ser más dichosa por ello.  Si bien, hoy haría de distinta forma muchas cosas durante el embarazo y el parto, me quedo sin duda con mi panza inmensa, me quedo con sus ojos grandes abiertos y su llanto potente al nacer, me quedo con su calidez húmeda en mi pecho, me quedo con sus manitos pequeñas y enrolladas como dos ovillos.  Siento a Gabriel en mi pecho y la sensación es única al reconocerlo.  Su aura pasiva, tranquila y sublime comienza la escalada intensa hacia la toma de posesión de la cima de mi vida, y en su paso va llenándome de un amor profundo, indeleble e irrevocable, haciéndome sentir una montaña plena.

Justamente ese mismo día, en el Congreso el Presidente de La República firmaba el decreto de ley que alargaba el postnatal a seis meses, es decir, de las antiguas 12 semanas que te otorgaba la ley para estar con tu bebé recién nacido, ahora serían 24 semanas.  Este hecho contribuyó bastante a mi tranquilidad, cosa que no me ocurrió cuando nació Manuel, a quien habría tenido que dejar de casi 2 meses y medio, si no fuera por un par de artimañas. Qué espanto!

Las semanas de tranquilidad que me aportó el nuevo postnatal,  abrieron paso a un caudal de tiempo sin tiempo, una estación maravillosa al contacto de Gabriel, quien abre cada día sus grandes ojos azules y para mi es como si salieran dos soles en mi cielo.  Gabriel reconoce y nosotros lo reconocemos a él.  Un tiempo que solamente vives en el aquí y el ahora, en una sonrisa, en su llanto, en sus gestos, en su suavidad, en su olor.  Un espacio para solamente estar, respirar, amar y ser de nuevo como pan y mantequilla, como lo fui con Manuel hace seis años.  Una sensación de plenitud tan intensa, que a veces me agobia y me descentra.  Decido en este punto seguir su ritmo, los de la familia y los míos.

Entonces comenzó una vez más el cambio en mi vida, interno y personal, trayendo consigo una cantidad de información que corroboró lo que sentía, y más aún, lo que sentí cuando nació Manuel. No quería separarme de Gabriel.  Las piezas se unieron! Allá afuera habían cientos de mujeres que sentían lo mismo que yo!  Las semanas de alargue permitieron mi relajación y por ende pude explorar más en mis emociones y permitir que el universo trajera lo que yo necesitaba. 

Sentí que me unía a un todo, y así fue como conocí y reconocí la crianza respetuosa y lo que se estaba hablando de ella. Corroboré que mi angustia es la misma que la de millones de madres sienten a la hora de dejar a su cría y reincorporarse el ámbito laboral.  Corroboré con dolor que el sentimiento del bebé al ser dejado en una guardería es literalmente de abandono. 

Y hago la reflexión: si bien el nuevo postnatal instaurado en Chile ha aportado grandes beneficios a la salud de madre e hijo, la angustia por parte de ambos a la hora de retomar el trabajo sigue siendo muy alta, lo digo sin tomarlo de ninguna estadística, tan solo de lo que escucho, percibo y por experiencia .  En este punto, las madres probablemente podremos solucionar esta ansiedad con antidepresivos y con la sensación de que hacemos lo correcto al reincorporarnos al trabajo y “quedar bien” con “todos” ya que porque trabajo, me desarrollo profesionalmente entonces “valgo”.  Sin embargo, hay un ser humano en sus primeras semanas de vida que no podrá acudir a los mismos ardides, ya que el único hábitat  que conoce, después del vientre, es el pecho de su madre y el único modo de vida que entiende es al tacto, al olor, al calor y en la voz de su madre. 

Las madres, querámoslo o no, sabemos que esto ocurre, claro, habrán realidades que pueden ser más suaves que otras.  Por ello considero que a la hora de hablar de un postnatal que otorgue salud integral a nuestras familias, debemos considerar que cada mujer y niño son distintos, y por lo mismo cada mujer debería poder elegir libremente cuando reincorporarse a su trabajo, desvistiéndose de todas las ideas preconcebidas acerca de la “realización femenina” y las exigencias que nos impone la sociedad que nos rodea.  Habrá mujeres que no puedan simplemente dejar de trabajar, pero al menos debería ser apoyada por su comunidad y familia.  Se que suena simple, pero porque no ir en búsqueda de un sistema más respetuoso con nuestros procesos?

Este despertar ocurrió en mí gracias al nuevo postnatal ¿Qué pasaría si el tiempo fuera más largo?

Mi camino continúa…