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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Historias de parto: Nacimiento de mi hijo

Autora: Blanca García
Fuente: Crianza En Flor



Hijo, cumpliste 2 meses y siento que es tiempo de poner en palabras tu nacimiento. Todas estas semanas la experiencia ha habitado en un espacio sutil, en mis sensaciones, mis emociones, en mi piel. Y siento que ya es hora de relatar en palabras lo vivido.

El 24 de agosto a las 6 de la mañana me despertó una contracción especial, le seguí su movimiento en mi útero, como se trasladaba, explotaba en el centro y luego se expandía hacía abajo. Supe enseguida que ese sería nuestro último día reunidos en mi cuerpo y que esa noche nos separaríamos. Alegría, amor, tranquilidad, sonrisas silenciosas, nuestra cercana cita nocturna por ahora sería un secreto entre tú y yo.

Las contracciones se asomaron espaciadas durante toda la mañana. Tu papá también supo que esa noche nacerías, quizás se lo dijo mi mirada, mis silencios, mi piel. Me dio de almuerzo ceviche -“Para que estés poderosa”- me dijo sonriendo y sacándome una carcajada. Y salió con tu hermana a la casa de mis papás/tus abuelos –“Volveremos como a las 7 de la tarde para que estés tranquila, intenta dormir una siesta”- dijo al salir transmitiéndome confianza y amor.

Esa tarde, las contracciones se siguieron asomando rítmicas y tímidas, sólo un suave vaivén. Me sentí ansiosa, impaciente, dudé ¿Y si no nace aún?. Limpié la cocina, inflé un poco más el balón kinésico, puse una colchoneta bajo la alfombra, prendí calefactores, puse tu ropita en una canasta sobre el mueble, me comí una fuente enorme de kiwis con naranjas y devoré una barra entera de chocolate. Me acosté a descansar y a pintar mandalas. La tranquilidad y la confianza retornaron.

Ya estaba oscuro cuando tu papá y tu hermana llegaron. Tu hermana llegó relajada y feliz contándome sus aventuras de la tarde. Tu papá muy tranquilo preparó once, huevos revueltos, jugo, frutas y té de jengibre fueron el menú. Nuestra cita nocturna ya no podía ser un secreto, en la cocina le dije -“Hoy nacerá Rafael”-. Me miró, esperó que pasara una contracción y respondió mirándome a los ojos -“Lo sé”-.

Tomamos once los tres en la pieza que esperábamos que nacieras alumbrados solo con la lámpara de sal. Y mientras comíamos las contracciones se fueron haciendo más seguidas. Les seguía el movimiento en mi cuerpo, esperaba su explosión en el centro y seguía comiendo. No dolían, ni molestaban, sólo me invitaban al silencio. Sentía todo tranquilo, pacífico, la penumbra me invitaba al silencio, los relatos de tu hermana me hacían reír y tu papá me transmitía seguridad absoluta.

Me acomodé en el sillón entre cojines y la manta que tejí en esas últimas semanas. Todo era calorcito y oscuridad. Y seguí recibiendo cada cierto rato una contracción, escuchaba a tu hermana jugar en la otra pieza y tu papá estaba frente a mi mirando un documental en su computador. Todo era relajo en el departamento.

Tu hermana se quiso acostar, tu papá la preparó y la fui a acompañar a dormir. Sabía que era la última noche en que podría acompañarla así. Era una especie de despedida. Ella me dijo –“Quiero dormirme abrazaditas”-. Le pregunté si quería teta –“Un poco no más”- me contestó. Se durmió enseguida.

Me volví a acomodar en el sillón a recibir el vaivén de las contracciones que eran ricas, predecibles en su movimiento y muy rítmicas. Tu papá encendió la estufa y la sumó al calefactor. Y al rato me dijo –“Te voy a dejar tranquila y me acostaré al lado de la niña para que no despierte”-. Empecé a entrar en un espacio sin tiempo. El sillón dejó de ser cómodo para recibir las contracciones. Quería abrir las piernas después de cada explosión y así seguir el movimiento hacia abajo. Así que me apoyé en el mueble de la tele con mis manos. ¡Qué feliz estaba! ¡Qué poderosa y confiada me sentía! El vaivén de las contracciones era rico, era fácil de seguir y de llevar. Ellas venían y se iban dejándome cada vez más revitalizada.

A ratos se me venían imágenes del  trabajo de parto de tu hermana que fue de 3 largos días hace casi 4 años atrás. Frente a cada recuerdo te decía en mi interior –“Tranquilo, aquí estamos seguros, aquí nadie nos dará instrucciones” “Sigue bajando tranquilo, aquí nadie meterá sus manos en mi cuerpo para tocar tu camino” “Eso, con confianza, aquí nadie nos hablará, ni prenderá la luz” “Aquí no hace frío, siempre estará calentito” “Sigamos disfrutando nadie nos intervendrá”- Te lo decía a ti, pero en realidad yo misma necesitaba escucharlo para sanar, liberar y sonreír de alegría por estar viviendo este proceso en la seguridad e intimidad de nuestro hogar.

Hubo un momento en que ya no podía pensar bien, intenté hablar en voz alta y no me salió la palabra. Esperé una contracción y con la energía que me dejó, me apoyé firme con mis manos en el mueble, respiré y dije – “Roberto”- pero sólo salió como un susurro. Me costaba hablar, la oxitocina amorosa estaba haciendo lo suyo ¡Placer! Respiré profundo, me concentré y dije –“Roberto… llama a la Maca”-. Me saqué la ropa, me puse camisa de dormir y me volví a meter en ese espacio sin tiempo, lleno de vaivenes, explosiones y sonrisas en la oscuridad.

No sé cuando tiempo pasó. No sé en qué momento llegó, ni menos la hora que era. Sólo de pronto la vi, en un momento en que dejé el apoyo del mueble para buscar agua. Ahí estaba la Maca, mi doula, ahí me la encontré en la oscuridad de la pieza mientras corría la estufa y cerraba la puerta. Seguí recibiendo las contracciones, aun no dolían. En algún momento te dije en mi interior –“Nos debe faltar un buen trecho, tu sigue empujando y yo me sigo abriendo para ti, sigamos”-. Recuerdo haberme apoyado en el sillón y al abrir las piernas, para seguir el vaivén que la contracción hacía para abajo, la Maca masajeó el final de mi columna. Me molestó el toque –“No. No me toques”- dije firme. Eso no me hacía sentir bien y lo había expresado con certeza ¡Poderosa!

Seguí apoyada en el sillón otro espacio sin tiempo. Se me empezaron a cansar las piernas. Me recosté hacia el lado, pero así no podía abrir las piernas como me gustaba en cada contracción. Me tiré en el suelo de lado, la alfombra era acogedora, y subí una pierna sobre el sillón, ahí quedaba abierta como me gustaba. Pero algo no estaba bien, sentía inquietud en el ambiente, movimientos, susurros, sonidos. La Maca entra a la pieza y me dice –“Roberto salió a comprar velas, vuelve en un ratito”-. Seguía sintiendo esa inquietud, las contracciones empezaron a ser poco agradables, no me gustaban, me cansaban. –“Maca, me están empezando a doler, me molestan”- le dije concentrada para que me salieran las palabras. Ella me contestó –“Es que nosotros nos aceleramos, ahora Roberto salió un rato, yo me relajaré y volverás a estar tranquila de nuevo”-. Vino otro par de contracciones molestas, Y de un momento a otro me encontré pensando en las mujeres de mi linaje y diciéndoles en mi interior –“Las necesito ahora, a todas, a las que parieron y a las que no”-. La siguiente contracción ya no fue incómoda, pero tampoco fue placentera. Me paré, tomé varios cojines e hice una torre en el suelo.

La torre de cojines quedó perfecta en altura, me puse en cuatro patas y apoyé mis brazos y mi cabeza sobre la torre. Las contracciones volvieron a tomar el vaivén rico y energizante. Sonreí de placer. Me dejé llevar por la tranqulidad.

Desperté de un sueño profundo, abrí los ojos en la oscuridad de la pieza, seguía apoyada en la torre de cojines y estaba toda babeada. ¡Dormí! Si, dormí tan profundo que me llegó a correr la saliva. El vaivén de cada contracción seguía ahí muy sutil, pero en el espacio entre una y otra, no podía cerrar mi vagina si lo intentaba. ¡Se estaba tan rico! ¡Con esa sensación de querer dormir después de hacer el amor!

La Maca me dice dos veces que tiene el agua lista y pregunta si quiero ir. A la segunda vez, y con mucho esfuerzo, recién le entendí a que se refería. Me ofrecía la tina. Caminé hacia el baño, me saqué la camisa de dormir y me metí al agua. El agua tibia ¡Un placer!. Comenzaron a venir las contracciones más seguidas. Mis sensaciones eran más intensas. Estaba sola en mi baño, en mi tina. Sin darme cuenta me encontré tocando mi clítoris ¡Si, me lo estaba pasando bien en esa intimidad! Sonreí, en mi interior agradecí ser mujer para vivir esta experiencia y te agradecí que me eligieras como tu madre. Recibí otra exquisita contracción, te hablé en voz alta –“Sigue bajando hijo, ven pronto”-. Me metí los dedos dentro de mi vagina y ahí estabas. Tocaba tu cabeza al fondo. ¡Esto era la gloria!

Sentí el agua fría. Me asusté por eso –“No me puedo enfriar”- pensé. Llamé a la Maca, llamé a tu papá. Pero no vinieron. En realidad ahora dudo que el llamado saliera de mi boca. –“No vienen, no me puedo enfriar”-. Esperé que pasara una contracción poderosa, me enderecé saqué el tapón de la tina, di el agua caliente y comencé a hacer el cambio del agua. –“Soy yo la que tiene que parir, solo nos necesitamos tú y yo”- te dije mi interior. ¡Poder absoluto! Y pasé el umbral de lo que podía quedar de miedo al parto. ¡Era el placer máximo vivido en mi vida!. Las contracciones comenzaron a venir una tras otra, no había dolor, no había molestia, pero no había descanso. Seguía silenciosa en esa poderosa seguidilla de explosiones en mi cuerpo.

Entró la Maca, dijo algo que no recuerdo y volvió a salir. Cuando volvió a entrar una fuerza indescriptible se había adueñado de mí, me hacía pujar como jamás podría hacerlo de manera intencional, una fuerza que me hacía pujar desde mi coronilla hasta mi vagina. Te sentía, tú estabas ahí, en la mitad de mi cuerpo, en tu canal, en tu camino. ¿Cuándo vendría el dolor? ¿Cuánto rato u horas faltarían para conocernos? El agua me quemaba, saqué medio cuerpo afuera, me apoyé en la Maca y le pregunté –“¿Cuánto falta Maca?”-. Ella me contestó –“Falta poquito”-.

Y la fuerza se adueñó de mi cuerpo, no era yo la que pujaba, era mi cuerpo que se mandaba solo y ejercía una energía inconmensurable. Atravesaste, te sentí pasar rápido. Sabía que tu cabeza estaba asomada. No alcancé a tocarte con mis manos. Otro pujo involuntario vino con fuerza. Moví mi pierna hacia un costado, medio cuerpo afuera afirmada en el brazo de la Maca ¡Y saliste! ¡Ahí estabas! Te tomé y me eché hacia atrás en la tina ¡Te tenía en mis brazos! ¡El éxtasis, la felicidad y el amor absoluto!

En absoluta oscuridad te sostenía, sentía tu tibieza. El mundo estaba detenido para mí. Entró tu papá, me besó, te tocó la espalda. –“Lo hice mi amor, lo hice, parí a nuestro hijo… lo disfruté, nunca hubo dolor”- le dije extasiada, jamás he estado más en mi que en ese instante. Prendieron una vela y te vimos en la penumbra… bello, perfecto, lleno de amor.
Quise salir de la tina para que no te enfriaras, me puse de pie y salí contigo aferrado a mi cuerpo. –“Afírmenme por si me desmayo, aunque no creo”- les dije. Estaba tan consciente, tan plena, tan atenta a ti.

Cuando llegamos al nidito que armaron junto al calefactor en el suelo de la pieza, la placenta se escurrió de mi cuerpo entre mis piernas, sin preámbulos, no sentí contracción, ni molestia, solo cayó y dije –“Salió la placenta”-. Me acosté sin soltarte, nos acomodamos y nos arroparon. ¡Qué instante divino!. Tú papá se puso junto a nosotros y nos miramos por un tiempo que fueron nuestra eternidad.

Entró el Emiliano, nuestro gineco-obstetra. Me pregunto –“¿Cómo estás?”-. Le contesté –“Estoy bien, estamos bien. Me siento tan bien”-. ¡Jamás en la vida me he sentido más saludable que en ese momento hijo mío!.

La Maca y el Emiliano salieron y nos dejaron a los tres solos. Te miramos, te sentimos, nos besamos, iniciamos lactancia, hiciste caca. Nos disfrutamos en la calma y en la confianza que sólo te da estar en tu hogar. Transmitías quietud, resolución, certeza y paz.

Al rato después, cuando ya dormías después de haber mamado, volvieron a entrar la Maca y el Emiliano. Él me dijo –“Te quiero mirar”-. Miró mi vulva alumbrando solo con una linterna. Mi periné estaba intacto. Luego, preguntó “¿Quién va a cortar el cordón?”, antes con tu papá ya habíamos decidido que lo cortaríamos. Desinfectó unas tijeras, se las pasó a tu papá, alumbró con la linterna y tu papá cortó el cordón. Guardaríamos nuestra placenta.

Luego, espontáneamente nos pusimos a conversar sobre lo vivido. Surgió lo que llamo “la sobremesa del parto”. Yo era un torbellino de energía, así que tenía mucho que contar sobre tu nacimiento silencioso, sin dolor y con reflejo de eyección. Y todos envueltos en esa atmósfera de amor, energía, penumbra, asombro y gratitud siguieron mis deseos de hablar, de reír, de regalonear, de recibirte. Tú dormías plácido, en calma y tibio.

Estábamos conversando cuando despertó tu hermana. Tu papá la fue a ver al dormitorio y le contó que habías nacido. Ella llegó en pura polera, esa noche había decidido dormir sin calzón… seguro sentía la fuerza del nacimiento y era su forma de vivir esa noche especial. Entró a la pieza con sus ojitos más grandes y abiertos que nunca, se acercó, te miró y te dijo –“Voy a buscar algo especial que te preparé”-. Volvió con un canastito en el que había reunido sonajeros y cascabeles –“Esto es para ti”- te dijo con sus ojitos brillantes. Se acostó junto a nosotros a mirarte y tocarte. ¡Que dicha verla como te miraba! ¡Todo fluía!

Alrededor de las 6.30 de la mañana, habías nacido a las 3.43, el Emiliano se fue sonriendo, respetuoso, su mirada decía mucho más de lo que expresaban sus palabras, sabía que había realizado una labor de guardaespaldas maravillosa, pero no terminaba de convencerse de la importancia vital de aquello. Nos pasamos a nuestra cama. Al rato se fue la Maca también, amorosa, diligente, sabia y sonriente se retiró con su mirada dispuesta. ¡Iba feliz!

Era un 25 de agosto y ahí estábamos los cuatro acostados en nuestra cama, en nuestro nido. Imposible dormir después de tanto, estábamos en la cima de la ola de oxitocina. Ya estabas en mis brazos después de nacer gracias al amor y a la seguridad entregada por nuestros guardianes. ¡Divino y poderoso amor que transformó mi cuerpo y te hizo nacer! Era verdad, sólo hacía falta amor para parirte con placer ¡Amor y sólo amor!


Nota: Quiero expresar un profundo agradecimiento a Blanca y a su hermosa familia por tener la bondad de compartir sus experiencias y parte de su intimidad.  Mil gracias Blanca por llenarnos de amor y de esperanzas!!
Paulina

sábado, 17 de mayo de 2014

Un relato de lactancia: la historia de Paula

Creo que detrás de cada niño mamando hay una gran madre, una mujer que ha pasado más de algún mal rato y se ha angustiado enormemente. Pero sobre todo, detrás de un niño mamando hay una historia de amor, de lucha, de constancia, de crecimiento personal, de confianza y de poder femenino.  Me gustan las historias de lactancia porque nos ayuda a sentir que no estamos solas, que nos somos únicas ni que estamos dementes. Las historias de lactancia son siempre historias de mamíferos amándose, que pueden terminar en lactancias exclusivas, lactancias mixtas o bien en mamaderas, pero son luchas que han merecido las medallas por las que valen la pena lucharlas hasta el final, pues si existe afecto, cariño y respeto de por medio la derrota no es una opción de ningún modo.

Les dejo a continuación la historia de Paula y de su pequeño, una historia inspiradora...

La historia de Paula

En esta foto estamos mi pequeño y yo después de su siesta hoy. Llevamos 1 año y 10 meses de lactancia, muy difícil en sus comienzos, pero rescatada. No suelo hablar de mi vida personal ni experiencias propias en mi perfil de facebook, pero hoy me encuentro reflexiva y flexible, y quiero contarles el logro más grande de mi vida.

De mi historia con mi lactancia puedo contarles que empezó como nadie lo desea... tengo una reducción de mamas hecha en el 2007.  Según mis investigaciones, durante dicha reducción se cortaron algunos nervios, que impedian la comunicación entre mi cerebro y mi pecho. Por ese motivo se me volvió muy difícil establecer una lactancia. Pezones rotos, literalmente, cayéndose a trozos, dolor infernal, casi como el "casi parto" que tuve (fue cesárea al final).

Debido a la desinformación, poco apoyo, presión de mi entorno, falta de confianza y  cuestionamiento por parte de terceros de mi poder como madre, las mil y una voces que tenemos que oír, momentos muy duros durante mi postparto, hicieron que este hermoso placer tambaleara peligrosamente. Estos momentos hicieron que mi vida y mi mente estuvieran más dedicadas a espantar las malas energías que me rodeaban, y no a dedicarme a establecer el vinculo con mi hijo con una lactancia exitosa y un postparto de ensueño, como tenía que ser.

 Mi pequeño nació con 4,300k y desde el 2do. día de hospital ya nos empezaron introducir el  famoso “relleno”, preocuados por su bajada de peso a 3,890k, igualmente seguía siendo un bebé grande, pero eso de alguna manera les alertaba, sin tener en cuenta que todo bebé suele bajar de peso a los pocos días de nacer, sin tener en cuenta que ya de por sí era un bebé grande, sin recordar que este peso se iría recuperando poco a poco con el pasar de las semanas.

Salimos del hospital ya con lactancia mixta, biberones en botellita ya preparados, muy práctico invento de la casa Nestlé, una lactancia mixta promovida e impulsada por las comadronas y enfermeras del hospital, en lugar de sentarse a mi lado a observar e intentar ayudar a una madre recién parida, perdida y confundida por los mensajes sobre un bebé que bajaba de peso, mi bebé.

Llegamos a casa y continuamos con lactancia mixta unos cuantos meses más, la mala costumbre y presión de mi entorno comparando a mi hijo con el nieto de la vecina, el nieto de la amiga, la sobrina de la mujer de la tienda o la ahijada de la que atiende en el mercado, me hacía llevar a pesar a mi hijo casi cada día, porque según sus ojos súper analíticos y expertos en nutrición infantil y lactancia, mi niño estaba desnutrido, muy flaco, no comía, mi leche era mala y no le alimentaba! solo porque no tenia rollitos en las rodillas ni en los codos...como los bebés de las fotos de revista.  Y allí iba yo, corriendo a la farmacia, desorientada, desesperada, derrotada, como un alma en pena, iba a pesarle, y a respirar hondo cada vez que me decían que ganaba 200gr, o 180gr o solo 100gr, y me repetía a mi misma, ha engordado, ha engordado! Y después, loca de mi, dando explicaciones a todo ser humano que me miraba cuestionando mi deseo y derecho de darle pecho a mi bebé. Nadie entendía que mi hijo no era un bebé gordo, ni que tampoco lo sería, mi hijo era un bebé largo, muy largo, con su cuerpecito hermoso, entallado, llenito de amor.

Mis ganas de establecer mi lactancia exclusiva iba más allá que cualquier obstáculo. Para mi, cada mes que pasaba era un logro, un mes más, desafiando las predicciones de todo el mundo a mi alrededor, de los mil textos que leía, que me decían que con el biberón mi hijo no querría mi teta, que se olvidaría de succionar, que se confundiría entre el pezón y la tetina, y mil mensajes que resumian un “ya verás”, llegará el día en que no te reciba la teta, ya verás, ya verás, ya verás!!!! Y no fue así.   Cuando mi hijo cumplió 5 meses, cuando encontré mi paz, mi tranquilidad, mi estabilidad, mi esencia de mujer, de mamífera, pude despedir los biberones y las leches de formula de mi vida, puede guardar todo lo plástico que entró en mi casa, esconderlo, en el rincón más profundo de mi hogar, para no verlo más, ni yo, ni mi hijo, como si se tratara de un vicio peligroso, al que si vuelves a ver volverías a caer.  Y así fue como me armé de valor y confianza y pasamos un día sin biberón, y el siguiente, y el siguiente, y así una semana, y dos, y un mes en donde lo único que alimentaba a mi hijo era yo, mi leche, mi vida, mis brazos, mi corazón, mi alma, mi inmensa alegría... Por fin pude adueñarme de la maternidad que me estaban robando los fantasmas de las dudas y las voces que no paraban de retumbar y opinar, y criticar, y mal entender mi mal llamada “obsesión”. Por fin, YO PUDE SER YO, la mamá de mi hijo, su fuente de alimento.

Desde entonces, mi pequeño recibe de mi mucho más, y hoy en día, valoro mi lactancia más que cualquier otra cosa en mi vida. Es sagrada. Ha sido la lucha más hermosa y satisfactoria que he podido lograr, que he podido ganar, es mi orgullo, sacarme la teta, es mi orgullo oír a mi hijo decirme que quiere teta, es mi teta, es su teta. Por esto, cada vez que alguien hace alusión a cuándo dejará de tomar teta, que hasta cuándo dejará de despertarme a la madrugada para mamar,  que hasta cuándo dejará de pedir teta en la calle, en la casa,  en el baño, en la piscina, en el parque, que hasta qué edad...o simplemente mensajes directos a él diciéndole que debe dejar dormir a la mamá, que ya es un niño grande y tiene que dormir seguido sin molestar a la mamá para pedirle teta, y entonces es ahí cuando me tocan lo más profundo de mi ser, de mi orgullo, y pienso en ese día, en el día del destete, un dia que desearía que nunca llegara, pero cuando llegue será porque mi hijo tome la decisión y él mismo sea el que diga que no quiere más, y sea él y solo él quien escoja su nuevo vinculo conmigo. Habrá crecido, habrá madurado, sus necesidades habrán cambiado.

NO ME TOQUEN MI LACTANCIA, QUE ME HA COSTADO SANGRE, SUDOR Y MUCHAS, MUCHAS LAGRIMAS.

Tu también lo puedes lograr... si quieres, puedes!
Gracias por leerme hasta el final... una historia que nunca había escrito... y que sana ...



(Paula es doula y si quieres contactarla puede hacerlo a su mail: doulapaula@gmail.com o perfil de Facebook )

miércoles, 8 de mayo de 2013

Desde que naciste soy mejor amante


Creo que desde hace siete años comprendí lo verdaderamente era amar. Hace siete años yo estaba a punto de parir.  Manuel es mi primer hijo y yo presenciaba como la vida me iba cambiando y como estaba a punto de comenzar a vivir una de las mejores etapas de mi existencia. Hace siete años mi vida estaba por cambiar de una forma tan radical, que hoy, siete años más tarde hago un balance y siento que soy otra que siente de una forma más intensa y más profunda la vida.  Manuel llegó a mi vida y rompió todo lo que había en ella, incluida yo misma.  Hoy no puedo estar más agradecida por ello, porque mi hijo con su generosidad y sabiduría vino y me obligó a construir una nueva vida para mí y por supuesto para él.  La hemos construido juntos, peldaño a peldaño he ido limpiando y con entusiasmo he ido llenando los espacios con mucha dicha.  Que no es fácil hacer limpiezas profundas, pero valen la pena porque mis niños –y todos los niños- se lo merecen.

Hoy sigo aprendiendo junto a él. Sigo aprendiendo a amar de mil maneras: a mis hijos, a su padre y a mi misma. Cada día siento el amor de mil formas. Asimismo, hoy puedo asombrarme junto a él una vez más cuando observo un amanecer por la ventana y contemplar la belleza del cielo entre medio de los edificios y el smog. Hoy puedo volver a sentir la alquimia de juntar las letras y descubrir el placer que involucra leer y escribir por primera vez.   Cada día vuelvo a sentir la plenitud que se siente cuando el viento te abrazo mientras te balanceas en un columpio ¡es lo máximo!  Siento de nuevo la intensidad del valor de la amistad cuando escucho los relatos de juegos de Manuel.  Vuelvo a vivir lo que es descubrir un pájaro cantando en la ventana o la pena que nos causa que hayan cortado un girasol en una casa vecina o la rabia que produce cuando se rompe la rueda de un auto de juguete. Recorro nuevamente mi niñez con mis ojos, a través de los dulces ojos de Manuel.

No puedo estar más agradecida de ti hijo mío! Y es mi trabajo diario que tu comprendas que la vida es para vivirla llena de plenitud, alegría y dicha, comprendiendo que siempre cada cosa que vivimos es un proceso único e irrepetible y que por ello siempre hay que vivirlo con intensidad y gratitud.  Vivirlo sintiendo cada emoción ya sea de enfado, de nervios, de miedo o de felicidad, de algarabía, de entusiasmo, todas son emociones válidas y es tu derecho vivirlas con intensidad, nadie tiene que reprimirlas.  Porque lo que nos trae la vida siempre es una instancia de aprendizaje para poder seguir creciendo y expandiéndose en este mundo.  

Manu,  quiero transmitirte que vivas tu vida contigo siempre en el centro, dejando de lado las exigencias y demandas del mundo afuera: tu eres tu centro y jamás debes ceder el control de tu vida a los demás, ni intentar agradar o complacer a nadie, ni obedecer cosas que no sientas y que te hagan dejar de lado tus propios deseos.  La perfección y la excelencia no son cualidades que debamos alcanzar aunque hoy en día el mundo allá afuera así lo mande.  Eso es tan solo una trampa que te quita las alas y que coarta tu creatividad. Manu, quiero que sigas jugando, brincando y saltando por mucho tiempo, porque el juego y la curiosidad son las verdaderas cualidades para ser feliz y libre. Eso es lo que quiero para ti Manu, que la felicidad y tu libertad siempre inunden tu vida.   Te agradezco cada día el que yo haya descubierto en mi esta capacidad intensa de poder sentir la vida y el amor, te agradezco que me mires cada día con esa mirada cristalina, profunda y llena de vida, esa vida que escogiste compartirla amorosamente conmigo. Te quiero mucho.


 Desde que naciste soy mejor amante 
Como si hubieras destapado mis conductos 
Me han crecido los senos, el vientre y las caderas 
Mi cuerpo expandido encontró su motivo 

Tú circulaste por mí, hiciste un camino divino 
Abriste un túnel, destapaste mi destino 

Tú me has dado el soplo de la creación 
Eres energía, luz del sol 
Tú me has deletreado la palabra amor 

a m o r c i t o 

a m o r c i t o 

Desde que naciste me siento flamante 
Como si me hubieras prendido 
Mi cuerpo desinhibido de vanidad eximido 
Mi cuerpo valiente parió a su pariente 

Tú circulaste por mí, hiciste un camino divino 
Abriste un túnel, destapaste mi destino 

Tú me has dado el soplo de la creación 
Eres energía, luz del sol 
Tú me has deletreado la palabra amor 
Andrea Echeverri




miércoles, 17 de abril de 2013

El cerebro de Mamá (Parte II – Mecanismo del Amor Maternal)



El sentimiento de que un manantial infinito de amor comienza a emanar desde el corazón cuando vemos por primera vez los ojos de nuestro hijo, sentimos sus gemidos, sentimos su olor y acariciamos su manitos, es un sentimiento que nos une a todas las madres independiente de todas las diferencias que podamos tener unas de otras y de las circunstancias que nos acompañen.  Es por ello que este momento tan íntimo y tan importante–cuando nace nuestro hijo y cuando volvemos a nacer nosotras- debe ser lo menos intervenido y lo menos estresante o mecánico, al contrario de lo que se vive hoy en los hospitales y clínicas. Es por ello que se lucha tan majaderamente –que los majaderos son otros- porque nadie intervenga un parto y que este sea lo más natural posible.  El momento del nacimiento y las horas que le siguen es uno de los momentos más delicados y críticos en la vida de un ser humano, y lo más hermoso es poder sentirlo y vivirlo en la más plena intimidad y con todas las funciones del cerebro actuando de forma natural, sin anestesias, sin inductores, solo con el más puro amor de mamá que emana del corazón, y si queremos, de nuestro cerebro.

A continuación les dejo algunas de las descripciones acerca del mecanismo cerebral del amor maternal  que  la  neuropsiquiatra Louann Brizendine nos entrega el libro el “Cerebro Femenino”.

A diferencia de las ovejas, la mayoría de las hembras humanas tardan más de cinco minutos en vincularse con sus bebés, pero ese lapso no es tan breve en los humanos.  Es una buena noticia para mujeres que, como yo, no han tenido experiencias de partos ideales y han sufrido anestesia, cesárea y trabajos de partos prolongados hasta dar a luz. En el momento en que nació mi hijo –después de treinta y seis horas de contracciones, anestesia epidural y morfina- estaba bastante aturdida y tenía escasa curiosidad por conocer al pequeño.  No viví la oleada de arrebatado amor maternal que esperaba sentir inmediatamente por mi bebé, en parte porque la anestesia y la morfina cambian los efectos de la oxitocina. No me sentí alerta ni protectora hasta haber salido de mi estado de sopor, y entonces me enamoré y vi que dependía sin remedio de mi nuevo hijo con toda mi sensibilidad y todo mi circuito maternal disparado.

“Estoy enamorada” es la expresión que emplean muchas madres para explicar lo que sienten por sus niños.  No es sorprendente si se escanea el cerebro porque el amor maternal se parece mucho al amor romántico.  Ha habido investigadores que han conectado a madres de recién nacidos con equipos de monitoreo cerebral, les mostraron fotografías de sus niños y luego otras de sus parejas románticas.  Los escáneres revelaron que en respuesta a ambas fotos, se iluminaban las mismas regiones del cerebro activadas por la oxitocina.  Ahora ya sé por qué sentía tanta pasión por mi hijo y por qué algunas veces mi esposo se ponía celoso.  En ambos tipos de amor hay aportes de dopamina y oxitocina en el cerebro que crean el vínculo, desconectando el pensamiento juicioso y las emociones negativas, y enchufando circuitos de placer que producen sentimientos de júbilo y apego.  Científicos del Universtiy College de Londres encontraron que las partes del cerebro habitualmente disponibles para formular juicios negativos y críticos de otros – por ejemplo el córtex anterior cingulado- se desconectan cuando uno mira a una persona amada.  La respuesta tierna y nutricia de los circuitos de oxitocina se refuerza mediante el sentimiento de placer creado por aflujos de dopamina, la sustancia química propia del placer y la recompensa.  La dopamina se incrementa en el cerebro maternal por el estrógeno y la oxitocina.  Es el mismo circuito de recompensa disparado en un cerebro femenino por la comunicación íntima y el orgasmo.

Enamorarme sin remedio de mi bebé se convirtió para mí en un estado permanente del espíritu, reforzado cada día.  Esto no significa que no me afectaran las pruebas y tribulaciones de cuidar al nuevo bebé, tales como haber pasado un día entero sin tiempo para darme una ducha o no haber podido dormir la noche anterior (las madres novatas pierden un promedio de setecientas horas de sueño el primer año tras el parto) (…) Es buena cosa que, en la mayoría de los casos, el botón del placer maternal sea accionado una y otra vez, y los lazos se estrechen más cuanto más cerca se está físicamente del bebé.*

(*) El Cerebro Femenino
Louann Brizendine
Pág. 126- 127







martes, 9 de abril de 2013

El funcionamiento del cerebro maternal (Parte I)






Últimamente he estado leyendo el libro el “Cerebro Femenino” de Louann Brizendine, una neuropsiquiatra que analiza y explica los últimos avances en neurología en torno al funcionamiento del cerebro humano, sobre todo a las diferencias garrafales que hay entre el cerebro femenino y masculino, dejando por sentado de forma científica, lo que nosotras ya sabemos por añadidura: que las mujeres somos bien distintas de los hombres.
Al respecto esta vez me gustaría compartir con ustedes algunos alcances que hace esta prestigiosa doctora con respecto al cerebro femenino y a su comportamiento materno y durante la lactancia.

(…) A medida que la cabeza del bebé pasa a través del canal del parto, se disparan las aportaciones de oxitocina en el cerebro de la madre, activando nuevos receptores y creando cientos de nuevas conexiones entre las neuronas.  El resultado en el parto puede ser la euforia inducida por la oxitocina y la dopamina, así como los sentidos hondamente incrementados del oído, tacto, vista y olfato.

(…) Para la madre humana, los adorables olores de la cabeza , la piel, el culito de su recién nacido, hacen brotar la leche del pecho; otros fluidos corporales que la han bañado durante los primeros pocos días quedarán químicamente implantados en su cerebro y podrá distinguir el olor de su bebé entre todos los demás con un 90% de precisión.  Ese proceso rige también para los llantos de su hijo y sus movimientos corporales. El tacto de la piel del bebé, el aspecto de los deditos de manos y pies, los breves llantos y gritos entrecortados quedan ya tatuados en el cerebro de la madre.  En el plazo de horas o días, puede embargarla un abrumador afán de protección y se establece en ella la agresividad maternal.  Su fuerza y resolución de cuidar a ese pequeño ser y de protegerlo se apoderan por completo de los circuitos cerebrales maternos.  La madre siente que podría para la marcha de un camión con su propio cuerpo para proteger a su bebé.   El cerebro se le ha modificado y junto con él la realidad.  Tal es quizás el cambio de la realidad más importante que ocurre en la vida de una mujer. 

(…) Las madres con su instinto agresivo y protector intensamente exacerbado, se vuelven en extremo celosas en todos los aspectos de manejo de su casa, especialmente en lo tocante a la seguridad infantil (…) Igual que un sistema global de actitud humana, los centros cerebrales de una madre para la vista, el sonido y el movimiento están orientados a monitorizar y seguir a su bebé.  Esta vigilancia incrementada puede adquirir todas las formas posibles, dependiendo de la amenaza que una madre perciba contra la seguridad y estabilidad de su “nido”.  Incluso es algo normal el replanteamiento de las obligaciones del marido como proveedor. 

Los circuitos cerebrales maternos cambian también en otros aspectos. Las madres pueden tener mejor memoria espacial que las que no han tenido hijos y pueden ser más flexibles, adaptables y valerosas.  (…) Estos cambios duran toda la vida, según han visto los investigadores. (…) Semejante transformación es válida incluso para las madres adoptivas.  En tanto permanezcas en contacto físico continuado con el niño, tu cerebro emitirá oxitocina y formará los circuitos necesarios para hacer y mantener el cerebro maternal. (*)

(*) El Cerebro Femenino
Louann Brizendine
Pág. 122- 125

jueves, 3 de enero de 2013

Cuida de mis sueños




Hace algunos días encontré esta preciosa canción en la web, y su letra me conmovió mucho y he decidido empezar el 2013 escuchándola y compartiéndola con todos ustedes!! 





Cuídame
Pedro Guerra y Jorge Drexler

Cuida de mis labios, Cuida de mi risa, Llévame en tus brazos, Llévame sin prisa

No maltrates nunca mi fragilidad, Pisare la tierra que tu pisas, Pisare la tierra que tu pisas

Cuida de mis manos, Cuida de mis dedos, Dame la caricia, Que descansa en ellos

No maltrates nunca mi fragilidad, Yo seré la imagen de tu espejo, Yo seré la imagen de tu espejo

Cuida de mis sueños, Cuida de mi vida, Cuida a quien te quiere, Cuida a quien te cuida

No maltrates nunca a mi fragilidad, Yo seré el abrazo que te alivia, Yo seré el abrazo que te alivia

Cuida de mis ojos, Cuida de mi cara, Abre los caminos, Dame las palabras

No maltrates nunca mi fragilidad, Soy la fortaleza de mañana, Soy la fortaleza de mañana

Cuida de mis sueños, Cuida de mi vida, Cuida a quien te quiere, Cuida a quien te cuida

No maltrates nunca a mi fragilidad, Yo seré el abrazo que te alivia, Yo sere el abrazo que te alivia

No maltrates nunca a mi fragilidad, Yo seré el abrazo que te alivia









sábado, 22 de diciembre de 2012

Canciones de cuna y la Navidad




“El camino que lleva a Belén
lo voy marcando con mi viejo tambor,
nada hay mejor que yo pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
al Redentor, al Redentor”
El Tamborilero

Foto de Patrica Márquez e Ignacia


La primera canción de cuna que broto de mi corazón en pleno mayo fue un villancico, una canción cantada para el niño Jesús naciendo en el pesebre. Surgió de forma espontánea desde la más profunda emoción que sentía con Manuel en brazos. Una canción que entonaba mientras perseguía la estrella que Manuel y su nacimiento significó y significa aún en mi vida.   Quizás explotaba en mí la misma emoción que me producía la mágica estampa de la navidad cuando yo era chica.  Y eso que cuando yo era niña ya el consumismo se había apoderado completamente de las fechas en diciembre.  Pero para mí la navidad, con su olor a mango y a pino verde, siempre tuvo su halo mágico inmerso en villancicos y un momento especial más allá de los regalos y reuniones familiares. Y hoy reconozco materializada esa magia en el nacimiento de mis hijos, y en mi nacimiento como madre, y una vez más las canciones de navidad acompañan esa magia.

Mis canciones de cuna desde ese entonces son por excelencia villancicos cantados en cualquier época del año, y la verdad al cantarlas me produce una especie de éxtasis ante los ojos maravillosos de mis hijos, que poco a poco comienzan a cerrarse hasta dormir en mis brazos.  Mis dos estrellas duermen pausadamente al calor de mis canciones.  Mientras tanto pienso que el nacimiento del niño Jesús tiene un gran simbolismo en nuestra cultura, y hoy siendo madre creo que toma aún mayor fuerza ese simbolismo.  Si Dios envió al mundo a su hijo para demostrarnos que un ser humano puede tener todas las cualidades como las que tuvo el Maestro Jesús desde su nacimiento, pienso que cada niño que viene a este mundo representa una posibilidad de vivir y entregar la vida hacia el Amor.  Jesús vino a transgredir todas las reglas, se rebeló ante los cánones de su época, nos enseñó un modelo de humildad y de vida que todos podemos seguir de la forma más sencilla que uno pueda pensar.  Y miro en mis brazos a Gabriel durmiendo junto a su hermano y siento que una vez más Jesús nace, Jesús nace en mí, Jesús nace al mundo, nacen todos los niños con la misma potencialidad de amar y enseñarnos amar tal como lo dijo Jesús.

Mientras canto me identifico humildemente con María su madre y  el acto de mayor sencillez de un ser humano: su nacimiento.  El parto en un pesebre repleto de otros mamíferos, y en la simpleza más pura, me conecta con su total naturaleza y fortaleza, María pariendo a su hijo, como todas las mujeres en este mundo podemos hacerlo.  Y me pregunto en qué momento dejamos que ese aspecto tan maravilloso fuera alejado de nosotras. El nacimiento de Jesús es el acto más amoroso del cual seguimos aprendiendo.

  (…) En seguida, Jesús comenzó a mover la cabeza, a veces hacia la derecha, otras a la izquierda y, finalmente, a abrir la boca en forma de O. Guiado por el sentido del olfato, se acercaba cada vez más al pezón. María, que aun se encontraba dentro de un equilibrio hormonal particular, y por ello muy instintiva, sabía perfectamente cómo sostener a su bebé e hizo los movimientos necesarios para ayudarlo a encontrar el pecho. Fue así como Jesús y María transgredieron las reglas establecidas por los neocórtex de la comunidad humana. Jesús –un rebelde pacífico desafiando toda convención- había sido iniciado por su madre.

(…) La noche siguiente, María durmió un sueño ligero. Estaba vigilante, protectora y preocupada de satisfacer las necesidades de la más preciosa de las criaturas terrestres. Los días siguientes, María aprendió a sentir cuándo su bebé tenía necesidad de ser mecido. Había tal acuerdo entre ellos que ella sabía perfectamente adaptar el ritmo del balanceo a la demanda del bebé. Siempre meciéndolo, María se puso a canturrear unas melodías a las que agregó algunas palabras. Como millones de otras madres antes que ella, María descubrió así las canciones de cuna.(*)

Y sigo cantando a la Estrella de Belén,  como en un trance me lleno de calma y dicha y revivo el momento como si yo misma estuviera naciendo en un pesebre en el calor de mi madre.  Mis niños siguen durmiendo en mi regazo rodeados de paja y siento que a nuestra familia no le hace falta más que esa luz que emana de mi corazón hacia ellos. Mis canciones de cuna seguirán siendo por mucho tiempo canciones de navidad, de esa época que nos recuerda el nacimiento de Cristo, de ese momento que nos enseña que tenemos la potencialidad certera de conectar con nuestro interior más humilde y más sencillo. La Navidad se vuelve una instancia en donde nace nuestra esperanza y sin duda nace nuestro amor una vez más. Porque la Navidad puede ser en cualquier época del año y el hogar nuestro pesebre permanente. Porque nuestros hijos y el amor por ellos son la estrella que seguimos siempre con una canción de navidad de fondo.

(*) Nueva mirada sobre la Navidad, La cientificación del amor, Michel Odent, Editorial Creavida: Bs. As, 2001. Pág. 130.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Hacia una maternidad consciente



Desde mis reflexiones como madre, considero que cada vez se vuelve más importante develar este crecimiento acelerado que he ido obteniendo al enfrentar la maternidad, esa necesidad intrínseca de sentir la sutileza de las experiencias que han traído a mi vida el nacimiento de  mis niños. Es algo así como una necesidad urgente por sentir intensamente cada pisada del camino bello en donde voy creciendo junto a ellos, y hacer un balance para percatarme justamente de ese crecimiento.

A partir de todas mis experiencias maternas, empiezo a concientizar básicamente que es de suma importancia para nosotros los seres humanos en general, tomar conciencia de la inmensa responsabilidad que involucra nuestro propio cuerpo, y con ello inmediatamente sentiríamos la importancia que involucra nuestra sexualidad y la relación mutua que tenemos con otros seres humanos.  Con esto,  asumiríamos la importancia trascendental que implica convertirse en madre o en padre y la implicancia que tiene este acto en la conversión y la formación de seres humanos más completos, felices y plenos.

En el caso de nosotras las mujeres, una vez que la maternidad llega a nuestra vida, y se despliega vigorosamente el abanico abierto de la existencia, nos damos cuenta y se nos revelan una infinidad de hechos que no teníamos en cuenta antes, y que muchas veces no podíamos mirar de frente o que no esperábamos. Nuestra conciencia se expande. La maternidad trae la magia de rebalsarnos a nosotras mismas, nos sumerge en un mar desconocido e intenso.  Entre medio de la exuberancia de la emoción, nos muestra aspectos que no queremos ver y otros que queríamos hace tanto tiempo en nuestra vida. La maternidad nos colma, nos lleva a la plenitud, nos tira al suelo, nos revuelca y sin duda nos cambia.

Y es en este cambio tan remecedor cuando la reflexión calmada se vuelve un ejercicio determinante y sanador.  El caminar con cautela sobre los caminos del bosque mágico, nos envuelve en el aura de la conciencia y la intensidad del sentimiento se hace aún más placentera.  Y tomamos el reto y decidimos caminar con valentía, eliminamos lo que tenemos que desechar y asumimos nuestras virtudes que son nuestro mejor talismán y la luz que nos guía. 
Con la energía materna que nos envuelve vamos tomando conciencia de nuestro cuerpo, de nuestro entorno, vamos sanando todo lo que haya que sanar.  Tomamos conciencia lentamente:

1.- La magia en mi cuerpo se ha hecho. Comienza a crecer en todo sentido mi ser. Crece mi vientre, crece mi espíritu, crecen las ganas de mejorar y de hacer el mejor nido para ese ser que también crece conmigo y en mí.

2.- La introspección es una actividad que practico a diario. Me observo, observo mi entorno y fluyo con él.  Mejoro en todo los sentidos, busco el bienestar y me alejo de la identidad que me ha hecho mal.  Quiero ser feliz, así siempre, como me siento exactamente ahora en este mismo momento.

3.- Tomo conciencia de mi cuerpo y de la conexión que tiene este con la naturaleza.  Me alejo del artificio que solo me procura un bienestar material y a la larga me crea solamente dependencias e inseguridades acerca de mi misma.

4.- Me escucho en todo momento.  Soy el canal que trae a la vida esa otra vida divina. Mi cuerpo es sabio y nadie, absolutamente nadie, sabe más que yo acerca de mi hijo y de mi misma.

5.- Me desnudo, abandono mi mente y dejo que todo fluya en mí, en mi pecho la leche y el amor, en mis ojos las lágrimas que limpian mi interior y mis dolencias, las cuales dejo ir. Me pongo en contacto pleno con mi hijo, como siempre hemos estado, ahora reconociéndonos cara a cara y continuamos la cercanía más íntima. 

6.- Siento como la oportunidad de vivir el embarazo, el parto, la lactancia y la crianza son actividades que nacen del más profundo amor que emana de mí, los cuales me permiten crecer y trascender.  Vivo el aquí y el ahora con este bebé en brazos y esta emoción que me desborda y que quiero por siempre sentir.

7.- Siento la necesidad básica de cuidarme, procurar mi bienestar con calor, con cariño, con afecto hacia mí misma.  Me nutro a mi misma y puedo así nutrir con el mismo amor a mi hijo.

 8.- Me sumerjo en el silencio que hay en mi interior, me conecto cada vez más con mi hijo y con mis instintos, y con firmeza los sigo cada vez más con mayor convicción.

9.- Agradezco cada una de las situaciones que vivo, incluso aquellas que me molestan en lo más profundo, pues reconozco los límites que tengo y reconozco la necesidad de escucharme y de hacerme escuchar, nadie sabe mejor que yo qué es lo que necesito y que necesita mi hijo.

10.-  Recuerdo mi infancia y replico con mis hijos aquellas vivencias que me hicieron sentir bien, y descarto todas aquellas que no me hicieron pasarlo bien. 

11.- Empatizo con mi hijo y trato de vivir la crianza lo más horizontalmente posible, respetando sus proceso y con ello los míos.

12.- Busco ayuda si me siento desbordada, no escucho palabras que me hacen sentir insegura, culpable y bajan mi autoestima.  Busco el calor de cariño amistoso, la escucha empática y la comprensión amorosa y sincera.

13.- Reviso mi interior y mi entorno. Despejo, limpio y sano con mi energía materna todo aquello que ya no sirve y procuro y entrego lo mejor al mundo, a mi familia, a mis hijos, a mi misma.

14.- Tomo conciencia de que cada acto que hago, que he hecho y que quiero hacer, lo hago con el más profundo amor que pueda yo sentir, y que cualquier error que pueda cometer, es parte de mi aprendizaje,  del crecimiento de mi conciencia y mi sentido común.

15.- Amo a mis hijos con un profundo e infinito amor, y comprendo con ello que son seres que vienen a hacer su destino en esta vida, y que me han elegido para ser su madre.  No puedo manipular su vida, solamente puedo acompañarlos y guiarlos.  Mi mejor arma es educar con el ejemplo.

Tomo conciencia.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La Lactancia y el Bienestar


“Cuanto más estresante y fragmentado se torna nuestro mundo moderno, más nos damos cuenta de  nuestra necesidad de calma y contacto.  Este anhelo se refleja en el cuestionamiento acerca de nuestro agitado modo de vida, así como en una consciente búsqueda de las vías hacia la serenidad y las relaciones personales armoniosas”
Kerstin Uvnäs




Ilustracion de Soledad (Afra) Martínez

Si intento definir lo que entiendo por bienestar, viene a mí una sencilla sensación de respiración pausada, un sentimiento de vida holgada y abastecida de todas aquellas vivencias que me conducen a pasarlo bien y estar en tranquilidad, paz y armonía.  Me percato simplemente de que respiro profundo, lento y que con ello me siento plena y feliz, una sensación que recuerdo se posó en mi vida un día cualquiera cuando me observé y vi que tenía un bebé en mi pecho.

Las mujeres de hoy,  en la cotidianidad de nuestros días, estamos más emparentadas con los ajetreos externos que nos impone un mundo exitista y competitivo, que con la calma y el reposo que vivimos ansiando y jamás alcanzando.  Nuestras metas desde pequeñas se enganchan al desarrollo intelectual y más tarde al desarrollo profesional. Todo en orden de obtener más libertad económica y por ende personal, todo en orden de cumplir con los retos que la vida nos impone como sujetos de una sociedad que busca el bienestar en el dinero, en la acumulación de bienes materiales o brillando para otros mediante logros profesionales.

No es casualidad que con mayor frecuencia posterguemos la maternidad en busca de acumular este tipo de experiencias externas, y con el único objetivo de demostrarnos a nosotras mismas y al resto que podemos lograr un sinfín de metas.  Del mismo modo,  podemos jactarnos que le doblamos la mano a nuestro destino al controlar nuestra capacidad de dar vida interviniendo  nuestro cuerpo gracias a una refinada evolución en la industria farmacéutica y tecnológica. Hemos conseguido el bienestar que creemos es nuestro objetivo sentir, un bienestar material y un bienestar de “control” de nuestro cuerpo y nuestros ciclos biológicos.

Sin embargo, la esencia natural que aún poseemos en nuestro interior logra hacerse presente.  ¡Bendita sea ella! Un día llega a nuestra vida y a nuestros brazos un pequeño ser que creció en nuestro vientre nueve meses.  Dejamos de controlar todo y nos damos cuenta que hay cosas que no se pueden controlar, y que ciertas comodidades que poseemos no sirven del todo en ciertos momentos de la vida.

Me recuerdo sentada en la cama con mis pechos desnudos, mirando la cara de mi bebe, en un estado de contemplación altísima que cualquier maestro espiritual desearía. Todo detenido en una sola mirada, en una sola respiración, la cual transcurre al unísono de las pequeñas inspiraciones de ese ser que retoza en tus brazos y en tu regazo.  Una sensación de calma, de quietud, de sentir como la vida simplemente sucede en ese minuto.  La confianza, el optimismo, poco a poco ahuyentan la agresividad de aquel bullicio de la calle allá afuera.  Comienza a abrirse un mundo lleno de magia y de dicha en el interior de una,  se abre una puerta hacia el estado de la sanación.  Tus pechos rebozan en leche y tu alma reboza en felicidad.  Tu mente se ha detenido, en un intenso momento de neutralidad, en el que la nutrición recíproca ocurre a manera de un feliz milagro.

Una parte tuya, desconocida en tu existencia hasta ese momento, hace su aparecimiento.   A veces no es fácil asimilar esta nueva faceta, tu animal agresivo y acostumbrado al ataque allá en la selva de cemento, se desconcierta, se agita y aúlla buscando la totalidad de su territorio en tu cuerpo.  Y tú prefieres sin dudar al hada lenta, sencilla y calma que ahora te posee.  Esa hada de leche que lleva hacia tus pechos el elixir de la sanación.  Bulle muchas veces el miedo ante esta dualidad y quieres huir, pues el proceso curativo inicia una limpieza y aparecen tus dolores internos, aquellos recuerdos escondidos en los recovecos de tu cuerpo.  Y aún así, quieres que esa hada se quede, pues ella alimenta a tu hijo y te nutre a ti sin duda. Lo sientes. El néctar de la lactancia ahuyenta el miedo y aceptas el reto de remover lo que internamente y emocionalmente ya no te sirve.

Amamantas. Tu cuerpo inicia una fase de crecimiento y sanación.  El proceso de nutrir a tu hijo involucra una entrega mutua y desinteresada de energía para ambos.  Cuando tu cuerpo y la mente están en calma, es posible abrir la puerta hacia nuestros recursos internos y desplegar aun más la creatividad generosa que inició su invasión hace ya unos meses atrás durante la concepción.  La habilidad del ser humano para aprender, comprender, resolver o enfrentar problemas es mayor cuando estamos bajo los efectos de la calma y la quietud.

Tu hijo a su vez, inicia su vida en el territorio de la calma.  Su único deseo es estar siempre junto a su madre tal como lo hizo durante nueve meses internamente.  Sus necesidades básicas son estar al calor de su madre y bebiendo el único alimento que amamanta además a su emocionalidad, su autoestima, su ser interior. Acurrucado en la teta de su madre, es donde el obtiene esta calma, esta magia que respeta sus procesos y le otorga la plenitud de protección que necesita.

La lactancia es portadora de este elixir mágico de bienestar mutuo.  El estado que te entrega el pequeño gran acto de amamantar es una luz de paz que se instaura en tu ser y en el de tu hijo. Los obstáculos para alcanzar esa luz, bien pueden ser derribados, sólo está en que te decidas, te escuches y te entregues a tu naturaleza.  Te lo aseguro, estarás alcanzando tu más alta cima, la contemplación y trascendencia máxima, estás alcanzando el bienestar que tanto tiempo has deseado.