miércoles, 17 de abril de 2013

El cerebro de Mamá (Parte II – Mecanismo del Amor Maternal)



El sentimiento de que un manantial infinito de amor comienza a emanar desde el corazón cuando vemos por primera vez los ojos de nuestro hijo, sentimos sus gemidos, sentimos su olor y acariciamos su manitos, es un sentimiento que nos une a todas las madres independiente de todas las diferencias que podamos tener unas de otras y de las circunstancias que nos acompañen.  Es por ello que este momento tan íntimo y tan importante–cuando nace nuestro hijo y cuando volvemos a nacer nosotras- debe ser lo menos intervenido y lo menos estresante o mecánico, al contrario de lo que se vive hoy en los hospitales y clínicas. Es por ello que se lucha tan majaderamente –que los majaderos son otros- porque nadie intervenga un parto y que este sea lo más natural posible.  El momento del nacimiento y las horas que le siguen es uno de los momentos más delicados y críticos en la vida de un ser humano, y lo más hermoso es poder sentirlo y vivirlo en la más plena intimidad y con todas las funciones del cerebro actuando de forma natural, sin anestesias, sin inductores, solo con el más puro amor de mamá que emana del corazón, y si queremos, de nuestro cerebro.

A continuación les dejo algunas de las descripciones acerca del mecanismo cerebral del amor maternal  que  la  neuropsiquiatra Louann Brizendine nos entrega el libro el “Cerebro Femenino”.

A diferencia de las ovejas, la mayoría de las hembras humanas tardan más de cinco minutos en vincularse con sus bebés, pero ese lapso no es tan breve en los humanos.  Es una buena noticia para mujeres que, como yo, no han tenido experiencias de partos ideales y han sufrido anestesia, cesárea y trabajos de partos prolongados hasta dar a luz. En el momento en que nació mi hijo –después de treinta y seis horas de contracciones, anestesia epidural y morfina- estaba bastante aturdida y tenía escasa curiosidad por conocer al pequeño.  No viví la oleada de arrebatado amor maternal que esperaba sentir inmediatamente por mi bebé, en parte porque la anestesia y la morfina cambian los efectos de la oxitocina. No me sentí alerta ni protectora hasta haber salido de mi estado de sopor, y entonces me enamoré y vi que dependía sin remedio de mi nuevo hijo con toda mi sensibilidad y todo mi circuito maternal disparado.

“Estoy enamorada” es la expresión que emplean muchas madres para explicar lo que sienten por sus niños.  No es sorprendente si se escanea el cerebro porque el amor maternal se parece mucho al amor romántico.  Ha habido investigadores que han conectado a madres de recién nacidos con equipos de monitoreo cerebral, les mostraron fotografías de sus niños y luego otras de sus parejas románticas.  Los escáneres revelaron que en respuesta a ambas fotos, se iluminaban las mismas regiones del cerebro activadas por la oxitocina.  Ahora ya sé por qué sentía tanta pasión por mi hijo y por qué algunas veces mi esposo se ponía celoso.  En ambos tipos de amor hay aportes de dopamina y oxitocina en el cerebro que crean el vínculo, desconectando el pensamiento juicioso y las emociones negativas, y enchufando circuitos de placer que producen sentimientos de júbilo y apego.  Científicos del Universtiy College de Londres encontraron que las partes del cerebro habitualmente disponibles para formular juicios negativos y críticos de otros – por ejemplo el córtex anterior cingulado- se desconectan cuando uno mira a una persona amada.  La respuesta tierna y nutricia de los circuitos de oxitocina se refuerza mediante el sentimiento de placer creado por aflujos de dopamina, la sustancia química propia del placer y la recompensa.  La dopamina se incrementa en el cerebro maternal por el estrógeno y la oxitocina.  Es el mismo circuito de recompensa disparado en un cerebro femenino por la comunicación íntima y el orgasmo.

Enamorarme sin remedio de mi bebé se convirtió para mí en un estado permanente del espíritu, reforzado cada día.  Esto no significa que no me afectaran las pruebas y tribulaciones de cuidar al nuevo bebé, tales como haber pasado un día entero sin tiempo para darme una ducha o no haber podido dormir la noche anterior (las madres novatas pierden un promedio de setecientas horas de sueño el primer año tras el parto) (…) Es buena cosa que, en la mayoría de los casos, el botón del placer maternal sea accionado una y otra vez, y los lazos se estrechen más cuanto más cerca se está físicamente del bebé.*

(*) El Cerebro Femenino
Louann Brizendine
Pág. 126- 127







martes, 9 de abril de 2013

El funcionamiento del cerebro maternal (Parte I)






Últimamente he estado leyendo el libro el “Cerebro Femenino” de Louann Brizendine, una neuropsiquiatra que analiza y explica los últimos avances en neurología en torno al funcionamiento del cerebro humano, sobre todo a las diferencias garrafales que hay entre el cerebro femenino y masculino, dejando por sentado de forma científica, lo que nosotras ya sabemos por añadidura: que las mujeres somos bien distintas de los hombres.
Al respecto esta vez me gustaría compartir con ustedes algunos alcances que hace esta prestigiosa doctora con respecto al cerebro femenino y a su comportamiento materno y durante la lactancia.

(…) A medida que la cabeza del bebé pasa a través del canal del parto, se disparan las aportaciones de oxitocina en el cerebro de la madre, activando nuevos receptores y creando cientos de nuevas conexiones entre las neuronas.  El resultado en el parto puede ser la euforia inducida por la oxitocina y la dopamina, así como los sentidos hondamente incrementados del oído, tacto, vista y olfato.

(…) Para la madre humana, los adorables olores de la cabeza , la piel, el culito de su recién nacido, hacen brotar la leche del pecho; otros fluidos corporales que la han bañado durante los primeros pocos días quedarán químicamente implantados en su cerebro y podrá distinguir el olor de su bebé entre todos los demás con un 90% de precisión.  Ese proceso rige también para los llantos de su hijo y sus movimientos corporales. El tacto de la piel del bebé, el aspecto de los deditos de manos y pies, los breves llantos y gritos entrecortados quedan ya tatuados en el cerebro de la madre.  En el plazo de horas o días, puede embargarla un abrumador afán de protección y se establece en ella la agresividad maternal.  Su fuerza y resolución de cuidar a ese pequeño ser y de protegerlo se apoderan por completo de los circuitos cerebrales maternos.  La madre siente que podría para la marcha de un camión con su propio cuerpo para proteger a su bebé.   El cerebro se le ha modificado y junto con él la realidad.  Tal es quizás el cambio de la realidad más importante que ocurre en la vida de una mujer. 

(…) Las madres con su instinto agresivo y protector intensamente exacerbado, se vuelven en extremo celosas en todos los aspectos de manejo de su casa, especialmente en lo tocante a la seguridad infantil (…) Igual que un sistema global de actitud humana, los centros cerebrales de una madre para la vista, el sonido y el movimiento están orientados a monitorizar y seguir a su bebé.  Esta vigilancia incrementada puede adquirir todas las formas posibles, dependiendo de la amenaza que una madre perciba contra la seguridad y estabilidad de su “nido”.  Incluso es algo normal el replanteamiento de las obligaciones del marido como proveedor. 

Los circuitos cerebrales maternos cambian también en otros aspectos. Las madres pueden tener mejor memoria espacial que las que no han tenido hijos y pueden ser más flexibles, adaptables y valerosas.  (…) Estos cambios duran toda la vida, según han visto los investigadores. (…) Semejante transformación es válida incluso para las madres adoptivas.  En tanto permanezcas en contacto físico continuado con el niño, tu cerebro emitirá oxitocina y formará los circuitos necesarios para hacer y mantener el cerebro maternal. (*)

(*) El Cerebro Femenino
Louann Brizendine
Pág. 122- 125

miércoles, 27 de marzo de 2013

De la autoestima, la maternidad y el poder femenino




Que los paradigmas están cayendo es un hecho. Y los paradigmas interiores también.  Es necesario que así sea.

Luego de vivir unos treintaytantos en este mundo, para mí la operación es simple: se encargan de anular por completo nuestra autoestima con el objetivo de que nuestra individualidad y su poder quede sepultado bajo el miedo, la angustia y la desconexión. Nos manejan. Así nuestra necesidad de creer en algo en lugar de conectarse con el verdadero ser que existe –y que tenemos la certeza de que existe porque conocemos sus bordes fuera y dentro de esta realidad y somos nosotros mismos-  nos engancha en una serie de artificios externos que no ofrecen más que un relleno falso.  Lo sentimos y no queremos pensarlo.  Y nos preguntamos por qué tanta angustia y tanta sensación de vacío permanente.  Esto nos ocurre a todos por igual. Venimos de una cadena de desconexión: nuestras madres y padres han tenido también su autoestima baja en la larga cadena histórica que nos resguarda.

En el caso de nosotras las mujeres los métodos son igual de cruentos.  Nos imponen modelos de bellezas bien artificiales o de muñeca plástica algo difíciles de alcanzar.  Las que pueden alcanzarlo vuelven a quedar en lo vacío, pues es una belleza que no busca otra cosa que agradar o complacer  a lo que impúdicamente le llaman el “sexo opuesto”.  Y nos vuelven a poner de contrincantes, unos contra otros, hombre contra mujeres. Volvemos a seguir obedientemente este mandato externo con un talle correcto, deseoso de perfección (impuesta) y siempre inflexible.  Con esta filosofía nos llega la idea de que si engordamos somos feas,  si somos morenas o bajas queremos ser altas y rubias, si nos cambia el ánimo somos histéricas, si estamos menstruando estamos “indispuestas”, si nuestros pechos no son del gusto masculino no somos deseables. Nos odiamos por cada una de las imperfecciones que creemos acarrear. Descalificamos una vez más nuestro verdadero ser porque nos bombardean con descalificación. Nos sentimos perdidas, extrañas, desoídas y una vez más vacías. La fórmula funciona: nuestra autoestima está para pisotearla.

La maternidad en nosotras merece un párrafo enorme.  En la adolescencia e incluso durante la niñez nos tatúan con que algún día llegará la preñez y este cuco horrendo cortará nuestros sueños, nuestros proyectos personales y será nuestro fin. El fin de nuestra “libertad”.  Y la libertad se va cerniendo en la competencia y en la búsqueda de un éxito para  demostrarle al otro ‘quien soy yo’. Éxito externo. El afán que tenemos por demostrarle al mundo –una vez más al mundo externo- que pensamos igual que nuestro sexo “opuesto” nos hace una vez más complacer a otros.  Entramos al mercado laboral, donde somos iguales a nuestros contrincantes.  Hacemos leyes que van en contra de nuestra naturaleza femenina y nuestra soberbia nos dice que está bien que nos midan con esa misma vara, total somos iguales.  Seguimos con el temor al monstruo materno que puede hacernos perder nuestro trabajo, nuestra figura, nuestra comodidad con la que creemos ser muy felices.  Hemos conquistado aquél mundo externo, quizás con nuestra belleza y ahora  con nuestro intelecto.  En la demostración se nos olvida una vez más que estamos complaciendo a lo externo, a lo que se dice y a lo que hay que hacer para ser exitosa.  Y queremos creer que ese éxito que está allá afuera es lo que nos hará felices interna y eternamente. Volvemos a odiarnos si no alcanzamos el éxito, y si lo alcanzamos nos odiamos por que no podemos llegar más arriba aún.

Sin embargo,  el gran cuco se nos aparece y se hace el milagro de la vida.   Y tenemos la certeza de que el ser que está dentro nuestro existe y tomamos conciencia  de que también existimos. Reconocemos nuestros bordes y los bordes del pequeño forastero.  Aparece un vestigio de la autoestima que nos han pisoteado. Amamos ese ser pese a todos los espantos que nos inculcaron. Y con el amor a ese ser, nos amamos nosotras mismas. Una autoestima que comienza a sanar, si lo permitimos.  Puede que no queramos y aún así el amor nos rodea por todos los flancos. Luchamos. El mundo externo hará lo suyo: la desconexión con el bebé a toda costa. Nos pondrá tiempos marcados y medidos para estar con él,  guarderías infantiles, cochecitos, mamaderas y la idea que la independencia personal debe ser lo más temprano posible. Desconexión y una vez más nuestra autoestima, aquella que dio su luz cuando nos percatamos de nuestra existencia y la de nuestro hijo,  es buscada para exterminarla.

La certeza de que existimos nos la dan nuestros hijos o nosotras mismas, nuestro cuerpo.  No necesitamos creer en nada más que en nosotras.  Si buscamos ardides y levantamos la vista más allá de los convencionalismos vacíos con los que hemos sido sellados, podemos recuperar nuestra autoestima y nuestro poder.  Y el poder lo retomamos por medio de la reconexión con nosotras y así de inmediato la conexión con nuestros hijos.  Creamos en lo que existe –que somos nosotros y nuestros hijos- y creamos en ellos y en su poder. Creamos en nuestra naturaleza y en nuestro poder.  Qué les parece si rompemos aquel paradigma femenino que nos roe ahora?  Qué les parece si comenzamos a gozar de nuestra vida ahora?

miércoles, 20 de marzo de 2013

Yo escolarizo y me siento rota por dentro

Ilustración de Fernando Cristián Rossia  

Yo escolarizo, como todos.  Envío al colegio a mi hijo muy temprano en la mañana. Lo visto con ropa exactamente igual a las de sus compañeros.  Pongo en su bolso muchos cuadernos y libros, que pesan no tanto por su sabiduría, pero sí por su precio y su volumen.  Es una mochila muy pesada. También envío una colación y su almuerzo. 

Mi niño lleva su entusiasmo y su alegría de niño, sus ganas de jugar y de aprender.  Lleva sus preguntas mágicas y sus respuestas sinceras, honestas y espontáneas.  Lleva su imaginación y las intenciones francas de su amistad a toda costa.  Lleva su personalidad avasallante y la inquietud humana en sus ojos, en sus manos, en sus pies.  Lleva sus zapatos sucios de pelotas. Lleva su sonrisa amplia, ancha y su diente de leche que está por caer.  Lleva el viento en su pelo y los ojos salpicados de sueños.  Lleva sus lápices y sus números hechos al revés.

El segundo día de clases su profesora le arrancó dos hojas de un cuaderno porque no había escrito en la parte de arriba ni con la letra que ella había indicado.  Le ha dicho que se siente innumerables veces, así como que se mantenga callado y mirando y copiando en el cuaderno lo que ella escribe en el pizarrón.  Le ha dicho que pinte dentro de la figura, y jamás afuera. Está prohibido.  Le ha dicho que no puede usar collares, ni el sticker de cara feliz que él se pegó en la frente, luego de que ella misma se lo diera el día anterior.  Le ha dicho que si no hace todo lo que ella dice enviará una comunicación a sus padres  o que irá a la inspección.  Le ha tachado sus números al revés y no ha puesto un gran signo de interrogación sobre la marca en las papas fritas envés de la respuesta políticamente correcta de la ensalada y las frutas en la pregunta de qué es lo que más te gusta comer. 

Sus compañeros no han querido prestarle sus lápices porque sus madres así se los han enseñado. Una abuela le dice a su nieto a la salida del colegio que él no es su amigo si no solo su compañero.  Otros niños se preocupan de la mochila y de su marca. Otros ya hablan de las mejores notas y calificaciones con gestos tan correctos como los de un oficinista.

Yo tengo intenciones sagradas en torno a la educación.  El resto del mundo me habla de la sociabilización y de los inconvenientes de un supuesto aislamiento, y de que es bueno que aprenda lo “que es el mundo”. Somos seres sociables y en casa hay un dulce calor.

Yo escolarizo y me siento rota por dentro.  Yo creo en la sociabilización, pero no veo que la sociabilización de las escuelas actuales sea la verdadera. No creo que competir o demostrar un éxito vacuo sea sociabilizar.  No creo que el hastío de una generación de profesores sin mayores horizontes deba inundar las aulas y a eso llamar sociabilizar. No encuentro en las escuelas el sueño y el ímpetu por aprender, ni el juego mágico que se merece un niño.  Observo el tedio de las mentes que dirigen estos recintos rígidos e inhumanos, y veo en su cara ningún otro destino que llegar a ver el programa de moda en la televisión de hoy por la noche. No encuentro esperanza.  Y ellos con su cara monótona se remiten a enseñar la obediencia, sumisión y represión una y otra vez como una rutina macabra y que no acaba nunca. Sordos.  Sus manos no están llenas de frutas, ni pueden llenar de colores una hoja, ni de letras íntegras los cuadernos. 

Yo escolarizo y yo no estoy rota.  Es otro cuento el que está roto. Tiene una lápida encima, y camina penando un fantasma con una mochila pesada al hombro. La misma que ponemos cada mañana en los hombros de nuestros hijos. De fondo se escucha una retahíla de canciones desoídas, de sueños tachados, de cantos fracturados. Y marchan a la escuela.

Yo tengo intenciones sagradas en torno a la educación y no, no estoy rota. 

martes, 12 de marzo de 2013

Puntos importantes a saber acerca del Parto: Lo que me hubiese gustado saber

Ilustración de Rubén Jiménez "El Rubencio"


En búsqueda de instaurar nuevamente la importancia de un Parto Humanizado en el imaginario de las mujeres…


Yo soy una de las madres que hoy, luego de tener mucha información,  enfrentaría de otro modo el parto.  Todavía sigo encontrando aspectos importantes que es necesario saber antes de parir y que lamentablemente no están al alcance de todas las mujeres.  Yo no los supe en su momento, pero si los hubiese sabido hoy otro gallo cantaría.  De todos modos creo que a pesar de que mis partos fueron medicalizados y con presencia de violencia obstétrica, no fueron necesariamente determinantes en mi forma de sentir la maternidad.  Quizás esa “anormalidad” que ahora considero estuvo presente en mis partos, son las que me llevan con más fuerza hacia la necesidad urgente de mostrar que todas las mujeres tenemos el derecho y el deber de hacernos conscientes de nuestro embarazo, de nuestro parto y de nuestra crianza.  Así como también, es realmente necesaria la difusión y la objeción de conciencia en torno al sistema médico que nos ampara.  Solo mujeres bien informadas y empoderadas podremos cambiar los aspectos que han dejado de servir y van quedando obsoletos por irrespetuosos y por no estar centrados en la búsqueda del bienestar del ser humano, si no más bien en procedimientos maquinales y en intereses económicos.

A continuación les dejo algunos puntos que considero de suma importancia a saber durante el embarazo y antes del parto:

1.- El parto es un proceso natural e involuntario.  El inicio del trabajo de parto o el preludio del parto se desencadena cuando ambos –mamá e hijo- están listos y preparados para vivirlo. Lo más natural y recomendable es que la labor de parto se inicie sola.

2.- La fisiología femenina está totalmente preparada y equipada para vivir el trabajo de parto y el parto de forma natural, sin ningún tipo de intervención médica ni de otras personas.  Todas las mujeres sabemos parir de forma instintiva.

3.- Cuando se inicia la labor de parto, el cerebro femenino inicia la producción y secreción de las hormonas necesarias para apoyar el proceso, especialmente para enfrentar el dolor de las contracciones, y las necesarias para apoyar el apego con el bebé (endorfinas, oxitocina, etc.)

4.- Hoy en día, gracias a los avances médicos y farmacológicos,  se ha podido “controlar” y automatizar la labor de parto.  Pese a que creo que en muchos casos ha podido ayudar a muchas mujeres el hecho de apoyar el proceso de forma artificial, considero que la ética médica en muchos de los casos ha traspasado la barrera del simple apoyo al control exacerbado, en el cual los procesos naturales del cuerpo de la mujer y del bebé han pasado a segundo plano, convirtiendo al parto –un momento mágico en la vida de dos seres- en un mero trámite que terminar, olvidando el proceso humano emocional. 

5.-  Cuando se interviene este proceso de forma artificial, las órdenes que comienza a recibir el cerebro femenino se desvirtúan, y las hormonas que naturalmente apoyan la labor de parto no son secretadas, y por ende el dolor de las contracciones se vuelven más intensas, lo que a su vez conlleva hacia otra intervención artificial (anestesia).

6.-El uso de anestesia durante el parto –desde mi punto de vista- puede ayudar mucho a una mujer, pero también puede desconectarla de su cuerpo y de todas las sensaciones que está viviendo. Durante el parto se viven intensas sensaciones, el dolor es solo una de ellas.  Hoy en día las mujeres tenemos mucho miedo al dolor, y el miedo siempre juega en contra durante la labor de parto, pues normalmente detiene el proceso natural.  Las mujeres hoy en día estamos muy acostumbradas a usar el neocortex para controlar todo lo que nos ocurre, y es este neocortex el que nos previene de algún peligro y queremos controlar lo que nos ocurre en ese momento. Nuestro neocortex interpreta todo lo que no puede controlar como un  “peligro”.  Aquí debemos volver al punto uno: el parto es un proceso involuntario y natural, no podemos controlarlo y está bien que así sea.

7.- Cuando una mujer está confiada, contenida, tranquila, familiarizada durante su labor de parto, puede entregarse al proceso sin pretender controlarlo, de esta manera vive el proceso de forma placentera, y traspasa y va más allá del dolor.

8.- Para que una mujer pueda vivir su labor de parto tranquila, relajada, conectada y con todos sus sentidos es importante que:
- Esté contenida –como mujer y como ser humano- por el equipo que la atiende o la acompaña-
- Se sienta segura, resguardada y en un lugar familiar y no atemorizante (como lo puede ser un quirófano o una camilla de parto)
- Sienta que puede olvidarse de todo, del tiempo, preocupaciones, etc.

9.- El ambiente propicio para estar en labor de parto es:
- En oscuridad
- En silencio
- En intimidad y con personas que le den confianza
- Con libertad para moverse como la mujer lo necesite, y no estar estática en una camilla de forma horizontal.
(Aquí recuerdos de la clínica: la luz o reflector de la sala de parto o quirófano, el personal médico hablando de sus vacaciones mientras te monitorean, pinchan, etc., que cualquiera que pasa por la sala pueda ver tus genitales, confinada en una camilla, etc.)

10.- Cuando hay mucha intervención externa durante el trabajo de parto – esto es: luces, bulla, personal medico preguntando datos, la mujer no puede entrar en el trance que necesita en ese momento, no puede desconectar su neocortex. En este caso su necesidad de estar alerta y la adrenalina que le produce el miedo juegan en contra la dilatación.  Se vuelve una pelota de nieve el miedo, la tensión y la angustia. 

11.- La posición más cómoda para parir para una mujer es la que ella escoja en el mismo momento en que nacerá su hijo, no es necesariamente más cómodo el estar acostada en una camilla (esto es más cómodo para el médico).  En este caso la fuerza de gravedad puede ser de gran ayuda, tomando los resguardos pertinentes para el bebé, claro está.

12.- Cuando el bebé nace debe ser inmediatamente puesto en el pecho de la madre, de donde jamás vuelve a salir.  Cualquier procedimiento médico puede hacerse sobre la madre o más tarde. El cordón umbilical debe ser cortado cuando haya pasado toda la sangre que todavía le manda la placenta, ojalá muchos minutos después del nacimiento.  El bebé NO debe dormir en otra sala ni mucho menos, el bebé no se separa nunca más de su madre.

13.-  La compañía de una doula puede ser de gran ayuda, pues ella es la persona que únicamente se preocupará de la mujer y de su proceso emocional durante el parto.  Este aspecto ayuda a la relajación de la madre y  por ende hace que el proceso se viva de una manera más armónica.

Sin duda se me quedan en el tintero muchos otros puntos, pero al menos comparto la mayoría de los que recuerdo hoy y que me hubiera gustado saber antes de mis partos.  Es necesario entender, eso sí, que cada mujer tiene necesidades y circunstancias distintas, por lo que estos puntos a algunas les puede ayudar y a otras no.  Por eso creo que es importante que cada mujer intente conectarse profundamente con ella mismo y con su bebé, así será más fácil saber que es lo que ambos necesitan.  También recalco que es importante preguntar, preguntar y preguntar todas las dudas al médico y al equipo que te apoyará durante el parto, preguntar hasta lo que pueda parecer más obvio o tonto, porque definitivamente no lo es.  La información adecuada acerca de lo que es la Violencia Obstétrica puede llegar a ser una gran aliada para que tu parto sea lo que tiene que ser: el gran momento de tu vida y la de tu hijo, un recuerdo mágico y de amor que no se borra jamás.


martes, 5 de marzo de 2013

Lactancia “prolongada”, alergias alimentarias y alimentación consciente




Resulta que en estas últimas semanas no me he sentido muy bien de salud.  Deduje que podría ser al gran cambio alimenticio que hice hace ya más o menos 4 meses.  Gabriel es intolerante al trigo, leche, huevos, soya, nueces, maní y mariscos.  Y más allá de mi postura de culto hacia la lactancia, creo que era obvio que yo dejara de comer todos estos alimentos para que Gabriel pudiera alimentarse.  Muchos me miraron con cara de duda: ¿Por qué simplemente no destetas y te dejas de preocupar por cada una de las etiquetas de cada alimento?  No, no iba a destetar tan fácilmente por nada del mundo, ya me pasó con Manuel y su destete recomendado por un médico al año me trajo consecuencias emocionales, psicológicas, mentales algo desastrosas. Mi opción natural fue que yo dejaría de comer todo lo que a Gabriel le hiciera mal, costara lo que me costara.  Entonces, luego de ya varios meses, entre ensayo y error, entre equivocación y comprensión de una alimentación ultra cuidada, pensé  que estaba anémica o algo así. Porque además de no comer esos alimentos puntuales, no me es posible comer todos los alimentos que de una u otra forma están en contacto con estos, por ejemplo el pollo del supermercado, son pollos alimentados casi en su totalidad con alimento a base de soya.  Además de nacer esclavos para engordar, empollar y producir huevos, estos animales jamás han vivido libres o incluso han tocado una planta o han podido caminar libremente por un pedazo de tierra.  Cruento. Y así de cruda ha sido mi apertura de ojos en cuanto a enterarme de la verdadera historia de lo que comemos. Si les contara! 

En fin, ya me explayaré más en esto de la alimentación.  Lo cierto es que decidí ir al médico responsablemente para ver que pasaba con mi salud.  Temí siempre que el veredicto médico sería una vez más el destete, así que busqué el médico más progre según mi intuición, ojalá que utilizara homeopatía en sus tratamientos.  El procedimiento lógico fue la solicitud de muchos exámenes de sangre y otros, la revisión completa, y las preguntas pertinentes.  Le conté obviamente de mi lactancia y de mi dieta.  En este caso, me dijo, se recomienda no destetar, pues si no de qué se alimentaría el niño? Al menos eso me tranquilizó.  De todos modos pensé en el caso de que el niño pudiera tomar leche de vaca,  entonces la recomendación sería ‘es bueno que  ya destete  señora, total ya tiene usted a una vaca para que la reemplace’ o por qué un bebé sin alergias alimenticias no se alimentaría bien con la leche de su madre al igual que mi hijo? Ahí es donde encuentro grandes las inconsistencias de los médicos. 

Me cayó bien el doc de todos modos, pero me vuelve a llamar la atención el tema de que a pesar de tener una visión algo más holística de la medicina aun me preguntara si todavía me sale leche, y de que si Gabriel toma para ‘regalonear’ y ‘mañosear’ solamente por las noches.  Le respondí que no, que no mañoseaba, si no que tomaba a demanda, es decir, cuando a él le da la gana, a cualquier hora del día, ya sea porque tenía hambre, porque quería cariño, o porque quería dormir o porque a él se le ocurría.  De hecho, agregué que consideraba que pese a que he logrado una gran gama de alimentos libre de sus intolerancias, creo que mi leche sigue siendo su alimento básico. 

Los resultados de los exámenes arrojaron que tenía un poco alterado el valor que involucra la tiroides.  Pensé otra vez que me aconsejaría destetar para dar paso al tratamiento alópata correspondiente.  Afortunadamente no era un desequilibrio mayor y pudimos hacer un tratamiento homeopático.  Además disipé la interrogante acerca de si la dieta me afectaba metabólicamente: no hubo rastros de anemias u otros desequilibrios.  Me contenté y alivié.  Sin embargo, no olvido una oración dentro de todas las recomendaciones que me hizo: ‘en mujeres que tienen lactancia prolongada como tu…’  Gabriel tiene 16 meses, y jamás  hemos dicho o hemos pensado ‘ok, vamos a “prolongar” tu lactancia por a o b motivo’.  En nosotros la lactancia se hizo con dificultad al principio (y ahora sé que tenía que ver con su intolerancia que vinimos a descubrir como a los 7 meses) y luego, gracias a los cambios que decidí hacer en mi vida ya sea laborales, alimenticios, personales, la lactancia ha fluido maravillosamente y no considero que la estemos prolongando, si no que solo la estamos dejando ser, no creo que haya alargue ni tiempos complementarios, ni penales, ni ningún otro aspecto que esperemos para terminarla.  A mi me gusta y a él también, y terminaremos cuando él y yo lo decidamos.

Si es por tener “tiempos oficiales” recordemos que la OMS recomienda lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, y luego con alimentos complementarios, hasta por lo menos dos años.  Según estudios antropológicos importantes, el destete de un bebé humano puede producirse entre los 2 y 7 años.  Entonces la lactancia solamente fluye y es, no hay alargues ni nada de eso. La lactancia es el alimento natural de los mamíferos. Para nuestra sociedad y el paradigma que rígidamente nos rige (valga la redundancia) ver un niño de 4 años o más tomando teta de su madre es algo intolerable y hasta obsceno.  Sin embargo, la explotación láctea por muchos años de una madre vaca, a quien le quitamos la leche que ella produce para SU hijo, nos la tomamos hasta que tenemos noventaytantos, nos parece normal y acertado, y para nada “prolongado”.  En que quedamos, la leche de una madre humana no alimenta y es agua, y la de otra especie mamífera y algo distinta a nosotros si alimenta durante toda nuestra vida? 

Pueden pensar ustedes que estoy defendiendo mucho a las vacas, pues si, que las defiendo por la empatía que comienzo a tener por todos los seres que habitan esta tierra, incluyendo los animales, y más aún los mamíferos.  Sin embargo,  mi defensa más férrea va hacia las madres y hacia sus hijos.  Miren ustedes cuanto tiempo nos han querido hacer creer que las madres humanas y su leche no sirve y que es mejor encajar un pedazo de plástico en la boca de las criaturas para que se alimenten con quien sabe que diablos de mezclas y fórmulas, y con eso nos han vendido una supuesta libertad y un supuesto éxito.  La mutilación ha sido grande, como en tantos aspectos de nuestro ser mujer –parto, lactancia, menstruación, menopausia, etc.-  y nos preguntamos por qué nuestra autoestima va por los subterráneos aporreada y desvinculada.  Basta echar una mirada nada más: las enfermedades alimenticias que nos aquejan tienen muchos padecimientos emocionales causados por la desvinculación de nuestros propios afectos y de una baja autoestima: anorexia, bulimia, obesidad, etc.

Insisto, la lactancia es la alimentación natural de los mamíferos.  La leche es el alimento básico para las crías mamíferas y posee todos los elementos necesarios para la supervivencia de las mismas.   La lactancia además es un potente alimento emocional y psicológico para ambos: madre y cría.  A nosotras las humanas se nos ha sido arrebatada la lactancia en pos de la producción económica, así como a otras especies.  Es hora ya de reivindicarla, por que con ello nos alimentamos nosotras, alimentamos con nuestros pechos a nuestros bebés y alimentamos una sociedad tan carente de cariño y de alimentación buena y de verdad.  La lactancia no se prolonga, y si fuera así, cual es el problema de prolongar el amor y una alimentación consciente hacia nuestros hijos. Nadie reclama porque se “acorta” la lactancia.  Nuestra alimentación como especie humana no va por buen camino, es un hecho.  Que tal si empezamos a reconocer y a valorar nuestro primer y más genuino alimento natural?




jueves, 21 de febrero de 2013

Crianza y revolución cotidiana: la piedrecilla amorosa que se arroja a un lago



Efectivamente el 21 de diciembre pasado no se acabó el mundo, como muchos vaticinios terroríficos nos quisieron hacer creer.  Una vez más el miedo quedó en el disfraz sin vida y tirado en el rincón.  No obstante, siento un cambio, hay un cambio que se siente en el aire, algo imperceptible, pero que está.  Vamos cambiando desde el amor al poder, al Poder del Amor.  Y escucho una piedrecita que se arroja con amor en un lago.

Entonces, vuelvo a creer en los cambios profundos, en las revoluciones de los humanos.  Sin embargo, no creo más en la violencia y en los actos de destrucción, que tan solo lastiman o quiebran, que propugnan el cambio desde el dolor. No creo en aquellos actos que arraigan una vez más su victoria en la injusticia y vuelven a recrearla una y otra vez.  No creo en la violencia de las piedras que lapidan las ventanas o las acciones que provocan ira y rabia. Ya no. Entonces, vuelvo y creo en la transformación desde lo sencillo, en lo pequeño, pasito a pasito. Creo en una revolución humana desde el amor. Creo en la revolución a través del amor consciente hacia nuestros hijos.

Creo en mi propio cambio, en el cambio interno de las personas. Creo en la capacidad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales, en su potencialidad de reconocer y apostar por las modificaciones que tiene la habilidad  de experimentar.  Creo en la reflexión pausada y en el reconocimiento valiente de las fortalezas y de las carencias personales.  Creo en la mujer y en el hombre observadores y conscientes, ávidos ambos de construcción y reconstrucción.  Creo en la pareja de padres que buscan un mundo mejor para sus hijos.

Creo en la revolución doméstica, en la transformación cotidiana, en la voluntad materna. Creo en el poder de la crianza. Tengo el convencimiento que para criar hace falta la ruptura de los relojes y la necesidad furibunda de mirar a los ojos, de sentarse y respirar el olor de un pan tostado o del guiso al medio día.  Creo en la crianza con conciencia edificada en la intimidad del hogar, en el amparo de un abrazo y la sabiduría de poder leer una mirada o un gemido.  Siento cada día la riqueza que tiene una caricia o el poderío que tiene el pequeño acto de tomar una pequeña mano para guiarla y para hacerle sentir que su vida es mi proyecto primordial.

Creo en la capacidad intrínseca que tenemos hombres y mujeres de nutrir, ya sea emocional o fisicamente. Creo que este simple hecho implica aprender a  despojase de las propias necesidades y deseos y que no se derrumba nada por ello. Creo en la prudencia de la vida sabia de poner los propios anhelos a distancia, para apreciarlos mejor, para que tomen otras formas. Creo en la soberanía que implica dar un paso hacia una nueva vida y en la reconstrucción de la propia con más flores, más color, dando paso a la importancia que tienen las situaciones sencillas. Creo en la verdad de cada respiro conectado honesto y humildemente con la risa de la familia.

Creo en la revolución amorosa y llena de vínculos, en los lazos de la lactancia, en la crianza con presencia y calor corporal, con cariño, con atención y con respeto.  Creo que esa revolución se lleva a cabo en el seno del hogar, en las almohadas, en las ollas, en las teteras y en los tejidos.  Creo en la revolución del calor de las manos cocinando. Creo en la revolución que defiende y lucha desde los espacios íntimos, desde el silencio, desde los pequeños actos de intercambio humano, desde la paz del olor a estofado o desde la alegría porque la tetera hierve. Me convenzo de que las madres y padres que decidimos nutrir, alimentar, sanar, atender, escuchar, esperar, replantear con apertura y receptividad las verdaderas necesidades de nuestros hijos, tenemos el poder inmenso de cambiar sistemas laborales rígidos, horarios inflexibles e irremediables, sistemas de crianza negros con arraigos en la violencia. Creo en el giro importante de mirar a los niños con integridad y fortalecer el lazo afectivo de este mundo. 

Creo que la construcción de la autoestima de un niño radica en el compromiso, en la atención de sus necesidades. Creo en la facultad que nos otorga sentirnos valorados, amados por lo que somos, alentados, apoyados y ayudados. Creo en el poder un abrazo y un beso dado con calor y con amor puro. Creo que cada niño puede ser criado de esa forma. Tengo la profunda convicción que cada niño contenido formara una sociedad distinta, que a su vez criará niños más amados, compasivos, seguros y felices.  Creo en la revolución de la piedrecilla amorosa que se arroja a un lago, cuyo impacto se expande en anillos concéntricos, y cada anillo en su onda expansiva va modificando las creencias y el modo que hacemos las cosas en nuestra cotidianidad.