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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Historias de parto: Nacimiento de mi hijo

Autora: Blanca García
Fuente: Crianza En Flor



Hijo, cumpliste 2 meses y siento que es tiempo de poner en palabras tu nacimiento. Todas estas semanas la experiencia ha habitado en un espacio sutil, en mis sensaciones, mis emociones, en mi piel. Y siento que ya es hora de relatar en palabras lo vivido.

El 24 de agosto a las 6 de la mañana me despertó una contracción especial, le seguí su movimiento en mi útero, como se trasladaba, explotaba en el centro y luego se expandía hacía abajo. Supe enseguida que ese sería nuestro último día reunidos en mi cuerpo y que esa noche nos separaríamos. Alegría, amor, tranquilidad, sonrisas silenciosas, nuestra cercana cita nocturna por ahora sería un secreto entre tú y yo.

Las contracciones se asomaron espaciadas durante toda la mañana. Tu papá también supo que esa noche nacerías, quizás se lo dijo mi mirada, mis silencios, mi piel. Me dio de almuerzo ceviche -“Para que estés poderosa”- me dijo sonriendo y sacándome una carcajada. Y salió con tu hermana a la casa de mis papás/tus abuelos –“Volveremos como a las 7 de la tarde para que estés tranquila, intenta dormir una siesta”- dijo al salir transmitiéndome confianza y amor.

Esa tarde, las contracciones se siguieron asomando rítmicas y tímidas, sólo un suave vaivén. Me sentí ansiosa, impaciente, dudé ¿Y si no nace aún?. Limpié la cocina, inflé un poco más el balón kinésico, puse una colchoneta bajo la alfombra, prendí calefactores, puse tu ropita en una canasta sobre el mueble, me comí una fuente enorme de kiwis con naranjas y devoré una barra entera de chocolate. Me acosté a descansar y a pintar mandalas. La tranquilidad y la confianza retornaron.

Ya estaba oscuro cuando tu papá y tu hermana llegaron. Tu hermana llegó relajada y feliz contándome sus aventuras de la tarde. Tu papá muy tranquilo preparó once, huevos revueltos, jugo, frutas y té de jengibre fueron el menú. Nuestra cita nocturna ya no podía ser un secreto, en la cocina le dije -“Hoy nacerá Rafael”-. Me miró, esperó que pasara una contracción y respondió mirándome a los ojos -“Lo sé”-.

Tomamos once los tres en la pieza que esperábamos que nacieras alumbrados solo con la lámpara de sal. Y mientras comíamos las contracciones se fueron haciendo más seguidas. Les seguía el movimiento en mi cuerpo, esperaba su explosión en el centro y seguía comiendo. No dolían, ni molestaban, sólo me invitaban al silencio. Sentía todo tranquilo, pacífico, la penumbra me invitaba al silencio, los relatos de tu hermana me hacían reír y tu papá me transmitía seguridad absoluta.

Me acomodé en el sillón entre cojines y la manta que tejí en esas últimas semanas. Todo era calorcito y oscuridad. Y seguí recibiendo cada cierto rato una contracción, escuchaba a tu hermana jugar en la otra pieza y tu papá estaba frente a mi mirando un documental en su computador. Todo era relajo en el departamento.

Tu hermana se quiso acostar, tu papá la preparó y la fui a acompañar a dormir. Sabía que era la última noche en que podría acompañarla así. Era una especie de despedida. Ella me dijo –“Quiero dormirme abrazaditas”-. Le pregunté si quería teta –“Un poco no más”- me contestó. Se durmió enseguida.

Me volví a acomodar en el sillón a recibir el vaivén de las contracciones que eran ricas, predecibles en su movimiento y muy rítmicas. Tu papá encendió la estufa y la sumó al calefactor. Y al rato me dijo –“Te voy a dejar tranquila y me acostaré al lado de la niña para que no despierte”-. Empecé a entrar en un espacio sin tiempo. El sillón dejó de ser cómodo para recibir las contracciones. Quería abrir las piernas después de cada explosión y así seguir el movimiento hacia abajo. Así que me apoyé en el mueble de la tele con mis manos. ¡Qué feliz estaba! ¡Qué poderosa y confiada me sentía! El vaivén de las contracciones era rico, era fácil de seguir y de llevar. Ellas venían y se iban dejándome cada vez más revitalizada.

A ratos se me venían imágenes del  trabajo de parto de tu hermana que fue de 3 largos días hace casi 4 años atrás. Frente a cada recuerdo te decía en mi interior –“Tranquilo, aquí estamos seguros, aquí nadie nos dará instrucciones” “Sigue bajando tranquilo, aquí nadie meterá sus manos en mi cuerpo para tocar tu camino” “Eso, con confianza, aquí nadie nos hablará, ni prenderá la luz” “Aquí no hace frío, siempre estará calentito” “Sigamos disfrutando nadie nos intervendrá”- Te lo decía a ti, pero en realidad yo misma necesitaba escucharlo para sanar, liberar y sonreír de alegría por estar viviendo este proceso en la seguridad e intimidad de nuestro hogar.

Hubo un momento en que ya no podía pensar bien, intenté hablar en voz alta y no me salió la palabra. Esperé una contracción y con la energía que me dejó, me apoyé firme con mis manos en el mueble, respiré y dije – “Roberto”- pero sólo salió como un susurro. Me costaba hablar, la oxitocina amorosa estaba haciendo lo suyo ¡Placer! Respiré profundo, me concentré y dije –“Roberto… llama a la Maca”-. Me saqué la ropa, me puse camisa de dormir y me volví a meter en ese espacio sin tiempo, lleno de vaivenes, explosiones y sonrisas en la oscuridad.

No sé cuando tiempo pasó. No sé en qué momento llegó, ni menos la hora que era. Sólo de pronto la vi, en un momento en que dejé el apoyo del mueble para buscar agua. Ahí estaba la Maca, mi doula, ahí me la encontré en la oscuridad de la pieza mientras corría la estufa y cerraba la puerta. Seguí recibiendo las contracciones, aun no dolían. En algún momento te dije en mi interior –“Nos debe faltar un buen trecho, tu sigue empujando y yo me sigo abriendo para ti, sigamos”-. Recuerdo haberme apoyado en el sillón y al abrir las piernas, para seguir el vaivén que la contracción hacía para abajo, la Maca masajeó el final de mi columna. Me molestó el toque –“No. No me toques”- dije firme. Eso no me hacía sentir bien y lo había expresado con certeza ¡Poderosa!

Seguí apoyada en el sillón otro espacio sin tiempo. Se me empezaron a cansar las piernas. Me recosté hacia el lado, pero así no podía abrir las piernas como me gustaba en cada contracción. Me tiré en el suelo de lado, la alfombra era acogedora, y subí una pierna sobre el sillón, ahí quedaba abierta como me gustaba. Pero algo no estaba bien, sentía inquietud en el ambiente, movimientos, susurros, sonidos. La Maca entra a la pieza y me dice –“Roberto salió a comprar velas, vuelve en un ratito”-. Seguía sintiendo esa inquietud, las contracciones empezaron a ser poco agradables, no me gustaban, me cansaban. –“Maca, me están empezando a doler, me molestan”- le dije concentrada para que me salieran las palabras. Ella me contestó –“Es que nosotros nos aceleramos, ahora Roberto salió un rato, yo me relajaré y volverás a estar tranquila de nuevo”-. Vino otro par de contracciones molestas, Y de un momento a otro me encontré pensando en las mujeres de mi linaje y diciéndoles en mi interior –“Las necesito ahora, a todas, a las que parieron y a las que no”-. La siguiente contracción ya no fue incómoda, pero tampoco fue placentera. Me paré, tomé varios cojines e hice una torre en el suelo.

La torre de cojines quedó perfecta en altura, me puse en cuatro patas y apoyé mis brazos y mi cabeza sobre la torre. Las contracciones volvieron a tomar el vaivén rico y energizante. Sonreí de placer. Me dejé llevar por la tranqulidad.

Desperté de un sueño profundo, abrí los ojos en la oscuridad de la pieza, seguía apoyada en la torre de cojines y estaba toda babeada. ¡Dormí! Si, dormí tan profundo que me llegó a correr la saliva. El vaivén de cada contracción seguía ahí muy sutil, pero en el espacio entre una y otra, no podía cerrar mi vagina si lo intentaba. ¡Se estaba tan rico! ¡Con esa sensación de querer dormir después de hacer el amor!

La Maca me dice dos veces que tiene el agua lista y pregunta si quiero ir. A la segunda vez, y con mucho esfuerzo, recién le entendí a que se refería. Me ofrecía la tina. Caminé hacia el baño, me saqué la camisa de dormir y me metí al agua. El agua tibia ¡Un placer!. Comenzaron a venir las contracciones más seguidas. Mis sensaciones eran más intensas. Estaba sola en mi baño, en mi tina. Sin darme cuenta me encontré tocando mi clítoris ¡Si, me lo estaba pasando bien en esa intimidad! Sonreí, en mi interior agradecí ser mujer para vivir esta experiencia y te agradecí que me eligieras como tu madre. Recibí otra exquisita contracción, te hablé en voz alta –“Sigue bajando hijo, ven pronto”-. Me metí los dedos dentro de mi vagina y ahí estabas. Tocaba tu cabeza al fondo. ¡Esto era la gloria!

Sentí el agua fría. Me asusté por eso –“No me puedo enfriar”- pensé. Llamé a la Maca, llamé a tu papá. Pero no vinieron. En realidad ahora dudo que el llamado saliera de mi boca. –“No vienen, no me puedo enfriar”-. Esperé que pasara una contracción poderosa, me enderecé saqué el tapón de la tina, di el agua caliente y comencé a hacer el cambio del agua. –“Soy yo la que tiene que parir, solo nos necesitamos tú y yo”- te dije mi interior. ¡Poder absoluto! Y pasé el umbral de lo que podía quedar de miedo al parto. ¡Era el placer máximo vivido en mi vida!. Las contracciones comenzaron a venir una tras otra, no había dolor, no había molestia, pero no había descanso. Seguía silenciosa en esa poderosa seguidilla de explosiones en mi cuerpo.

Entró la Maca, dijo algo que no recuerdo y volvió a salir. Cuando volvió a entrar una fuerza indescriptible se había adueñado de mí, me hacía pujar como jamás podría hacerlo de manera intencional, una fuerza que me hacía pujar desde mi coronilla hasta mi vagina. Te sentía, tú estabas ahí, en la mitad de mi cuerpo, en tu canal, en tu camino. ¿Cuándo vendría el dolor? ¿Cuánto rato u horas faltarían para conocernos? El agua me quemaba, saqué medio cuerpo afuera, me apoyé en la Maca y le pregunté –“¿Cuánto falta Maca?”-. Ella me contestó –“Falta poquito”-.

Y la fuerza se adueñó de mi cuerpo, no era yo la que pujaba, era mi cuerpo que se mandaba solo y ejercía una energía inconmensurable. Atravesaste, te sentí pasar rápido. Sabía que tu cabeza estaba asomada. No alcancé a tocarte con mis manos. Otro pujo involuntario vino con fuerza. Moví mi pierna hacia un costado, medio cuerpo afuera afirmada en el brazo de la Maca ¡Y saliste! ¡Ahí estabas! Te tomé y me eché hacia atrás en la tina ¡Te tenía en mis brazos! ¡El éxtasis, la felicidad y el amor absoluto!

En absoluta oscuridad te sostenía, sentía tu tibieza. El mundo estaba detenido para mí. Entró tu papá, me besó, te tocó la espalda. –“Lo hice mi amor, lo hice, parí a nuestro hijo… lo disfruté, nunca hubo dolor”- le dije extasiada, jamás he estado más en mi que en ese instante. Prendieron una vela y te vimos en la penumbra… bello, perfecto, lleno de amor.
Quise salir de la tina para que no te enfriaras, me puse de pie y salí contigo aferrado a mi cuerpo. –“Afírmenme por si me desmayo, aunque no creo”- les dije. Estaba tan consciente, tan plena, tan atenta a ti.

Cuando llegamos al nidito que armaron junto al calefactor en el suelo de la pieza, la placenta se escurrió de mi cuerpo entre mis piernas, sin preámbulos, no sentí contracción, ni molestia, solo cayó y dije –“Salió la placenta”-. Me acosté sin soltarte, nos acomodamos y nos arroparon. ¡Qué instante divino!. Tú papá se puso junto a nosotros y nos miramos por un tiempo que fueron nuestra eternidad.

Entró el Emiliano, nuestro gineco-obstetra. Me pregunto –“¿Cómo estás?”-. Le contesté –“Estoy bien, estamos bien. Me siento tan bien”-. ¡Jamás en la vida me he sentido más saludable que en ese momento hijo mío!.

La Maca y el Emiliano salieron y nos dejaron a los tres solos. Te miramos, te sentimos, nos besamos, iniciamos lactancia, hiciste caca. Nos disfrutamos en la calma y en la confianza que sólo te da estar en tu hogar. Transmitías quietud, resolución, certeza y paz.

Al rato después, cuando ya dormías después de haber mamado, volvieron a entrar la Maca y el Emiliano. Él me dijo –“Te quiero mirar”-. Miró mi vulva alumbrando solo con una linterna. Mi periné estaba intacto. Luego, preguntó “¿Quién va a cortar el cordón?”, antes con tu papá ya habíamos decidido que lo cortaríamos. Desinfectó unas tijeras, se las pasó a tu papá, alumbró con la linterna y tu papá cortó el cordón. Guardaríamos nuestra placenta.

Luego, espontáneamente nos pusimos a conversar sobre lo vivido. Surgió lo que llamo “la sobremesa del parto”. Yo era un torbellino de energía, así que tenía mucho que contar sobre tu nacimiento silencioso, sin dolor y con reflejo de eyección. Y todos envueltos en esa atmósfera de amor, energía, penumbra, asombro y gratitud siguieron mis deseos de hablar, de reír, de regalonear, de recibirte. Tú dormías plácido, en calma y tibio.

Estábamos conversando cuando despertó tu hermana. Tu papá la fue a ver al dormitorio y le contó que habías nacido. Ella llegó en pura polera, esa noche había decidido dormir sin calzón… seguro sentía la fuerza del nacimiento y era su forma de vivir esa noche especial. Entró a la pieza con sus ojitos más grandes y abiertos que nunca, se acercó, te miró y te dijo –“Voy a buscar algo especial que te preparé”-. Volvió con un canastito en el que había reunido sonajeros y cascabeles –“Esto es para ti”- te dijo con sus ojitos brillantes. Se acostó junto a nosotros a mirarte y tocarte. ¡Que dicha verla como te miraba! ¡Todo fluía!

Alrededor de las 6.30 de la mañana, habías nacido a las 3.43, el Emiliano se fue sonriendo, respetuoso, su mirada decía mucho más de lo que expresaban sus palabras, sabía que había realizado una labor de guardaespaldas maravillosa, pero no terminaba de convencerse de la importancia vital de aquello. Nos pasamos a nuestra cama. Al rato se fue la Maca también, amorosa, diligente, sabia y sonriente se retiró con su mirada dispuesta. ¡Iba feliz!

Era un 25 de agosto y ahí estábamos los cuatro acostados en nuestra cama, en nuestro nido. Imposible dormir después de tanto, estábamos en la cima de la ola de oxitocina. Ya estabas en mis brazos después de nacer gracias al amor y a la seguridad entregada por nuestros guardianes. ¡Divino y poderoso amor que transformó mi cuerpo y te hizo nacer! Era verdad, sólo hacía falta amor para parirte con placer ¡Amor y sólo amor!


Nota: Quiero expresar un profundo agradecimiento a Blanca y a su hermosa familia por tener la bondad de compartir sus experiencias y parte de su intimidad.  Mil gracias Blanca por llenarnos de amor y de esperanzas!!
Paulina

viernes, 18 de enero de 2013

En casa dormimos todos juntos



Sí, en mi casa todos dormimos en la misma cama: papá, mamá y dos niños.  Y dormimos de lo más bien y a pata suelta, como se dice.  Para el bebé tenemos una cuna adosada a la cama, la cual a veces ocupa, otras no y otras nos sirve para contener ropa, juguetes, libros, etc.  Y cuando papá está muy cansado o trabaja hasta tarde ocupa la cama de Manuel que tenemos en la habitación contigua.  Pero en general todos dormimos en la misma cama, y dormimos bien, y creo que es una de las mejores cosas que nos ha pasado como familia.

Eso sí, no todas las noches son iguales.

Mis dos hijos me han enseñado que a veces el sueño o la regulación del mismo, no es cosa fácil.  Es decir, no es cosa fácil para nosotros a los adultos entender el sueño de los bebés ya que tenemos rutinas de sueños establecidas y estructuradas, y cuando nos enfrentamos a ciclos de sueño de un bebé acostumbrándose a su nueva vida nos puede causar mucha frustración y muchas veces aprendemos o tenemos que entender a la fuerza que el sueño no se controla. 

En mi caso, mi hijo mayor me enseñó a que a veces uno puede pasar una noche completa sin dormir, y que finalmente uno no se muere.  Manuel lloró mucho por las noches frente a unos padres primerizos que se angustiaban a morir y no sabían qué hacer.  Muchas veces recibimos consejos diciendo que dejarlo llorar era bueno para sus pulmones, o que era bueno que aprendiera a dormir solito para que se hiciera independiente, o que no debería manipularnos con su llanto por las noches.  Jamás pudimos dejarlo llorar solo en su cuna (la que luego solo sirvió para juntar ropa, juguetes, etc.). Así que por las noches yo le daba teta todo lo que quisiera y así aprovechábamos de tranquilizarnos y dormir los dos, o bien papá lo paseaba, o bien ambos le cantábamos.  Siempre en nuestra cama. Esa fue nuestra forma de acompañar a Manuel en su proceso a la hora de dormir: brazos, contención, canto, lactancia, calor de nido.  Así aprendimos a que las noches con los bebés son todas distintas.  Finalmente llegó un día en el que durmió toda la noche, y luego llegó otro día que quiso dormir solo en su cama.

Cuando llegó Gabriel se inició una nueva etapa de aprendizaje: él dormía siempre cuatro horas seguidas por la noche.  Nosotros padres roncábamos de felicidad con estas cuatro horas totalmente reparadoras.  Así que dormíamos a pata suelta, Gabriel en la cuna adosada a nuestra cama, nosotros en ésta y Manuel en su cama.  Sin embargo, pronto notamos que Manuel empezó a sentirse extraño en la pieza contigua. Claro, la llegada de su hermano hizo de nuestra pieza un nuevo nido, y por supuesto, él no quiso quedar fuera.  Así que nuestra cama lo recibió de vuelta con las sábanas abiertas, y dormimos los cuatro a pata suelta.  Cuando Gabriel despertaba, tomaba teta y seguíamos todos durmiendo sin problema.

Eso sí, no todas las noches fueron iguales.

Hoy Gabriel, ya más grande, cambió sus ciclos de sueño.  Hay noches en las que despierta a las 12 pm con toda la energía y juega fácil hasta las 4 am.  Nuestra estrategia ha sido jugar con él, pasearlo en brazos, cantarle, darle teta, pues como puedes obligar a dormir a un niño que claramente no tiene sueño? Entonces esperamos a que llegue el sueño y ahí sí, dormimos nuevamente todos. Bueno, Manuel duerme ya toda la noche, así que muchas veces nos trasladamos con Gabriel a la otra pieza para no molestarlo, o bien dejo que Manuel y papá duerman, pues papá tiene que salir a trabajar al otro día. Como digo, no todas las noches son iguales, pero siempre se busca la forma de obtener un sueño reparador para toda la familia, y se logra. 

En esta casa, nosotros los padres hemos decidido acompañar a nuestros hijos en sus procesos madurativos como lo es en este caso el sueño, de una forma respetuosa, cariñosa, ofreciendo siempre nuestro cuerpo y calor para darles la contención y seguridad que necesitan.  Me alegra mucho no separarnos por las noches ni siquiera unos metros, me gusta mucho que ellos sientan que están siendo cuidados y protegidos desde cerca y que eso los tranquilice y les ayude a dormir sin miedo y sin lágrimas.  No entiendo por qué hay muchas personas que divulguen que lo mejor es la separación de la familia a la hora de dormir. De hecho nunca he visto que una pajarita haga nidos en otras ramas para que ahí duerman sus crías, o que una coneja haga madrigueras distintas para ir poniendo ahí a sus conejitos. Todo lo contrario, en el nido duermen todos juntos y en la madriguera también duermen las crías y su madre juntas.  Los seres humanos no somos máquinas, somos mamíferos y por las noches necesitamos dormir acompañados, acurrucarnos, sentirnos seguros y protegidos para obtener un sueño reparador. 

En mi casa todos dormimos juntos y no todas las noches son iguales. Y si alguien tiene miedo a la oscuridad, nos abrazamos; si alguien tiene frío se le tapa; si alguien tiene hambre come. Y si alguien no tiene sueño, se le acompaña.

Y ya sé que muchos se preguntan y muchas veces se preocupan por el tema de la “intimidad” de la pareja.  Y en eso soy bien tajante: no creo que la vida sexual de una pareja pase por dormir o no solos en una cama y tampoco creo que el bienestar de la pareja pase por tener o no relaciones sexuales. Siento que la sexualidad humana no se reduce al coito simplemente.  La sexualidad y la intimidad es bastante más amplia, y el bienestar de una pareja también se fortalece cuando se amplía a vivir otros parajes que trae la vida familiar y la vida con hijos.  La visión de que solo el sexo une necesariamente a la pareja o que sin él la pareja se desarma, es ver la vida desde una perspectiva demasiado pobre y simple para mi gusto. La vida en pareja claramente tiene más aristas enriquecedoras. El placer de sentir la protección y el cariño se vive en pareja, y para ello hay que tener la conciencia y la madurez acerca de las etapas que nos toca vivir. 

Y claro, no todas las noches tienen por que ser siempre iguales. 


lunes, 26 de noviembre de 2012

NO a la violencia contra la mujer, NO a la violencia obstétrica




Vivimos en una sociedad en donde los valores masculinos están siempre por sobre los valores femeninos.  El predominio de lo tradicionalmente masculino en nuestra cultura se sustenta básicamente en aspectos que vemos en la cotidianidad: la explotación del hombre por el hombre, la competencia desmedida y la búsqueda del éxito,  las clases sociales, el dominio de los ricos sobre los pobres, el dominio del hombre sobre las mujeres, y el dominio de los adultos por sobre los niños, el dominio del ser humano por sobre los animales.  Y hoy sabemos de sobra que esta estructura que nos rige no conduce más que al sufrimiento de los seres humanos y de los otros seres que habitan la tierra.  Un paradigma en extremo violento y que claramente ya no funciona. 

La violencia se cuela por todos lados, traspasa paredes, transgrede posesiones sagradas de los seres humanos (como los niños) y está presente en nuestra mesa a la hora de comer.  Y sin duda tiene mil caras.  Una de las violencias a lo largo de nuestra historia que ha sido más destacada es la violencia hacia la mujer, contra  la cual se ha luchado duramente por principales corrientes humanistas durante el siglo XX, y afortunadamente se han logrado avances. 

El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer fue aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 17 de diciembre de 1999,  y se celebra anualmente cada 25 de noviembre, en memoria de las hermanas Mirabal, tres hermanas dominicanas que se opusieron a la dictadura y fueron asesinadas por el dictador Rafael Leonidas Trujillo.

En el presente post quiero hoy hacer referencia básicamente una de las violencias en contra de las mujeres más invisible, aquella que está institucionalizadas y tan mecanizadas que ya es parte de los protocolos médicos y es vista como parte de la atención normal y adecuada en los recintos médicos llamados maternidades.  Esta violencia es silenciosa y vulnera hoy no solo a las mujeres si no también a los niños recién nacidos y a los padres, en uno de los momentos más sensibles del ser humano: el parto y el nacimiento. 

Qué es la violencia obstétrica?

La ONU define "violencia contra la mujer" como: Todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vía pública o en la vía privada.

Entonces podemos definir “violencia obstétrica” como: todo acto que vulnere o humille o involucre un trato vejatorio hacia la mujer o al bebé durante la gestación, labor de parto, el parto y horas posteriores al nacimiento produciendo daño ya sea físico, emocional o psicológico en ellos.

A continuación algunos de los hechos que involucran violencia durante una labor de parto y parto:

1.- El exceso de intervencionismo médico con procedimientos invasivos por ejemplo el tacto, y con masividad de profesionales en el lugar del parto. 

2.- El exceso de medicalización, sobre todo el uso de oxitocina sintética para la inducción del parto.  El parto es un proceso involuntario y por ende no se puede controlar.  La oxitocina sintética si bien ayuda a la dilatación, no contribuye a la producción natural de otras hormonas que debe producir el cuerpo de la mujer en parto.  Además contribuye a que el dolor sea más intenso. 

3.- Reproches, burlas, comentario descalificadores y bromas hacia la mujer por parte del personal médico, por ejemplo: mofarse por lo quejumbrosa
. Así como también el conversar de  “otros temas” interesantes para los que “trabajan” en el parto

4. La postura de la madre en forma horizontal o de acuerdo a la comodidad del personal que atiende el parto.  Normalmente se recuesta a la madre y no se le permite libertad de movimiento alguno, es decir levantarse cuando quiera, caminar, sentarse o ponerse en la posición que la madre se sienta más cómoda.  Aquí caben las situaciones que acostumbran en algunos lugares como amarrar los pies o las manos de la madre.

5. Acompañamiento durante el partoUna mujer en labor de parto tiene el derecho a permanecer acompañada todo el tiempo por quien lo desee y cuanto tiempo ella lo necesite.

6. Separación de la madre y el recién nacido. Ningún procedimiento médico justifica separar a un recién nacido sano de su madre. Cualquier tipo de examen se puede hacer con la madre presente.  La separación
 injustificada que perturba el momento más delicado del equilibrio oxitocínico del establecimiento de la lactancia y del vínculo afectivo entre ambos.
7. Violencia física o rutinas que se aplican ciertos procedimientos que no tienen fundamento, como por ejemplo: tactos, depilación, inmovilización, etc.

8.- Rotura artificial de membranas, cuya finalidad es apurar el nacimiento.  Esta rotura debe hacerla el bebé. 

9.- El pujo dirigido:  El pujo debe realizarse sólo cuando la madre tenga las ganas de hacerlo. Una madre que no tiene ganas de pujar puede que sea una cuya dilatación no esté completa. Se debe respetar el deseo de pujo y ninguna persona puede forzarlo.

10.- La episiotomía es un corte en la vagina de la mujer. Se utiliza la excusa que así es más fácil que la cabeza del bebé “salga”. La Organización mundial de la salud la desaconseja y son muchos los expertos que lo  consideran un procedimiento innecesario e incluso peligroso.
11.- Una cesárea innecesaria: un procedimiento del cual muchos obstetras abusan para satisfacer su comodidad, sobre todo horaria.
La violencia obstétrica es sin duda un tipo de violencia que va en contra de las mujeres, y por ende contra los bebés. La lista de puntos de violencia durante un parto puede ser interminable. Lamentablemente, en este momento tan frágil del ser humano, y lo digo para la madre, el padre y el bebé, la violencia que se ejerce es una forma eficaz de reproducción de la violencia social de una generación a otra.  Las secuelas quedan sobre el sistema neurológico de niño y el sistema emocional y psicológico de la madre, el padre, porque un parto es un recuerdo para toda la vida.

Este tipo de violencia lamentablemente sigue sin ser reconocida por los sistemas legales de la mayoría de países como una violencia sistemática ejercida en maternidades hacia las familias.  Es solo mediante la búsqueda de información por ende el empoderamiento de cada uno de nosotros, seamos hombres o mujeres, que podemos visibilizar y conocer este tipo de prácticas y en ese instante hacer el cambio.  La toma de decisiones conscientes e informadas hace que nuestros paradigmas en torno a la gestación, el parto, el nacimiento y el puerperio, es decir paradigmas de nuestra sexualidad vayan cambiando. 

Es hora de tomar conciencia.

Aquí: Otro artículo de violencia obstétrica interesante